Desde hace muchos años apareció en América Latina y el Caribe la discusión sobre el sujeto, sobre el ser humano en cuanto sujeto. El surgimiento de esta discusión tiene mucho que ver con la crítica a un concepto anterior del sujeto: el concepto de un sujeto social, como clase social o movimiento popular. Eso estaba unido a la concepción de las clases y los movimientos como sujeto de cambio o sujeto de revolución. Sin desechar por completo tales concepciones del sujeto, emergió con la crítica otra dimensión del sujeto. Podríamos decir también —inclusive— con Camus: sujeto como rebelión. Rebelión no implica necesariamente revolución, pero sí es necesariamente una actitud de distanciamiento de la cual nacen respuestas. Toda alternativa presupone esta rebelión. La discusión de esta nueva dimensión del sujeto se manifiesta en América Latina y el Caribe desde los años ochenta, y en el DEI hemos abierto una plataforma de discusión correspondiente desde este tiempo. Sin embargo, cuanto más se imponía en el mundo la tal llamada estrategia de globalización, se hacía más necesaria esta referencia al ser humano como sujeto, y de manera específica como sujeto negado por la lógica de este proceso. Todas las crisis provocadas por este proceso de globalización —la crisis de la exclusión, del socavamiento de las propias relaciones sociales y del medio ambiente— están íntimamente relacionadas con esta negación del sujeto humano. Hablamos mucho de la necesidad de alternativas frente a esta estrategia y discutimos las posibilidades de tales alternativas. Evidentemente hacen falta tales discusiones y en el DEI hemos intentado participar en ellas. No obstante estas discusiones dejan un vacío. ¿Por qué se precisan alternativas? ¿Qué es lo que nos mueve hacia ellas? La respuesta cínica hoy en boga es que no hay nada en juego. Aunque se hable de valores como la justicia u otros, estos valores están en conflicto con una realidad a la cual solo distorsionan. Son simples “juicios de valor” que ninguna ciencia de lo real puede sostener. Reaparece el realismo del tipo de la “Realpolitik” que se nos presenta desde Bismarck hasta Kissinger. Los valores nos impiden ser realistas: ése es el cinismo al cual nos enfrentamos. De esta manera, todos los movimientos alternativos son tildados de altamente irrealistas, peligrosos. Impiden ser realistas. Frente a esta postura de realismo político no sirve hablar de valores. Se transforman en simple sermón de domingo. Pero de esta forma, nuestra discusión y presión por alternativas pierden su sustento. Esta discusión y presión son imprescindibles, sin embargo se requiere de igual modo darles un sustento. Hay que dar razón del porqué de las alternativas. Esta razón no la podemos dar simplemente como un supuesto, aunque nos parezca obvia. De hecho, suponemos la vigencia de valores que están disolviéndose. Se trata de una disolución que socava cualquier posibilidad de sostener alternativas frente al actual sistema de globalización.

1. El sujeto como dimensión del ser humano

Aquí entra la discusión del sujeto como dimensión del ser humano. En vista de eso quiero presentar algunos resultados —resultados obviamente provisorios— que están surgiendo. Se trata de hacer ver que el tal llamado realismo político de la “Realpolitik” es por completo ilusorio. La política correspondiente a la estrategia de globalización nos lleva en nombre de este falso realismo a situaciones cada vez menos sostenibles, incluso hasta a la perspectiva de la autodestrucción de la humanidad. Es el propio realismo que se propaga, el que está desembocando en ilusiones destructoras. Recuperar hoy el sujeto negado no es un juicio de valor, es la exigencia de recuperar un realismo perdido. Por tanto, pretendo resumir las perspectivas de la recuperación del sujeto tal como se nos presentan hoy. Existe una formulación muy escueta de esto. La proporciona Desmond Tutu, el obispo anglicano sudafricano que ha tenido un papel clave en la lucha en contra del “apartheid” en África del Sur: “Yo soy solamente si tú también eres”. Es el sentido de la humanidad de los africanos llamado “ubuntu”: “Yo soy un ser humano porque tú eres un ser humano”. No se trata de una afirmación moral o ética, si bien podemos sacar conclusiones morales o éticas. La afirmación es una afirmación sobre la realidad en la cual vivimos como seres humanos. “Yo soy solamente si tú también eres” es una declaración sobre lo que es, y en este sentido es un juicio empírico. No obstante, de esta aseveración acerca de la realidad se siguen comportamientos. Pero es la realidad la que los exige y no un juicio de valor. En este sentido, es un llamado al realismo, no a valores. Un realismo del cual se derivan determinados valores, en cuanto optamos por este realismo afirmando nuestra vida. Puedo optar al revés. Entonces tengo que asumir el suicidio —aunque sea a plazo— como consecuencia del asesinato del otro. El realismo es dar cuenta de esta disyuntiva y optar por vivir. La frase de Tutu implica la siguiente afirmación referente a la realidad: el asesinato es suicidio. Se nota que la afirmación “el asesinato es suicidio” no implica de por sí ninguna ética determinada. Caracteriza la realidad como realidad objetiva y se basa en un juicio empírico. La caracteriza como realidad circular: la bala que disparo sobre el otro lo atraviesa, dando vuelta a la tierra y pegándome a mí mismo en la espalda. La globalización solamente aumenta la velocidad de la bala y acorta el intervalo entre el disparo y la vuelta de la bala en mi espalda. Este intervalo se hace cada vez más corto, y se acortará más todavía. Sin embargo, el juicio empírico que lleva a la conclusión de que el asesinato es suicidio no se basa en un cálculo. Ningún cálculo conduce a este resultado. Se trata de un juicio del tipo que David Hume llama una “inferencia de la mente”. Es un juicio que caracteriza la realidad entera como realidad redonda. Está por encima del cálculo. Es un postulado de la razón práctica. Por eso la conciencia de la globalidad de la tierra se llama: el asesinato es suicidio. En el interior de esta globalidad únicamente podemos afirmar nuestra vida. Al hacerlo, surgen las alternativas y su necesidad. Y por eso se trata del juicio constitutivo de cualquier resistencia. Pero no solo de la resistencia. También del cinismo. Se puede hacer la opción contraria, no obstante desemboca en el cinismo. Con todo, aparentemente hay otra posición que niega este hecho de que el asesinato es suicidio. Es la posición subyacente al cálculo de interés en nombre del mercado. El cálculo de interés sostiene un juicio contrario. Es el juicio: derrotando al otro, salgo ganando. Por consiguiente: el asesinato no es suicidio. Sin embargo, de igual modo implica un juicio de caracterización de la realidad entera, una inferencia de la mente en el sentido de David Hume. Sostiene que la bala que disparo sobre el otro, lo atraviesa sin volver hacia mí. Salgo ganando al derrotar y, al fin, asesinar al otro. Toda la teoría burguesa de la competencia presupone esto. Subyace a ella el concepto de un mundo lineal y plano, precopernicano, que en un mundo que se torna cada vez más global y por ende redondo, parece en exceso simplista. La lucha a muerte en la competencia de los mercados es proclamada como motor del interés general. La lucha por asesinar al otro es vista como fuente de la vida. Vicios privados – virtudes públicas. Es la mano invisible la que nos asegura que la realidad es tal, que el asesinato no es suicidio. También esto es un postulado de la razón práctica, contrario al primero. Tenemos entonces dos postulados de la razón práctica contrarios. El uno es: el asesinato es suicidio, y el contrario sostiene: el asesinato es afirmación de la vida de parte del asesino. Si los dos postulados resultan de juicios empíricos y si sus resultados son contrarios, uno de los dos tiene que ser falso. No obstante, juicios de hecho, los cuales siempre son juicios basados en el cálculo de intereses y por tanto juicios parciales, no pueden decidir. Hace falta una opción, que no es ética. Es una especie de apuesta de Pascal. Pero esta opción implica otra vez un juicio de caracterización de la realidad entera, una inferencia de la mente. Es el juicio de que el realismo de sostenibilidad de la vida humana no puede darse sino a partir del postulado: el asesinato es suicidio. Este postulado lleva a fundamentar una ética, en cuanto el ser humano surge como sujeto para afirmar su vida. Se hace sujeto al afirmar la lucha por no asesinar como fuente de la vida, de la cual puede nacer el bien común. Sin embargo tiene que luchar. En esta lucha por no asesinar emerge la necesidad de una ética de la vida. Es lucha desde una rebelión: me rebelo, luego existimos. Nos rebelamos, luego podemos existir. La lucha por una sociedad en la que quepan todos los seres humanos y la naturaleza también, es la consecuencia. Igualmente es consecuencia el hecho de que esta lucha no es posible sino como lucha solidaria. Con todo, el norte es siempre la orientación en una realidad en la cual el asesinato es suicidio. Eso es entonces el ser humano como sujeto, en cuanto retorna: afirma su vida en un realismo basado en el postulado: el asesinato es suicidio. Hacerse sujeto es, por ende, de antemano un acto intersubjetivo. No hay sujeto solitario, y el yo-sujeto rompe los límites del yo-individuo. A partir de este análisis es claro que lo que vivimos es la negación del sujeto. Pero el sujeto negado no deja de existir. Aparece ahora en la forma del anti-sujeto, del odio al sujeto, del sujeto que se niega a sí mismo, de la autodestrucción del sujeto. “Negatio positio est”. La “positio”, no obstante, refleja lo negado en forma invertida. No sale de la negación, sino que la refuerza. Hay una frase famosa de Goya: El sueño de la razón produce monstruos. La frase encierra una ambivalencia, pues sueño se puede referir al soñar o al dormir. La quiero transformar sin pretender necesariamente que eso corresponde a la intención de Goya. En tal caso sería: El soñar de la razón produce monstruos. Sin embargo sigue siendo ambivalente en cuanto a lo que significa razón. La transformo de nuevo: El soñar de la razón instrumental-calculadora produce monstruos. Efectivamente, la irracionalidad de lo racionalizado se vuelve invisible por la fabricación de monstruos. Son monstruos que representan en forma invertida el sujeto negado. Produce monstruos y está en el interior de su producción.

2. El anti-sujeto como proyector de monstruos

Desde los años ochenta se manifiesta una febril fabricación de monstruos por parte del sistema de globalización. Esta fabricación parece ser la otra cara de este sistema. Él sueña monstruos. Los fabrica frente a cualquier obstáculo que surge en su camino y que considera una distorsión. Después de la guerra del Golfo, la defensa de los derechos humanos se ha transformado en un acto subversivo en contra del cual se halla la misma opinión pública. El movimiento de paz ha sido denunciado como el verdadero peligro, la guerra de ahora en adelante, en cambio, es presentada como “Guerra para la Paz”, como “intervención humanitaria”, como el único camino realista de asegurar la paz. Se habla el lenguaje de Orwell: “La Guerra es Paz, la Paz es Guerra”. En consecuencia, quien está en favor del respeto de los derechos humanos y de la paz, es denunciado como partidario de Hussein, como totalitario, se le imputa la culpa por Auschwitz, se lo pinta como pro-nazi, se le achaca la voluntad de querer desatar una guerra mucho peor que esta guerra, como partidario del terrorismo. ¿Acaso no quiere aquel que exige el respeto a los derechos humanos y la paz, que perezcan más ciudadanos estadounidenses o hasta que Israel sea el objeto de un nuevo holocausto? La señora Robinson tenía que renunciar como responsable de los derechos humanos en la Organización de las Naciones Unidas, porque reivindicaba los derechos humanos de los prisioneros de la guerra de Afganistán, llevados a un campo de concentración en Guantánamo y desaparecidos en este hoyo negro de los servicios secretos de los EE. UU. donde ahora, como parece, son objeto de experimentos médicos inconfesables —el Occidente no hace nada sin servir al progreso—. ¿Acaso ella no mostró que simpatizaba con aquéllos? Aparece la proyección de monstruos. Cuando se proyecta el monstruo en el general Noriega, éste es transformado en el centro mundial del tráfico de drogas y en el jefe superior de todas las mafias de drogas existentes o por haber. Es transformado en el dictador sangriento, el único que todavía existe en América Latina. Si él desaparece, por fin el tráfico de drogas podrá ser combatido y la democracia estará segura en el mundo. Hoy, el monstruo Noriega de nuevo se ha reducido a sus dimensiones reales y normales. Ha sido un dictador corriente, quien en el tráfico mundial de drogas no era más que una figura de tercera categoría y que además logró esa posición por medio de la DEA, la policía antidrogas del gobierno de los EE. UU. La pregunta es: ¿Fue esta proyección del monstruo un simple bla-bla, o significaba algo real? Ciertamente, no dice gran cosa acerca de Noriega, pero ¿sobre quién podría decir algo? Cuando el presidente Bush (padre) sostenía que Hussein era un nuevo Hitler, quien había montado el cuarto ejército más grande del mundo amenazando con conquistar toda la tierra, él proyectaba un monstruo en Hussein. También Hussein ha sido reducido hoy a dimensiones mucho más pequeñas. No es el criminal único que era Hitler y su ejército estaba indefenso frente a la fábrica de muerte que el ejército de los EE.UU. montó junto a su frontera. Otra vez, la proyección del monstruo en Hussein, que hacía de él un Hitler, no nos dice mucho referente a Hussein. En el último tiempo el monstruo se llamaba Bin Laden, señor de una conspiración terrorista mundial omnipresente. No obstante, igualmente se ha desinflado y hoy apenas sí se habla de Afganistán. Parcialmente lo ha sustituido Arafat, y ahora se ha vuelto a resucitar a Hussein como monstruo parte de un “eje del mal”. Todos estos monstruos van pasando, dándose la mano uno a otro. El camino por el que aparecen, designa el blanco de una fábrica de muerte que lucha contra ellos. Una fábrica de muerte que se revela ya con el ataque a Libia en los años ochenta y con la invasión a Panamá en 1989, si bien se manifiesta con todo su potencial destructivo en la guerra del Golfo. Esta fábrica de muerte es tan perfectamente móvil como las fábricas de maquila presentes en todo el Tercer Mundo. Puede ir a cualquier lugar. Después de la guerra del Golfo se movió a Serbia, destruyendo asimismo este país. Luego se movió a Afganistán, dejando detrás suyo una tierra quemada. Ahora aparece, aunque cambiada, en Palestina, para producir también allí muerte y desolación. Busca nuevas metas. El Tercer Mundo tiembla y nadie sabe bien hacia dónde se desplazará. Puede volver a Iraq, puede moverse a Colombia. Sus ejecutivos no excluyen ni a China ni a Rusia como posibles lugares de producción de muerte por parte de esta fábrica de muerte. Los momentos de baja de la bolsa de valores de Nueva York, son momentos predilectos para el funcionamiento de la fábrica de muerte móvil. Cuando ella empieza a producir muertos, la bolsa empieza a vivir. La bolsa resulta ser un Moloc que vive de la muerte de seres humanos. Es evidente que se precisa de monstruos para legitimar el funcionamiento de esta fábrica de muerte. Además, estos monstruos tienen que ser tan malos, que la fábrica de muerte se haga inevitable y la única respuesta posible. Sin embargo, como solamente existen adversarios que de ninguna manera son monstruos, se produce monstruos para proyectarlos en ellos. Todos son monstruos del momento, los cuales sirven para proporcionar aceite para el funcionamiento de la fábrica de muerte. Hoy, no obstante, se está visiblemente construyendo un supermonstruo, una Hidra cuyas cabezas son estos monstruos del momento. Se corta las cabezas y a la Hidra le nacen nuevas. Siendo así, la fábrica de matar tiene que perseguirlas para cortarlas. El modo de hablar sobre estas masacres, revela lo que ellas son. Casi siempre se habla de “liquidar”, “eliminar”, “extirpar” y “exterminar”. Es el lenguaje de todas las fábricas de muerte del siglo XX. Se trata ahora de la construcción de una conspiración mundial terrorista, la cual actúa por todos lados y en cada momento y que solo posee un apellido cuando su cabeza se levanta. Tiene así el apellido Noriega, Hussein, Milosevic, Arafat o Bin Laden, y tendrá muchos más. Estas conspiraciones monstruosas y proyectadas, las conocemos del siglo XX. La primera mitad del siglo está dominada por la construcción del monstruo de la conspiración judía, inventada por la Ojrana, la policía secreta de la Rusia zarista antes de la Primera Guerra Mundial. Otra, a partir de la Segunda Guerra, fue la conspiración comunista —que antes se había considerado como parte de la conspiración judía mundial en cuanto “bolchevismo judío”—, a la cual Reagan se refirió como “reino del Mal”. Una conspiración parecida se construyó en la Unión Soviética con la conspiración trotskista. Terminada una conspiración, el poder necesita de otra para poder desenvolverse sin límites y sin estar amarrado por derecho humano alguno. Pareciera que hoy, y para cierto futuro, la conspiración terrorista le brindará este instrumento de ejercicio absoluto de su poder. Ya se comienza a incluir en esta conspiración terrorista mundial a los movimientos de los críticos de la globalización surgidos desde Seattle, Davos, Praga, Génova y Quebec, y que en los últimos dos años se han reunido en Porto Alegre. Con todo, corremos el peligro de que finalmente estos monstruos devoren a todos y, por consiguiente, también a aquellos que los proyectaron en los otros. Son muertos que ordenan. La concepción de la conspiración mundial terrorista en la actualidad, está adquiriendo rasgos muy parecidos a lo que era la conspiración mundial judía en la primera mitad del siglo XX. El antisemitismo nunca fue la persecución de una minoría, siempre se persiguió a la mayoría. Pero se lo hizo en nombre de la minoría judía. El antisemitismo sirvió para denunciar cualquier resistencia como acto judío, aun cuando en ella no participara ningún judío. Por eso inclusive el bolchevismo era “bolchevismo judío”. Eso mismo se está construyendo hoy con el mundo islámico. Se lo usa como puente para denunciar a todo el mundo en nombre de la respuesta a un supuesto terrorismo islámico. Al-Qaeda es ya el descendiente de esa función que antes cumplían los judíos. Aparece en todas partes, aunque no esté. Ya nos dicen que se reunió en el sur de América Latina en la triple frontera entre Brasil, Paraguay y Argentina. Supuestamente Al-Qaeda colabora con las FARC en Colombia. Y de igual modo se publica que Al-Qaeda ha estado preparando atentados contra el Papa, lo que los ubica en el umbral de ser asesinos de Dios. Inclusive surge una campaña que denuncia al propio profeta Mahoma como terrorista. Es evidente lo que ella significa: todos los terroristas, sépanlo o no, siguen a Mahoma. Es previsible que durante el próximo Foro Social Mundial se publicite la participación de miembros y simpatizantes de Al-Qaeda. Desde luego, no se trata de ningún choque de culturas. Se trata de la difamación de una cultura en nombre del ataque a todas las culturas. Así como durante el antisemitismo todo el mundo con tendencias disidentes estaba bajo la sospecha de estar implicado en el “pecado de los judíos” o en la “locura judaica”, ahora asoma su implicación en alguna supuesta locura islámica. La fuerza de convicción parece ser la misma. Subliminalmente puede cumplir un papel en esta transformación el hecho de que también los árabes, entre quienes nació el Islam, son semitas. Ya en la época de las cruzadas se identificó a los israelitas con ismaelitas, que era el nombre para los árabes. Este nuevo antisemitismo se dirige en contra de estos ismaelitas. Hoy, es evidente el peligro de que resulte un proyecto parecido de aniquilamiento, solo que más devastador todavía. Detrás de una conspiración mundial siempre se halla el diablo universal. El actual presidente Bush, por tanto, se presenta como predicador en contra del diablo de manera parecida a como ya lo hizo Reagan, y ve en sus enemigos “the evils’s face” (la cara del malo o del diablo). En su reciente viaje a los Balcanes visitó Bucarest, donde habló tanto de Hussein como de Ceausescu de dictadores que nos muestran esta “evil’s face”. La lucha en contra de la conspiración mundial se revela, por consiguiente, como un gran exorcismo. Al tratar de este exorcismo, Bush decía que antes de empezar a hablar vio un arco iris del cual concluyó: “God is smiling on us today” (Dios hoy nos sonríe) [1]. Cuando hoy se hace esta propaganda anti-diablo, no se trata de algo simplemente metafórico. En efecto, el diablo de Bush es el monstruo que la razón instrumental produce al soñar. Todo lo que se percibe como distorsión de esta marcha de la razón instrumental desatada, se revela en el soñar de esta razón como diablo. A través de Bush, el sistema sueña su propio diablo. Para Goya era Napoleón con su diablo respectivo, que era el enemigo de la diosa razón de la Revolución Francesa. Las conspiraciones mundiales son parte de este soñar de la razón instrumental que arrasa con el mundo. Bush proviene de la sociedad estadounidense, la cual es probablemente la sociedad del mundo más fascinada por las luchas con el diablo en todas las dimensiones de la vida humana. En muchos movimientos cristianos fundamentalistas de ese país los servicios religiosos tienen enteramente el carácter de exorcismo. Eso invade ahora la política mundial, que pierde su racionalidad al ser transformada en lucha contra del diablo cuya cara es la conspiración mundial terrorista, fabricada en función de esta transformación del imperialismo en lucha con el diablo. Y como para luchar contra el monstruo hay que hacerse monstruo, ahora, para poder luchar contra el diablo, hay que hacerse diablo también. Monstruos fabricados, diablos fabricados y proyectados. Es decir, no existen límites para esta lucha. Todo es lícito. Estas proyecciones de monstruos no nos dicen nada, o casi nada, ni de Bin Laden, ni de Al-Qaeda, ni de Arafat, ni de Hussein. Tampoco acerca de ninguna pretendida conspiración. Siendo así, ¿sobre quién nos dicen algo? Efectivamente, ellas no son por completo vacías, ni son simple mentira. Aunque estas proyecciones no dicen nada o casi nada referente a Bin Laden, Arafat o Hussein, sí dicen algo. Dicen algo sobre aquel que las realiza y muy poco sobre aquel en quien se proyectan. De esta forma, cuando el presidente Bush (padre) describía a Hussein como un Hitler, cuando la población de los EE. UU. lo seguía en eso y cuando, por último, la comunidad de las naciones casi sin excepción seguía esta proyección del monstruo en Hussein, eso nos dice algo sobre el presidente Bush, sobre los EE. UU. y sobre la situación de la comunidad de las naciones. Sin embargo, siempre hay que suponer algo que subyace a este tipo de proyección y que es: Para luchar contra el monstruo, hay que hacerse monstruo también. Ya Napoleón decía: “Il faut opérer en partisan partout où il y a des partisans” (Para luchar contra el partisano, hay que hacerse partisano también). Posiblemente, desde ambos lados en lucha se efectúa la proyección mutua del monstruo, uno frente al otro. Ambos, por ende, se convierten en monstruos para luchar en contra de su respectivo monstruo. No obstante, eso no significa que los dos tengan razón. Al contrario, ninguno tiene razón, aunque se transformen en monstruos para poder acometer esta lucha. Porque la proyección polarizada es la creación mutua de la injusticia en nombre de la justicia, —“justicia infinita”— que actúa en ambos lados de igual manera. Nunca es cierta, ni siquiera en el caso en que el otro, en quien se proyecta el monstruo, parece realmente un monstruo. La mentira es un producto del mismo mecanismo: hacerse monstruo para luchar contra el monstruo. Este monstruo es el anti-sujeto. Proyecta el monstruo en los otros para acallar el sujeto. El sujeto no desaparece: es transformado en este antisujeto que proyecta los monstruos en otros para convertirse de igual modo en monstruo. Resulta entonces que la negación del sujeto produce monstruos que son el sujeto substitutivo. Son fetiches. Pero fetiches que viven y actúan. Como resultado emerge la racionalidad del pánico, que Kindleberger describe tan magistralmente: Cuando todos se vuelven locos, lo racional es volverse loco también [2]. Se trata de una lógica resultante de las fuerzas compulsivas de una competencia totalizada, la cual se encuentra en un movimiento vacío. Esta racionalidad de la locura, cierra las salidas. Kindleberger lo expresa de la manera siguiente: Cada participante en el mercado, al tratar de salvarse a sí mismo, ayuda a que todos se arruinen [3]. Y si cada uno ayuda a que todos se arruinen, cada uno ayuda a arruinarse a sí mismo. Porque cada uno es parte de todos y uno tapa la salida al otro. Todos persiguen al monstruo, y para poder hacerlo, se transforman ellos mismos en monstruos. Se pierde de vista la realidad y, en consecuencia, es destruida. Ahora bien, cuando uno tapa la salida al otro, la competencia cambia su lógica. Como ya no hay salida, cada uno corre para asegurarse de ser el último en caer. Surge una lucha a muerte que ya no busca salidas, sino ser el último que caiga. Se han cerrado los horizontes y todos han ayudado a cerrarlos. Se ha renunciado a la salida para que el más poderoso se imponga como el último en caer. Esto se hace con la vaga esperanza de que si por alguna razón aparece una salida, él aún la pueda aprovechar. En el Coliseo de Roma se practicaba un juego cruel, que semeja una parodia de esta situación que en la actualidad se produce mundialmente. En este juego se mandaba cien gladiadores a la arena. Tenían que luchar de forma indiscriminada entre sí, hasta que no quedara nadie con vida. Y si quedaba uno, se lo degollaba. No obstante, había una vaga esperanza. El emperador, en el postrer momento, podía levantar el pulgar señalando el final del juego y en tal caso el último salía con vida. El juego se llamaba “sine missione” (sin misión) [4]. No nuestra famosa misión imposible, sino un juego sin misión. Por eso, podemos traducir su nombre también como “sin sentido”. Hoy existen juegos electrónicos que parecen una copia de este juego del Coliseo [5]. En la actualidad todo el mundo juega este juego “sine missione”, el cual resulta hoy mucho más cruel que en el tiempo de los romanos. Se monopoliza el agua, el trigo, el petróleo, los genes, en fin, todo, como un medio para aplastar a los otros. Por eso la lucha no es por algún interés específico, es por el todo. El imperio trata de determinar a aquellos que pueden sobrevivir como últimos y, finalmente, señala al último que caerá. Asoma de igual modo la vaga esperanza del último gladiador: que haya un emperador que levante su pulgar y permita salir al último. Éstas son esperanzas que funcionan como narcóticos. En 1992, en la conferencia sobre el ambiente en Río de Janeiro, Bush (padre) expresaba: Aunque exista calentamiento del aire, los países ricos encontrarán soluciones gracias a su tecnología [6]. Aquí el emperador es la ilusión de un progreso tecnológico capaz de subsanar los daños que la propia tecnología, en su aplicación indiscriminada, está originando. Los fundamentalistas cristianos estadounidenses que acompañan este fundamentalismo del mercado, tienen otro emperador para levantar el pulgar en el caso del último que quedara después de esta tribulación: ¡Cristo viene! Se sabe que el asesinato es suicidio. Se trata sin embargo de extender el intermedio entre el asesinato y el suicidio, para poder seguir asesinando. Aquí, aparentemente, el sujeto está asumido por el anti-sujeto sin capacidad de retorno. Emerge un “hoyo negro”. Tras la reciente detención de al-Nashiri, sospechoso de ser un alto dirigente de Al-Qaeda, la CNN dio la siguiente noticia: Sin vacilar, un US-oficial dice: “Él ha sido de alguna ayuda en términos de información”. La clave para lograr información consiste en dar con el punto débil de al-Nashiri, de acuerdo con Cindy Capps del Centro para Estudios de Contrainteligencia (Center for Counterintelligence Studies). “Cada persona tiene un botón que se puede apretar”, señalaba Capps, un exespecialista del FBI en interrogatorios. “Tienes que encontrar este botón” [7]. Buscan el botón, y todos sabemos lo que eso significa. Las palabras del especialista en torturas, no obstante, tienen un referente que nos hace revela la parodia. George Orwell, en su novela 1984, nos presenta a O’Brien, el torturador del Big Brother, quien reflexiona muy perspicazmente acerca de sus métodos de tortura. Él hace la siguiente reflexión: —Me preguntaste una vez qué había en la habitación 101. Te dije que ya lo sabías. Todos lo saben. Lo que hay en la habitación 101 es lo peor del mundo [8] (pág. 297). —Lo peor del mundo —continuó O'Brien— varía de individuo a individuo. Puede ser que le entierren vivo o morir quemado, o ahogado o de muchas otras maneras. A veces se trata de una cosa sin importancia, que ni siquiera es mortal, pero que para el individuo es lo peor del mundo (pág. 298). —El dolor no basta siempre. Hay ocasiones en que un ser humano es capaz de resistir el dolor incluso hasta bordear la muerte. Pero para todos hay algo que no puede soportarse, algo tan inaguantable que ni siquiera se puede pensar en ello. No se trata de valor ni de cobardía (págs. 298s.). Es difícil establecer si el torturador Capps es una parodia de O’Brien, u O’Brien una parodia de Capps. Con todo, no puede haber mucha duda de que O’Brien es el instructor de Capps. Capps aprendió conscientemente de O’Brien, y el O’Brien de Orwell se ha transformado en el tipo ideal del torturador para los actuales torturadores. Llegó a ser un ideal para la aproximación. Es el ideal del sujeto negado sin retorno. Capps-O’Brien apuntan a esta meta: el sujeto torturado convertido al amor al torturador. También los torturadores poseen un gran ideal. Es el ideal del infierno en la tierra. La propia razón instrumental sueña y está soñando estos monstruos. ¿Por qué lo hace? En su marcha por el mundo —la estrategia de globalización es la hasta hoy última etapa de esta marcha de los Nibelungos—, sueña todos los obstáculos para ésta su marcha en forma de monstruos por exterminar. Con eso todas las alternativas posibles son fácilmente transmutadas en monstruos por matar. Los problemas concretos —sobre todo la exclusión de la población y la crisis del ambiental—, cuya solución exige las alternativas, son relegados a un segundo o tercer plano y pierden significación en relación con la lucha contra los monstruos. La propia realidad concreta desaparece. Pero, eso precisamente abre el paso a la marcha sin límite de la razón instrumental-calculadora. Y por ello no puede haber salida sin disolver estos monstruos. La sola discusión de alternativas no los disuelve.

3. La “voluntad contraria como enfermedad” (“Die Krankheit des Gegenwillens”)

Aparece la voluntad contraria. Solo que el sujeto no retorna, sino que se convierte en monstruo para luchar en contra de este monstruo-antisujeto proyectado por el monstruo en los otros, para poder transformarse igualmente en monstruo. O sea, se enfrenta a este antisujeto, no obstante lo ejecuta proyectando ahora el monstruo en él. Por consiguiente, tiene asimismo que hacerse monstruo. Se presentan crímenes y enfermedades, y el propio crimen parece ser una enfermedad. Porque a monstruos de este tipo no se los puede matar. Según el mito griego, por cada cabeza que se le corta a la Hidra, le nacen siete nuevas. Hay que disolverlos. Y el transformar en monstruo a este antisujeto que proyecta el monstruo, para luchar en contra del monstruo, lo reproduce. También en este caso, pues, hay que convertirse en monstruo para luchar contra el monstruo. Estas reacciones de la voluntad contraria no poseen un proyecto de cambio de la sociedad ni metas concebidas de manera racional. Tienen un carácter eruptivo. Adquieren fácilmente el carácter de parodias. Son parodias, aun cuando sus actores no tengan la menor conciencia de eso. Son parodias referentes al antisujeto. Hay algunos casos llamativos que quiero mostrar. El primer caso que citaré, me llama la atención desde hace mucho tiempo. Es el fenómeno de los asesinatos-suicidios. Se multiplican desde fines de la década de 1970. En el siguiente decenio dan la sensación de ser más bien un fenómeno restringido a los EE. UU. Hay alumnos en las escuelas que llevan un arma, matan a otros alumnos y profesores, para por último pegarse un tiro a sí mismos. Algo parecido se da en lugares de trabajo, calles y otros espacios públicos. Alguien toma un arma, mata a muchos que no conoce y se suicida después. Posteriormente, este fenómeno se extiende a Japón, Europa, Canadá, Urania, China y África. Desde mediados de los años noventa se hace presente en Palestina. Aunque parta de EE. UU., más tarde lo hallamos en todas las culturas y en todos los continentes. Se trata de un nuevo terrorismo que mata sin razones aparentes, para al final suicidarse el asesino. Es “teatrum mundi”. Pero es teatro al estilo del Coliseo, un juego en el cual los jugadores mueren. Y los asesinos hasta suben a escena. Un caso así es el de MacVeigh, quien, al ser ejecutado, dejó un poema inglés con el título: “Invictus”. El compositor alemán Karlheinz Stockhausen se refirió al atentado de Nueva York en términos de un teatro en grande (“Gesamttheater”). Se lo denunció y marginó. Claro, tendría que haber añadido: teatro al estilo Coliseo. El mundo como el Coliseo. Es, ciertamente, “teatrum mundi”. Son pocos los que no han visto varias veces esta función. Todos estos asesinatos-suicidios son variaciones sobre un gran tema. El tema se puede comprimir en una tesis: el asesinato es suicidio. Los asesinos-suicidas nos hacen ver todo el tiempo esta gran verdad. En los años treinta, André Breton proclamó: el único acto sensato (surrealista) hoy, es tomar una pistola y disparar salvajemente sobre la gente. No sabía todavía el cuento entero. Si no, habría añadido: y después, pegarse un tiro a sí mismo. Nuestros asesinos-suicidas han completado el acto acerca del cual advertía Breton. Sin embargo, al presentarnos éste: el asesinato es suicidio, los asesinos dicen la verdad. Son como Hamlet: aunque sea locura, tiene método. Además, son casi los únicos que expresan esta verdad que nadie quiere escuchar. Escriben su “mene tekel” en la pared. Al descifrarlo aparece: el asesinato es suicidio. Cuando los cuerdos no quieren pronunciar la verdad, son los locos quienes la proclaman. Frente a un mundo que construye escudos antimisiles para poder matar sin suicidarse, se levanta la verdad: el asesinato es suicidio. Se manifiesta como parodia. Es, no obstante, una verdad invertida. Frente al hecho de que el asesinato es suicidio, el asesino-suicida opta por asesinar y suicidarse después. No alcanza otra opción, a pesar de que la haga ver. Revela el sujeto, para en el mismo acto negarlo. Quiero mostrar un segundo caso de estas parodias del sujeto. El del francotirador que en octubre del 2002, desde largas distancias y lugares seguros mató alrededor de doce personas, una por una. Toda una gran parodia de los emperadores que gobiernan desde Washington. Enfocan desde lejos, disparan contra países, no con balas sino con ejércitos enteros, y los borran del mapa. Comenzaron en Panamá, en 1991, y borraron del mapa el barrio capitalino de Los Chorrillos. Enfocaron luego a Iraq, e igualmente lo borraron. Enfocaron después a Serbia, a Afganistán, a Palestina y están prontos a lanzarse de nuevo sobre Iraq, anunciando que aún les quedan muchos países por arrollar. El francotirador también puso en escena una parodia sangrienta. Asumió el nombre de Muhamed, que corresponde perfectamente a las imágenes difundidas del enemigo de la sociedad. Disparó y borró a uno, para hacer después lo mismo con otro. Escribió una carta a la Policía en la cual le decía: soy Dios. Es el Dios de Bush, quien se imagina que con su escudo antimisiles puede destruir el país que quiera sin peligro de que sus balas sean respondidas. Pero la parodia del francotirador continúa. Como la Policía no descubría pistas, el propio francotirador les dio una: Montgomery, Alabama. En vista de que no le hicieron caso, se las dio otra vez. Con esta pista, al fin lo encontraron. Retorna la enseñanza: el asesinato es suicidio. Aun cuando se tenga el Dios de Bush y aunque se sea el Dios de Bush, sigue siendo válido: el asesinato es suicidio. El francotirador parece inclusive empeñado en que ése sea el resultado; por eso da la pista a la Policía. Sus asesinatos, igualmente, resultan ser asesinatos-suicidios. Estas parodias sangrientas enseñan. Nada más que enseñan al revés. No brindan la salida, por el contrario la tapan. No obstante, al ser tan activas tapando la salida, muestran por donde hay que buscarla. Está allí, justamente donde ellas ubican el tapón. Colocan piedras al sujeto en su camino, con todo, como dice Erich Kästner, hasta con piedras que se nos ponen en el camino se puede construir algo. Actualmente surgen muchas parodias de este tipo. Estas dos, sin embargo, pueden mostrar de qué forma se revelan. Todas ellas manifiestan esta “voluntad contraria como enfermedad”.

4. Interculturalidad y fundamentalismo

Vivimos en una sociedad que ha perdido sus fundamentos y ha entrado en su período de abierta decadencia. Lo que está colapsando son las relaciones sociales mismas. Se trata de algo peor que la crisis de la exclusión y del ambiente. Con la crisis de las relaciones sociales colapsa la propia posibilidad de enfrentar las otras crisis. En una tal situación, evidentemente no es suficiente concebir alternativas y presionar por ellas. Hay que reconstituir aquel fundamento que funda la posibilidad de la concepción de alternativas y de su realización. Ésta es la razón por la que tenemos que volver al sujeto. El sujeto humano que afirma su vida de modo realista, lo que significa que lo hace en una realidad de la cual sabe que el asesinato es suicidio. Ése es el fundamento perdido, sin el cual nadie se podrá enfrentar al sistema de muerte. Esto es contrario a lo que hoy hacen los tal llamados fundamentalismos. Al igual que la ortodoxia jamás es la fe verdadera, el fundamentalismo jamás nos expresa lo que es el fundamento. El fundamentalismo, en todas sus formas, se basa en la negación del sujeto. Sin embargo, el fundamento es el sujeto. El sujeto es la palabra que está en el inicio de todas las cosas. Por eso la palabra es la vida. En el inicio está el grito del sujeto, el sujeto como grito, el grito que es sujeto. Es la interpelación de todo en nombre del sujeto. La palabra es un grito. En el inicio está el grito. El grito es rebelión: en el inicio está la rebelión. Ya Camus piensa la rebelión en este sentido. Cuando él afirma: “Yo me rebelo, luego existimos”, contesta a Descartes en cuya tradición tendría que decir: Yo me rebelo, luego existo. La rebelión estaría vaciada [9]. Creo que solamente a partir de la afirmación de ese sujeto es posible, tanto disolver a los monstruos fabricados, como asegurar de forma realista la discusión y promoción de las alternativas necesarias. ¿Dónde está este sujeto? Está en el origen de todas las culturas sin excepción. Está como ausencia presente que exige ser recuperada en cada momento [10]. Lo habíamos mencionado desde la cultura africana, citando a Desmond Tutu: “Yo soy solamente si tú también eres”. Es fácil descubrir formulaciones muy parecidas en las culturas indígenas de América Latina. Pero se hallan de igual modo en las culturas mundiales de tradición judeocristiana, islámica, oriental, etc., aun cuando en estas culturas estén más escondidas. Demos el ejemplo del judeocristianismo y su mandamiento del amor al prójimo. Según Levinas, la traducción correcta del llamado al amor al prójimo es: Ama a tu prójimo, tú lo eres. En esta forma, el sujeto es evidente. El: “tú lo eres” expresa de otra manera el: asesinato es suicidio. Como tal es ambivalente; por tanto le sigue el: ama a tu prójimo, como actitud realista frente a la vida. No se trata de ningún juicio de valor ni de una exigencia desde afuera de la realidad, sino de la exigencia de afirmar la vida en términos realistas. Esto significa, en términos de una realidad cuyo característica es el: asesinato es suicidio. Por ende, se trata de un llamado a ser sujeto. No obstante, nuestra traducción corriente esconde este llamado a ser sujeto, diciendo: ama a tu prójimo como a ti mismo. Ahora bien, pese a que éste ser sujeto del ser humano está en cada una de las culturas humanas, se halla escondido, y muchas veces negado. Está, sin embargo está negado. Pero: “negatio positio est”. Ésta es la forma en que se encuentra presente. Tal negación del sujeto no es un proceso arbitrario. Toda cultura tiene que institucionalizarse como civilización con sus leyes, rituales, etc. Solo que institución es necesariamente administración de la muerte. La infinitud del sujeto es sometida a la finitud de la cultura determinada e institucionalizada, la cual por fuerza lo niega. Aun así, toda cultura tiene que recuperar este sujeto negado frente a su propia institucionalización (una especie de negación de la negación). Por eso la cultura se desarrolla y tiene historia. Y podemos descubrir en cada cultura este proceso circular que parte del sujeto en su infinitud, pasa a su negación institucionalizada, para llegar continuamente a la recuperación del sujeto, lo que mueve a la cultura y su historia. La sociedad moderna es la única sociedad humana que ha interrumpido este círculo del sujeto, su negación y su recuperación. Esto le confiere su enorme poder de conquista, tanto de todas las poblaciones de la tierra como de la naturaleza misma. Pero a eso se debe igualmente su extrema capacidad destructora, tanto del ser humano como de la naturaleza externa a él. La sociedad moderna —tomando la modernidad como el período histórico desde el siglo XV en adelante— efectúa la negación del sujeto sin admitir ninguna recuperación de éste frente a tal negación. Lo hace por la absolutización y posterior totalización de las leyes del mercado. Polanyi habla de la “salida del cauce” (“disembedding”) del mercado, el cual se desentiende de las condiciones de posibilidad de la vida humana y, en consecuencia, la subvierte con la tendencia a destruirla. Con ello se pierde de vista la realidad como condición de posibilidad de la vida humana. Lo que queda de la realidad no es más que un gran montón de elementos, frente a los cuales no cabe sino la acción medio-fin y el cálculo del máximo de ganancias. Se trata de un montón de elementos a disposición de acciones calculadas linealmente para el provecho de la producción y el consumo, así como de una lucha sin cuartel para acceder a estos elementos. En el grado en que ahora no se vuelve a plantear el sujeto para reconstituir la realidad y el realismo de la vida, emergen los fundamentalismos. El sistema se torna ciego. La palabra fundamentalismo tiene su origen en un movimiento cristiano surgido a principios del siglo XX en los EE. UU. Un movimiento sin mayor relevancia en ese momento, el cual solo adquiere su importancia nacional e internacional durante la segunda mitad de dicho siglo. No obstante, este auge del fundamentalismo cristiano no lo podemos explicar sin tomar en cuenta el nacimiento de otro fundamentalismo que adquiere importancia desde la década de 1960 y se impone al mundo a partir del golpe militar en Chile, en 1973, y de los gobiernos de Margaret Thatcher en Inglaterra y de Ronald Reagan en los EE. UU. Nos referimos al fundamentalismo del mercado, el cual no tiene sus raíces directas en movimientos religiosos. Apenas tres décadas después —en la de 1990— se lo llama fundamentalismo del mercado, expresión asumida posteriormente por el economista Stiglitz. El fundamentalismo del mercado, nacido del neoliberalismo, declara definitivamente la negación del sujeto, y esta vez en términos mundiales y globales. Toda intervención en el mercado se presenta ahora como una distorsión que debe ser eliminada. Aparece entonces el pillaje global como estrategia mundial, la cual no toma en cuenta ni la globalidad ni la complejidad del mundo. Es el tiempo de los “terribles simplificateurs”, anunciados ya en el siglo XIX por Jacobo Burckhardt. El fundamentalismo cristiano, con su antiliberalismo, resultó una corriente ideal y de mucha fuerza para acompañar al fundamentalismo del mercado de la estrategia llamada globalización. Sin este apoyo, difícilmente Reagan y hoy Bush (hijo) habrían logrado el apoyo masivo que obtuvieron. Además, complementa a la corriente teórica que sostiene esta estrategia de globalización. Esto porque frente a las críticas que reprochan a esta estrategia las catástrofes que produce, los argumentos de este fundamentalismo cristiano brindan una respuesta. Aceptan que tales tendencias catastróficas se están produciendo, pero las asumen como voluntad de Dios expresada ya en antiguas profecías que se pretende anuncian estas catástrofes para el tiempo actual. Llaman por tanto a aceptarlas hasta el final como “tribulaciones” mandadas por Dios, a las cuales seguirá el “Cristo viene”. A la irresponsabilidad de los responsables del proceso le conceden la justificación divina. Ahora bien, en el momento en que surgen estos dos fundamentalismos aparejados, se manifiestan también otros fundamentalismos religiosos entre las culturas amenazadas por el proceso de homogeneización de parte del mercado mundial. Entre éstos se encuentra el fundamentalismo islámico, y probablemente asimismo el actual fundamentalismo del Vaticano y otros. Estos fundamentalismos de contestación, sin embargo, solo llevan a respuestas ciegas sin ninguna capacidad alternativa. Por eso, en casos extremos desembocan en un terrorismo ciego sin destino, el cual puede conducir a situaciones caóticas que tampoco admiten salidas. En esta situación hay que plantear de nuevo la cuestión del sujeto. Me parece que él es el punto de partida para poder enfrentar este sistema de manera racional y en la perspectiva de soluciones alternativas. Esto el sujeto tiene que hacerlo desde las culturas tradicionales de la humanidad, por la simple razón de que todas estas culturas se originan precisamente en este sujeto humano. Esto en el sentido de un principio de generación de las culturas: las culturas se generan a partir del sujeto, aunque pasen por su negación. Emerge aquí un plano de encuentro intercultural en función de hacer presente al sujeto humano frente al fundamentalismo del mercado y su destructividad. Esto, a su vez, constituye un desafío para las culturas: para poder defenderse como culturas frente al fundamentalismo del mercado, han de recuperar su origen. En efecto, solo pueden enfrentarlo en nombre del sujeto en su origen; no obstante, tampoco pueden sostenerse como culturas de tradición sin enfrentar, en nombre de este sujeto, al fundamentalismo del mercado que las amenaza en su esencia. Es a partir de aquí que vislumbro la posibilidad de una interculturalidad para el futuro, interculturalidad que no amenace a ninguna cultura como cultura específica, al tiempo que brinde la oportunidad de actuar de común acuerdo frente al fundamentalismo del mercado que las amenaza a todas.

5. Los “terribles simplificadores”

Todos los días escuchamos que el mundo es complejo. Esta complejidad del mundo, sin embargo, presenta sus problemas. ¿Cómo sabemos que el mundo es complejo? Eso depende de quién se relaciona con el mundo. En las ciencias empíricas es corriente referirse a algún observador absolutamente informado (desde el diablillo de Laplace hasta el observador informado de Max Planck) o a un actor con conocimiento perfecto (por ejemplo, en economía, en la teoría de la competencia perfecta se supone siempre actores de conocimiento perfecto en los mercados). Es evidente que el mundo no es complejo desde el punto de vista de un tal observador o actor informado de modo perfecto. Desde esta perspectiva el mundo es simple. Por otro lado, presumo que para los animales el mundo tampoco es complejo. Ellos actúan por adaptación. Por lo menos si consideramos que podemos saber cómo actúan. Sostener que el mundo es complejo es una simple afirmación metafísica y como tal irrelevante. Es complejo solamente si suponemos que como seres humanos actuamos en él. Lo que tenemos como experiencia es que las soluciones de los problemas que el ser humano enfrenta, son complejas. Todos los problemas relevantes tenemos que enfrentarlos en todos los niveles de la vida humana para poder encontrar una solución. De este hecho tenemos que concluir que el mundo mismo es complejo. Pero eso significa siempre: dada la “conditio humana”, el mundo es complejo. Esta “conditio humana” la descubrimos al buscar soluciones a nuestros problemas y no poseemos un conocimiento a priori de ella. Se sigue entonces que el ser humano es un ser infinito atravesado por la finitud. Por eso puede concebir un mundo de observadores y actores de conocimiento perfecto, para quienes el mundo no es complejo, para derivar después que el ser humano no es eso, sino un ser para el cual el mundo es complejo, es decir, para el cual todas las soluciones de sus problemas son complejas. Por otro lado, le es imposible actuar por pura adaptación. Frente a esta situación humana de complejidad aparecen los “terribles simplificadores”, como los llamara Jacobo Burckhardt ya en el siglo XIX. Cuanto más complejo se nos hace el mundo, más grande es la tentación de enfrentar esta complejidad mediante soluciones de simplificación primitivas que ofrecen algún principio único como solución en este mundo complejo. En el siglo XX surgen varias de estas simplificaciones, muchas veces vinculadas a los totalitarismos de ese siglo. No obstante, pareciera que la simplificación más extrema la vivimos hoy, y proviene justamente de muchos de aquellos que más hablan de la complejidad del mundo. Nos referimos a nuestros fundamentalistas del mercado. Sacan una conclusión inaudita: el mundo es complejo, por consiguiente las soluciones resultan ser puros simplismos. El mundo es complejo y por tanto únicamente los simplismos son aceptables. Esta reducción de todos los problemas se inició con los neoliberales. Hayek la hace muy explícita: CITA Una sociedad libre requiere de ciertas morales que en última instancia se reducen a la mantención de vidas: no a la mantención de todas las vidas porque podría ser necesario sacrificar vidas individuales para preservar un número mayor de otras vidas. Por lo tanto las únicas reglas morales son las que llevan al “cálculo de vidas”: la propiedad y el contrato [11]. Siendo complejo el mundo, el simplismo de “la propiedad y el contrato” es la respuesta. Siendo complejo el mundo, la solución no es nada compleja. Con todo, de la complejidad del mundo solamente podemos saber por el hecho de que las soluciones son complejas. Este hecho sin embargo se niega, para en nombre de una afirmación de por sí metafísica, negar que las soluciones son complejas. Una vez negada la complejidad de las soluciones, la afirmación de la complejidad del mundo pierde todo significado real. O sea, en nombre de la afirmación metafísica de la complejidad del mundo se niega la complejidad en la vida real. Hayek desarrolló su tesis de la complejidad del mundo frente al socialismo soviético, el cual respondió igualmente a la complejidad del mundo con la tesis de una solución simplista expresada en el principio de la planificación como solución única. Pero Hayek nunca criticó este simplismo pues buscaba un simplismo similar, aunque desde otro ángulo. No discutió el simplismo, sino apenas cuál era el simplismo correcto. Y contestó: el simplismo correcto es el simplismo del mercado: “la propiedad y el contrato”. Por ende, sustituyó el simplismo de la planificación por el simplismo del mercado. Esto explica la llamativa similitud entre la ideología soviética y la ideología de la estrategia actual llamada globalización, originada en el neoliberalismo y cuyo exponente más importante sigue siendo Hayek. Siendo complejo el mundo, la solución no es compleja sino simplista. Las dos ideologías tienen eso en común. Sus diferencias consisten en determinar cuál simplismo nos corresponde escoger. Nuestro problema hoy no obstante es aceptar, por fin, que las soluciones son complejas, así como reconocer la complejidad del mundo dentro del cual emerge la complejidad de las soluciones. Sin embargo, el fundamentalismo del mercado reacciona al revés. Continúa con su simplismo para luchar ahora contra la complejidad del mundo; reducir y, por último, eliminar la complejidad del mundo para que el propio mundo sea tan simplista como la solución que se ofrece. Toda la estrategia de globalización del mundo ha desembocado en esta lucha contra la complejidad del mundo. En efecto, para que las soluciones sean simplistas, el mundo tiene que serlo también. Ahora, todo el sistema se vuelve agresivo frente a un mundo complejo. La complejidad de las relaciones entre los seres humanos, la complejidad de la naturaleza, la complejidad de las culturas, todas estas complejidades es necesario eliminarlas para cumplir con la ilusión de que el simplismo pueda un día funcionar. Existe una fórmula para este proceso: la eliminación de las distorsiones del mercado. Ella resume bien lo que es el fundamentalismo del mercado. Tales distorsiones derivan de la complejidad del mundo. Cada solución compleja, que corresponda a la complejidad del mundo, resulta ser una distorsión del mercado. Solo que su eliminación destruye la complejidad del mundo y lo torna invivible. Este es el proceso de destrucción que en la actualidad está en curso. Maucher, presidente en 1991 de la multinacional suiza Nestlé, declaró en ese año que quería ejecutivos con “instinto asesino” (Killerinstinkt) [12]. El “instinto asesino” es ciertamente el instinto básico que se requiere para proseguir con esta estrategia. Y según parece, hay suficiente. En estos días Attac da la siguiente noticia: CITA Reproducimos estas declaraciones de Ángel María Caballero, presidente de la Asociación Nacional por la Salvación Agropecuaria, denunciando las actividades ilícitas de la multinacional Nestlé, la cual envía leche de Uruguay y la remarca para ocultar su origen y su vigencia vencida. Estas declaraciones cobran nueva actualidad porque el periódico El Tiempo del sábado 7 de diciembre, registra que a las 200 toneladas de leche decomisadas la semana anterior, se suman otras 120 toneladas decomisadas cuando nuevamente estaban en proceso de reetiquetado para simular que fueron producidas dentro del país y para ocultar que se trata de leche vencida no apta para consumo humano. Estos hechos revelan la corrupción de las multinacionales que juegan con la salud humana con tal de realizar grandes ganancias [13]. Llamar hoy a respetar la complejidad del mundo, significa llamar a terminar con un proceso de destrucción de la complejidad en pos de hacerla compatible con las soluciones simplistas de los terribles simplificadores. Pero los terribles simplificadores hablan otro lenguaje. Ya lo vimos en Hayek, cuando ofrece al mercado como instrumento único que sería complejo en sí. Se niega la complejidad del mundo, no obstante se ofrece esta negación como respeto a la complejidad del mundo. Es el lenguaje de la novela 1984 de Orwell, en el cual la guerra es paz y la tortura es amor al prójimo. Este mismo lenguaje se manifiesta hoy en otro nivel. Se trata del lenguaje acerca del tal llamado terrorismo. Lo que los ejecutivos del sistema llaman terrorismo, es en sí una terrible simplificación. El fenómeno al cual este término se refiere es sumamente diverso, tanto en sus expresiones como en sus causas. La terrible simplificación, sin embargo, lo reduce a algo muy simple. Y lo reduce para responder en términos igualmente simples. Siendo así, no queda más que una sola respuesta: el terrorismo del Estado. Los terribles simplificadores ya no ven más que un enfrentamiento entre el terrorismo de otros y el propio terrorismo del Estado. Según la confrontación, surge entonces el terrorismo total (del Estado) en contra del terrorismo. Solo que lo que se enfrenta como “terrorismo” es un fenómeno sumamente complejo. Exige respuestas en todos los planos de la sociedad. Exige respuestas en el plano económico de la estrategia de la globalización, la cual ya en sí resultó una estrategia terrorista, pero también en los planos sociales e, inclusive, de la cultura. No obstante, los terribles simplificadores reducen todo a un único problema —lo que llaman terrorismo— y a una única respuesta —que es la respuesta del terrorismo del Estado, sea ésta la represión policial, la cual cada vez más vuelve a la tortura sistemática, o las guerras de destrucción de países enteros bajo el pretexto de esta guerra contra el terrorismo. Con todo, vuelven a hablar de la complejidad. Así, cuando amenazan inclusive con la guerra atómica en contra de países indefensos, se presentan en nombre del respeto a la complejidad. Un oficial del gobierno de los EE. UU. presentó recientemente un documento sobre “Estrategia Nacional para Combatir Armas de Destrucción Masiva” (National Strategy to Combat Weapons of Mass Destruction). En nombre de este combate anuncia el uso indiscriminado, en el mundo entero, de armas de destrucción masiva en manos del gobierno estadounidense. Respecto a esta amenaza a todo el mundo, sin embargo, dice: “Por primera vez se ve una estrategia compleja para enfrentar una amenaza compleja” [14]. (14) Es la amenaza del terrible simplificador expresada en nombre del respeto a la complejidad. Se simplifica tanto, que el resultado puede ser la destrucción de todo. La discusión acerca de la complejidad del mundo está perdiendo su sentido, y será muy difícil recuperarla. --------------------------------------------------------------------------------

Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo. Pero en general abundan juegos del modo de jugar que se llama “arcade”, los cuales suelen ser del mismo tipo: uno contra todos, hasta la muerte. [6] Según Mohamed Larbi Bouguerra, “Au service des peuples ou d'un impérialism écologique”, en Le Monde Diplomatique, mayo 1992, pág. 9. [7] “Without elaborating, one U.S. official said: ‘He has been of some help in terms of information’. The key to getting the information is finding al-Nashiri's weak spot, according to Cindy Capps, with the Center for Counterintelligence Studies. ‘Every person has a button that can be pushed’, said Capps, a former FBI interrogator. ‘But you have to find the button’”. (Noticias CNN internet Saturday, November 23, 2002) [8] Orwell, George. 1984. Barcelona, Ediciones Destino, 1979. [9] Sería la rebelión, tal como la ve la empresa Apple: “El mundo está lleno de rebeldes e inconformistas. Son personas que se dedican a diseñar, inventar, inspirar, sorprender. Y para la gente con imaginación, una herramienta adecuada puede marcar la diferencia con el resto. Apple es el líder en herramientas para profesionales de la creación...”. Propaganda comercial de Apple distribuida en 1998 con el título: “Think different”. [10] Así lo ve Girard: “El logos joánico es ciertamente el Logos extraño a la violencia; por tanto es un Logos siempre expulsado, un Logos que no está nunca en las culturas humanas y que no determina nunca nada en ellas de forma directa; estas culturas se basan en el Logos de Heráclito, esto es, en el Logos de la expulsión, en el Logos de la violencia que no sigue siendo fundadora más que en la medida en que se la desconoce. El logos de Juan es el que revela la verdad de la violencia haciéndose expulsar. Se trata en primer lugar de la pasión, como es lógico, pero bajo una forma de generalidad que presenta el desconocimiento del Logos, su expulsión por parte de los hombres, como un dato fundamental de la humanidad”. Girard, René. El misterio de nuestro mundo. Claves para una interpretación antropológica. Diálogos con J. M. Oughouruan y G. Lefort. Salamanca, Ediciones Sígueme, 1982, pág. 307. “El Logos del amor deja hacer; se sigue dejando expulsar por el Logos de la violencia, pero su expulsión es revelada cada vez mejor, develando así que el Logos de la violencia no existe en realidad más que expulsando al verdadero Logos, siendo por así decirlo un parásito del mismo”. Ibid., pág. 310. [11] Hayek, Friedrich von. Entrevista con El Mercurio (Santiago de Chile), 19. IV.1981. [12] En la revista suiza Arbeitgeber, No. 1 (1991). [13] Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo. Sun Dec 15 16:45:09 2002 [14] “It's the first time you're seeing a complex strategy to deal with a complex treta”. CNN, Wednesday, December 11, 2002 Posted: 2:02 AM EST (0702 GMT): “The six-page document, dubbed ‘National Strategy to Combat Weapons of Mass Destruction’, is a joint report from National Security Adviser Condoleezza Rice and Homeland Security Director Tom Ridge”.

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