El poder no nace de los fusiles, aunque tanto Trotzky como Max Weber lo afirmen. Hay un poder de los fusiles, no obstante el poder no nace de allí. Hay algo más fuerte que los fusiles, sin embargo no es un poder de imposición. Cuando el poder pierde su legitimidad, pierde también el poder de los fusiles. El poder pretende legitimidad. La respuesta no es la legitimidad de otro poder, con sus fusiles respectivos. En tal caso, todo sería un problema de hegemonías. Se trata de que todo poder es ilegítimo: ilegítimo, pero vigente. No se puede abolir el poder, aunque sí se puede ilegitimarlo. Y de eso se trata. ¿Por qué todo poder es ilegítimo? Porque no se puede legitimar sino legitimando el asesinato. Poder legítimo: eso es asesinato legítimo. Le pregunté a un niño que ve en la televisión muchas de las películas violentas que nos vienen constantemente de los EE.UU., cómo sabía quiénes son los buenos y quiénes los malos en una película. Pensó un poco y después me contestó: "Los buenos matan más malos que los buenos que matan los malos". Ciertamente, no en todas las películas es así, no obstante ésa es en efecto la regla. Sin embargo no es así solo en las películas, sino también en la realidad. Cuando ocurrió la invasión a Panamá en 1989, los buenos, quienes vinieron de los EE. ULJ. para castigar a Noriega, el malo, mataron mucho más malos que los buenos que Moriega, el malo, había matado. Eso se repitió en la Guerra del Golfo y se repite hoy frente a Afganistán. Los buenos matan a mucha más gente que los malos. Muy raras veces no ocurre eso. Pero, entonces, ¿los buenos no serán los malos? El body-counting no les sale muy bien a los buenos y por eso prefieren no hacerlo. Precisamente los buenos son insaciables en su ansia de matar. No tienen la mala conciencia que muchos malos conservan. Los buenos matan por un objetivo bueno, y cuanto más bueno lo consideran, más matan. Matando a más gente que los malos, comprueban que su objetivo es el más bueno. Pueden torturar más que los malos, pueden despreciar más, pueden robar más que los malos, y todo eso comprueba que son los más buenos. Esa es la legitimidad del poder. Cuanto más le­gítimo se considera, más desconsiderado es. ¿Se puede ejercer poder sin asesinar? No se puede. ¿Se puede asegurar la convivencia humana sin ejercer poder? Tampoco se puede. Siendo así, ¿no se sigue de esto que el poder es bueno y que la posibilidad de la vida tiene como raíz el asesinato? Por tanto, ¿es bueno el asesinato? En tal caso, seguiría la pregunta: ¿cuál poder es bueno, teniendo como consecuencia la legiti­midad y el derecho a asesinar? No se sigue esto. Lo que se sigue es que el ejercicio del poder y, por consiguiente, el asesinato son inevi­tables. No obstante, todo desenlace del poder en el asesinato es una catástrofe humana. Nunca el asesinato de parte del poder es legítimo, sean los fines tan altos como puedan ser. Y si resulta inevitable, solamente atestigua la relatividad del poder. El asesinato siempre es ilegítimo, aun cuando sea inevitable. Esta diferencia, la modernidad no alcanza a verla Ella, sea democrática o no, lleva el totalitarismo en su^ entrañas. Todo lo quiere limpio, y precisamente por eso, lo ensucia todo. Existe un quiebre en todas nuestras relaciones Una de sus expresiones se encuentra en el hecho de que lo ilegítimo puede ser inevitable. La inevitabihdad, sin embargo, no es necesidad. Por eso no hay guerras justas, aunque puede ser que una guerra sea inevitable. Hay crímenes inevita­bles, pero siguen siendo crímenes. Es como con los accidentes. Hay accidentes inevitables, si bien siguen siendo accidentes y, por tanto, fallas. Las guerras declaradas justas son guerras totales. Son aquellas guerras en las cuales ios buenos matan a muchos más malos que los buenos que matan los malos. Las guerras declaradas justas son las peores guerras. La historia nos ha llevado a un punto en el cual se revela que la guerra justa desemboca en el suicidio de aquel que la hace. La bomba atómica es el arma del poder que asegura que el bueno que la emplea, se mata a sí mismo en el acto en el cual la emplea en contra de los malos. El asesinato es suicidio. Sin embargo, cuanto más se globaliza la tierra, más se acortan los plazos en los que el asesinato resulta en el suicidio. Hay que enfrentar el asesinato mismo, y no de­clarar el asesinato nuestro un asesinato justo y el del otro un asesinato injusto. No existe asesinato justo. Y tampoco declarar justa nuestra guerra y la del otro una guerra injusta. Y, ¿si es inevitable? En tal caso, quien considera que un asesinato es inevitable y lo lleva a cabo, tiene que aceptar que él mismo también es culpable de un asesinato. Que la ley le dé la razón o no, es comple­tamente irrelevante. Es culpable, porque llevó la situación a un extremo tal que el asesinato se tornó inevitable. El asesinato, si resulta inevitable, manifiesta que ambas partes tienen que cambiar. Ambas partes son cómplices. Única­mente de esta manera pueden enfrentar la culpabi­lidad. Por más que la guerra resulte inevitable, sigue siendo un crimen.-El hecho de este crimen muestra que no se puede continuar como antes, que hay que cambiar. Existe culpabilidad, y solo el cambio puede enfrentarla. La bala que atraviesa a nuestro enemigo y lo mata, da vuelta a la tierra y nos alcanza en la espalda. Eso de por sí no es nuevo. Si se toma el manda­miento del amor al prójimo de la tradición judeo-cristiana según la traducción de Lévinas, aparece justamente este postulado referente a la realidad. Lévinas traduce: "Ama a tu prójimo, esta obra es como tú mismo'; 'ama a tu prójimo, tú mismo eres él'; "este amor al prójimo es lo que tú mismo eres'. Este "tú mismo eres él" es un juicio empírico que caracteriza la realidad. En cuanto este juicio vale, resulta que el asesinato es suicidio. De este juicio se sigue el mandamiento, en cuanto se renuncia tanto al asesinato como al suicidio. Por eso, el "ama a tu prójimo" es un llamado al realismo, no un juicio de valor a la manera de Max Weber. Si la realidad contiene y es este "tú mismo eres él", entonces amar al prójimo es realismo. Éste es el momento de una nueva espiritualidad. Claro está que aquí lo nuevo no es algo que nunca haya existido. En toda la historia humana aparece la conciencia que el asesinato implica el suicidio. En este sentido, no hay nada nuevo sobre la tierra. Lo nuevo es lo viejo en forma nueva. Está ya en las raíces. Sin embargo, es nuevo. Una espiritualidad que reconozca que el asesinato es suicidio. Que reconozca que nuestra realidad está constituida de una manera tal, que el asesinato es un suicidio. Se trata de una espiritualidad que como tal no es ni religiosa ni no religiosa, ni cristiana o judía o budista. Se la encuentra en todas las religiones, e igualmente en el humanismo ateo. Habla todos estos idiomas y en todos ellos grita: ¡el asesinato es suicidio' Es la realidad objetiva misma la que grita a través de todas las creencias posibles como el realismo que no se entrega a la Realpolitik a la Bismarck o Kissinger, sino que reivindica al ser humano frente a "todas las relaciones en que el hombre sea un ser humillado, sojuzgado, abandonado y despreciable". Como espiritualidad nueva vuelve a partir del descubrimiento empírico que el mundo es redondo. Es verdaderamente redondo desde 1945, cuando la bomba atómica nos hizo conscientes que el asesinato es suicidio: quien dispara primero, muere de segundo. Era la primera vez en la historia humana que, efectiva y empíricamente, la bala que disparamos atraviesa el enemigo y nos alcanza en la espalda. Cada vez más descubrimos balas de este tipo: la crisis del medio ambiente, las amenazas de la biotecnología... Dispa­ramos en contra de los otros, disparamos en contra de la naturaleza, disparamos en contra de las raíces más profundas de la vida. Disparamos, pero sabemos que las balas vuelven... Esto es la globalidad de la tierra, su nueva re­dondez. Se llama: el asesinato es suicidio. La estrategia de acumulación del capital hoy en curso, y que se llama globalización, es la negación total de esta glo­balidad de la tierra. Estos falsos "globalizadores" creen todavía que la tierra es una planicie infinita, en la cual pueden destruir una parte para pasarse después a otra. Han llevado al Occidente a la decadencia que hoy nos amenaza, y nos sentimos espantados frente a las consecuencias que penden sobre nosotros. También los falsos "globalizadores" sienten es­panto, no obstante reaccionan con una agresividad renovada que está desembocando en un nuevo tipo de masacres, las cuales se iniciaron recientemente en Afganistán. En Afganistán no se habló ya siquiera de guerra ni de matar. Se habló de "liquidar", "aniquilar", "eliminar" y "extirpar". Bush habló de fumigar a los talibanes en sus cuevas, como si fueran ratas. No se les dio el nombre de seres humanos. Y los pocos prisioneros que se tomó, no tienen derechos humanos ni son considerados prisioneros de guerra. Sin embargo, en 1945 ocurrió un corte de la historia humana. Ocurrió, pero aún se halla en camino. De igual modo, la conciencia de eso está todavía en ca­mino. Ya no se repite la historia anterior, todo aparece bajo una luz diferente. La historia prosigue y mantiene vigencia, si bien bajo una luz diferente. Esta luz es: el asesinato es suicidio. Una luz antigua, aunque con brillo nuevo. Es la luz de un nuevo realismo, el cual arranca de la conciencia que el asesinato es suicidio. Asumir esta luz, ésa es la nueva espiritualidad. Es una fuerza más fuerte que los fusiles. Es respuesta a la decadencia del sistema, es resistencia, es alternativa, es luz que da sentido a la vida, es socavamiento de la legitimidad del poder de los fusiles.

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