Hugo Amador Herrera Torres[1]

 

El realismo político (la política como arte de lo posible) contiene una racionalidad de vida.[2] La racionalidad de vida no sólo es racionalidad sobre satisfacción de necesidades específicas humanas. En efecto, el ser humano tiene necesidades específicas, pero para satisfacerlas requiere cumplir una condición fundamental: integrarse a los procesos biológicos de la naturaleza para poder vivir. El ser humano no actúa precisamente para satisfacer sus necesidades; más bien, a partir de un proceso histórico va determinando en necesidades específicas esta condición fundamental (Hinkelammert y Mora, 2013: 18-19).

La racionalidad de vida no puede fundarse en necesidades específicas. Se necesita un criterio anterior a éstas para el propio desarrollo de éstas que, según Hinkelammert y Mora (2013: 19), no puede ser otro que la vida. En una racionalidad basada en la satisfacción de necesidades específicas, las necesidades tendrían que tener un carácter a priori, anterior a la vida humana misma, lo cual no tendría sentido.

La racionalidad de vida en el realismo político puede concretarse en un marco que delimite el espacio donde deban realizarse las acciones humanas: marco de acción política. La actividad del ser humano, que es determinada por las instituciones, debe ser tal que permita continuar viviendo a éste para que siga haciendo actividades. Fuera del marco de acción política se halla la imposibilidad empírica. Ahí se hacen actividades que anulan la oportunidad de seguir haciendo actividades, la vida ya no puede sostenerse. La realpolitik representa instituciones -con sus respectivas acciones- que se extienden por el campo de la imposibilidad empírica. El realismo político refuta a estas instituciones. No obstante, reconoce que los seres humanos no pueden vivir sin instituciones. La discusión política -en el realismo político- se enfoca principalmente en re-orientar las instituciones hacia la afirmación de la vida humana. Si la re-orientación institucional implica cambios parciales, deben hacerse. Si la re-orientación institucional implica cambios radicales, deben hacerse.

En el realismo político de Franz Hinkelammert el análisis institucional es preponderante. Carl Schmitt planteó un concepto ubicuo de lo político, cuyo centro se encuentra en la discusión institucional. En ambas propuestas, la posición de las instituciones en la construcción de sociedades es sustancial. El concepto de Schmitt se compone de dos partes. La relación amigo-enemigo corresponde a la primera. Schmitt señala que los amigos y enemigos se forman con base en la aceptación o rechazo al tratamiento institucional dado a los fenómenos sociales. El enemigo es la institución. La relación de enemistad se expresa de manera concreta contra los defensores de la institución. Schmitt no habla de que toda oposición sea política, habla que la oposición política sólo puede ser aquella que logre la polarización amigo-enemigo (Hinkelammert, 1990: 115).

La relación amigo-enemigo se atiende vía combate. Schmitt se refiere específicamente a la “guerra como acción”. El combate constituye la segunda parte de su concepto. Schmitt, en sí, plantea que lo político es la guerra misma. La identificación del enemigo corresponde a la “guerra como postura” y el desarrollo de los combates a la “guerra como acción”.

La relación amigo-enemigo, siguiendo al jurista alemán, no puede estar sujeta a ningún cuadro institucional. Las instituciones surgen después de que el amigo logra imponerse al enemigo o viceversa. El vencedor fija las instituciones que deben seguir tanto el vencido como él mismo. La formalidad institucional es resultado entonces de las dos partes interrelacionadas de lo político. Ni la identificación del enemigo ni el combate tienen que ser regidas por instituciones.

 

El objetivo del artículo es leer este concepto a partir del realismo político de Hinkelammert. Se plantea como hipótesis que el concepto de lo político de Schmitt, al examinarse desde de la propuesta hinkelammertiana, tiene inconsistencias lógicas o formulaciones teóricas que chocan entre sí y lo anulan.[3]

1. La primera parte del concepto de lo político de Schmitt en el realismo político

Democracia formal y relación amigo-amigo

En la democracia formal persiste la relación gobierno-oposición, que propiamente es una relación amigo-amigo. Sólo al interior de las instituciones es posible la relación gobierno-oposición. El enemigo es aquel que se opone a las instituciones cuando éstas niegan su existencia. La relación amigo-enemigo es una relación amigo institución-enemigo institución. El enemigo institucional, según Schmitt, busca re-orientar o cambiar las instituciones de tal manera que le permitan mantener su existencia, para lograrlo requiere domesticar/dominar a la otra parte sin eliminarlo (enemigo real) (Hinkelammert, 1990: 113).

La democracia formal acepta únicamente relaciones gobierno-oposición. Otros tipos de relaciones son ilegales, están fuera del cuadro institucional. La oposición al gobierno queda entonces relativizada por la institucionalidad. La concertación entre amigo-amigo es -a la vez- un acuerdo sobre quiénes son opositores del gobierno y quiénes son enemigos institucionales. La democracia formal no elimina la relación amigo-enemigo, sino la proyecta de una manera específica: el enemigo institucional es enemigo absoluto. Y, los enemigos absolutos deben eliminarse.[4]

La relación amigo-amigo está determinada entonces por la relación amigo-enemigo, pues la primera exigencia para ser opositor es demostrar no ser enemigo institucional.[5] Cuando el opositor acepta las instituciones de forma absoluta, la relación amigo-amigo entra a la esfera de la realpolitik.[6] La relación amigo-amigo forma parte del realismo político cuando es eventual, cuando existe la seguridad de que el opositor se convertirá en enemigo institucional. La relación amigo-amigo -en el realismo político- solamente es posible mientras el acuerdo sobre la vigencia de las instituciones sea temporal. Todas las instituciones, desde las formadas en las sociedades tribales hasta las actuales, se han fetichizado en un momento específico.[7] El ser humano las proyecta como auto-suficientes y les atribuye categorías insuperables (Dussel, 1980: 119). El fetichismo institucional es un fenómeno inherente a la condición humana (Fernández, 2012: 15). Siguiendo a Dussel (1999: 10):

“El ser humano organiza instituciones para la sobrevivencia de la humanidad. Sin embargo, dichas instituciones, cuando se cierran sobre sí autorreferéntemente, pueden convertirse en fin de sí mismas y poner en riesgo a la propia comunidad que las creo. Se trata entonces de una totalización de la institución, de una fetichización, de una autorreferencia que niega la vida humana a favor de la sociedad perfecta. La institución de la sociedad perfecta como tal se convierte en la última instancia”.

La democracia formal -en tanto institución- está fetichizada, evidencia la realpolitik, pues proyecta acciones, derivadas de sus contenidos, hacia la concreción de una sociedad perfecta. Concibe como posible su sociedad perfecta. Las acciones salen así del marco de acción política, se escapan de lo real para entrar a la imposibilidad empírica. La democracia formal al pensar como perfecta y alcanzable su sociedad cae en la anti-utopía. El problema en la realpolitik no está en lo que se hace, sino en lo que se cree que se hace. Hacer algo que, en sí, sea distinto de lo que se está creyendo que se hace, provoca que se haga mal lo que se está haciendo. Lo que se está haciendo jamás será imposible, ya que se está haciendo en el presente, pero lo que se cree que se está haciendo si es imposible (hacer posible la utopía). Esta creencia deforma la capacidad de hacer (Hinkelammert, 2000: 23). Hinkelammert (1990: 226) subraya la inversión espectral de la acción democrática formal:

“Institución que proyecta pura paz, pura tolerancia, puro pluralismo, es un ideal eterno, un valor absoluto más allá de cualquier problema concreto. Aunque todo el mundo se muera de hambre, que lo haga democráticamente”.

En la discusión política se puede olvidar que detrás de la relación amigo-amigo existe la relación amigo-enemigo. El resultado -de tal olvido- hace que la discusión no sea política, sino un discurso demagógico sobre los principios generales del buen comportamiento democrático formal de los amigos, que refleja un acuerdo, sin cuestionamientos sustanciales, de las instituciones. Se trata de la existencia pura y limpia de la relación gobierno-oposición (Hinkelammert, 1990: 114). La democracia formal aparece como la institución que jala todos los conflictos de la sociedad a las demás instituciones y, a la vez, establece las pautas procedimentales a estas instituciones para gestionar los conflictos.

¿Cómo reaccionan los amigos de la democracia formal frente a las críticas que apuntan a deslegitimarla? Prácticamente toda crítica hecha la transforman en afirmación de la misma democracia formal. Aceptan los juicios de hecho subyacentes a su crítica y los convierten en afirmación de sí misma por la simple tesis de que no hay alternativa mejor. Como no hay alternativa, estos juicios de hecho los traducen en deber (Hinkelammert, 1998: 236-237). Pero las afirmaciones que promete la democracia formal llevan a la negación de sus propias afirmaciones. Los amigos de la democracia formal -al pensar que su sociedad perfecta puede alcanzarse- están realizando acciones distintas de lo que creen que están haciendo. Esto provoca que se obtengan resultados inversos: afirmar significa -en realidad- negar.

La democracia formal adquiere sentido, desde el realismo político, cuando se desarrolla como institución dentro del marco de acción política. En el realismo político, la re-orientación institucional es permanente. Identificar y enfrentar al enemigo, después de vigencia limitada de la relación amigo-amigo, es realismo político. La relación ya no sería más amigo-amigo, sino amigo-enemigo. Toda discusión política debe ser atravesada por el conflicto institucional (Hinkelammert, 1990: 113), poniendo en el plano del análisis la relación vida humana-instituciones.

La re-orientación de la democracia formal está en politizarla (formar relación amigo-enemigo) al momento de que salga del marco de acción política. La democracia, a la que Schmitt llama democracia sustantiva, está en la distinción de quiénes sí aceptan las instituciones existentes y quiénes no. Schmitt relaciona directamente la democracia sustantiva con su concepto de lo político. Lo que importa para Schmitt es la posibilidad del trazado de una línea de demarcación con respecto a la institucionalidad vigente. La formación de unidades políticas comprende propiamente a la democracia sustantiva, corresponde a la primera parte de su concepto de lo político.[8]

La democracia formal, representativa de la relación amigo-amigo, no puede ser negada en tanto sea funcional dentro del marco de acción política. Su funcionalidad es temporal por la propensión del ser humano a fetichizarla. La democracia sustantiva, representativa de la relación amigo-enemigo, es la encargada de atravesarla permanentemente para buscar mantenerla en los confines del marco de acción política.

El poder instituyente en el planteamiento político de Schmitt

¿De dónde surgen las instituciones? Schmitt es explícito en la respuesta: del poder instituyente. El poder instituyente es consecuencia directa de la decisión autónoma (soberana) de los grupos sociales para formar unidades políticas que busquen la re-orientación institucional. El poder instituyente envuelve a la unidad política: primero le da origen y luego promueve la definición concreta de su postura y del contenido de su proyecto institucional. Con el poder instituyente no se busca incluir a las unidades políticas excluidas en lo instituido, sino cambiar parcial o totalmente lo instituido.

El poder instituyente revela la configuración de un determinado orden social a través de la inscripción institucional formal adoptada. El poder instituyente es previo a la institución. La permanencia, modificación o desaparición de la institución no alteran este poder. Schmitt saca conclusiones (Bohórquez, 2006: 535) que no chocan con el realismo político en esta parte. El conflicto institucional sigue siendo preponderante en la discusión política:

1.      El acto de instituir no agota ni suprime al poder instituyente. De suceder, la política desaparece.

2.      El Estado contemporáneo presupone al poder instituyente. El poder instituyente, por ende, no puede estar sometido al Estado. 

El poder instituyente tiene su máxima expresión en la relación amigo-enemigo, haciendo vigente la democracia sustantiva y dando entrada al estado de excepción. El estado de excepción representa el periodo donde el cuadro institucional imperante está siendo interpelado y hay contenidos concretos para instalar otro.[9]

Durante el periodo instituido se establece temporalmente la relación amigo-amigo. No obstante, las instituciones responden a reivindicaciones de unidades políticas que no logran ni pueden aglutinar a todos los grupos sociales. La legitimidad institucional nunca será perfecta. Pronto, las instituciones dan prueba de un proceso entrópico. La institución comienza a perder legitimidad, que es tomada por las unidades políticas nacientes, resurgiendo la relación amigo-enemigo.

Para Schmitt existe una tensión fundamental entre las unidades políticas defensoras de la institución dominante (forma de poder instituido) y las unidades políticas enemigas de la institución dominante (forma de poder instituyente). Si el poder instituyente se convierte en instituido, sin oportunidad de retorno o regreso, la sociedad pierde su principio transformador: sale del realismo político para entrar a la realpolitik.

La argumentación de Schmitt hace interpretar que el cambio institucional sólo puede concretarse/materializarse desde el Estado: que la unidad política vencedora en el enfrentamiento asuma el gobierno y -estando ahí- instale formalmente las nuevas instituciones. No obstante, para el cambio institucional no es necesario estar en el gobierno. Ante la fetichización de las instituciones, surgen movimientos sociales que pueden asumir la responsabilidad de combatir la dominación mediante la resistencia y el poder de presión.

Los movimientos sociales de resistencia pueden ser el contrapeso que logre modificaciones institucionales (Gallardo 1992, Duarte 1994).[10] Muchas de las prácticas de resistencia, sin embargo, no llegan a constituirse como tales y operan como manifestaciones opositoras de posturas, sin buscar transformarlas, sin desarrollar propuestas que conduzcan por caminos formales diferentes. Muchas de las prácticas de resistencia adquieren solamente la posición de opositoras. Éstas suelen ser bien recibidas por la unidad política imperante, les hacen pensar que están complicando la situación, pero al corto plazo, las convierten en fuerzas aliadas para su propia reproducción. Hay formaciones de relación amigo-amigo. No es lo mismo resistencia que oposición. La oposición busca apoderarse del gobierno, la resistencia cuestiona, crítica, interviene e interpela a las instituciones cuando pierden su vigencia.[11]

La etapa de resistencia (aun vigente) del Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN) en México evidencia la necesidad del cambio institucional, pone al descubierto que la exclusión social se reproduce con la inclusión institucional. Se hace presente, en esta etapa del EZLN, la decisión autónoma de los grupos sociales para constituir unidades políticas y dar contenido a la nueva propuesta institucional. En la etapa inicial del EZLN parecía que se buscaba el reconocimiento original de los diversos grupos indígenas en las instituciones. La primera Declaración de la Selva Lacandona (EZLN, 2001: 9-10) parecía indicar una guerra (guerra como acción) exclusiva contra el gobierno mexicano:[12]

“Para evitarlo y como nuestra última esperanza, después de haber intentado todo por poner en práctica la legalidad basada en nuestra Carta Magna, recurrimos a ella, nuestra Constitución, para aplicar el Artículo 39 Constitucional que a la letra dice:

“La soberanía nacional reside esencial y originariamente en el pueblo. Todo el poder público dimana del pueblo y se instituye para beneficio de éste. El pueblo tiene, en todo tiempo, el inalienable derecho de alterar o modificar la forma de su gobierno”.

Por tanto, en apego a nuestra Constitución, emitimos la declaración de guerra”.

Pero en la segunda Declaración de la Selva Lacandona (2001: 17), el EZLN manifiesta que la guerra era -y es- contra todo el Estado mexicano (instituciones y gobierno):

“Segundo. Que la Carta Magna que nos rige no es ya más la voluntad popular de los mexicanos.

“Tercero. Que la salida del gobierno usurpador no basta y es necesaria una nueva ley para nuestra patria nueva, la que habrá de nacer de la lucha de todos los mexicanos honestos”.

Los escritos del Subcomandante Marcos, vocero del EZLN, comprueban su lucha contra el Estado mexicano y no sólo contra el gobierno. Su historia del ratoncito y el gatito (1999: 78-80) lo deja claro:

“Había una vez un ratoncito que quería comer un quesito que estaba en la cocinita de una casita. El ratoncito fue decidido a la cocinita para comérselo, pero se le atravesó un gatito. El ratoncito se espantó y corrió.

El ratoncito, recuperado del susto, pensó entonces en poner lechita en un platito para que el gatito se la fuera a tomar. Cuando el gatito se la estuviera tomando, iría a la cocinita a comerse el quesito. El ratoncito fue por la lechita, pero resultó que la lechita estaba en la cocinita. Al ir por ella, se le atravesó otra vez el gatito. El ratoncito se espantó y corrió.

El ratoncito, recuperado del susto, pensó entonces en buscar un pescadito y aventarlo muy lejos para que el gatito fuera a buscarlo. Cuando se lo estuviera comiendo, el ratoncito iría a la cocinita por la lechita, la pondría en un platito para que se la tomara luego el gatito. En ese momento, el ratoncito iría entonces a comerse el quesito. El ratoncito fue por el pescadito, pero resultó que el pescadito estaba también en la cocinita de la casita. Al ir por éste, se le atravesó nuevamente el gatito, el ratoncito se espantó y corrió.

Todo estaba en la cocinita y el ratoncito no podía llegar porque el gatito se lo impedía. El ratoncito dijo ¡Ya basta! Agarró una ametralladora y mató al gatito. Fue a la cocinita y vio que el pescadito, la lechita y el quesito estaban echados a perder, no se podían comer”.[13]

El ratoncito es una unidad política; el gatito es el gobierno; el pescadito, la lechita y el quesito son las instituciones.

La primera parte del concepto de lo político de Schmitt es -por tanto- aceptada parcialmente en el realismo político:

1.      Schmitt identifica con acierto que la institución es el enemigo y enfoca -de forma apropiada- la imagen de enemigo absoluto. El jurista alemán sitúa la relación amigo-enemigo en el centro de su reflexión, determina que lo político depende de esta relación. Deposita -a la vez- análisis especial en la transformación de su relación amigo-enemigo hacia su extremo de amigo-enemigo absoluto y busca medios para convertirla en una relación amigo-enemigo real, porque absolutizar al enemigo esconde lo político. Lo político está en la discusión institucional. La relación amigo-enemigo (amigo-enemigo real), para el realismo político, es un hecho que no puede evitarse ni evadirse por la condición inherente del ser humano de fetichizar las instituciones.

2.      La relación amigo-enemigo se presenta como imprescindible en lo político. Schmitt nombra también a la primera parte de su concepto postura de guerra. La guerra como postura implica identificar de forma constante a los enemigos, aunque haya cesado la guerra como acción (combate) o cualquier otro medio de enfrentamiento. El realismo político acepta la postura de guerra, pues la existencia de enemigos obliga a tenerla. La manera de enfrentar al enemigo no tiene sentido mientras éste no esté bien identificado.

3.      El realismo político acepta la democracia formal mientras ésta esté dentro del marco de acción política, la reconoce como institución promotora de relaciones amigo-amigo limitadas temporalmente. La explicación de Schmitt no desecha las relaciones amigo-amigo y les concede también periodicidad restringida, las fija como relaciones apolíticas. Ambos autores la admiten durante el periodo instituido, aunque con diferentes matices. La democracia formal, tal como es ejercida hoy, no representa -para Hinkelammert- un medio para la discusión política. Debatir la vigencia de la democracia formal usando la democracia formal no tiene sentido. Schmitt coincide en esto. La democracia sustantiva sí entra, según Schmitt, como categoría política: identificar al enemigo.

4.      El cambio institucional, para Schmitt, se materializa cuando la unidad política vencedora se convierte o permanece como Estado. En el realismo político, los movimientos sociales de resistencia pueden operar como unidades políticas de presión que obliguen al Estado (otra unidad política) a realizar transformaciones al cuadro institucional. Se trata del poder político de exigir y presionar (Hinkelammert, 2001: 294) en relación con la re-orientación institucional. Los movimientos sociales de resistencia no buscan convertirse en Estado. Schmitt acusa que lo político y el Estado se han anclado de manera cerrada en los conceptos tradicionales; pero a pesar de esta delación y de poner el énfasis en el conflicto institucional en su planteamiento, le otorga un papel preponderante al Estado: el Estado -la mayoría de las veces- es el enemigo y la concreción del cambio institucional se da con la conformación del Estado.

2. La segunda parte del concepto de lo político de Schmitt en el realismo político

De la guerra como acción a la práctica discursiva

El concepto de lo político de Schmitt, desde el realismo político, debe reformularse completamente en su segunda parte. La reformulación consiste en anular la guerra como acción. La guerra como acción no es otra cosa que los combates bélicos. El problema está en que las unidades políticas actúan en un marco de acción política cerrado. Los combates se desarrollan dentro de este marco. Todas las unidades políticas están abiertas y mantienen relación constante con las otras, son necesariamente interdependientes. El mismo Schmitt señala que la existencia de una unidad política presupone la presencia de otra unidad política. Lo político anota un pluriverso y no un universo.

 

Considerar la interdependencia de las unidades políticas, hace que la guerra como acción deje de ser un medio político y se transforme en una herramienta de autodestrucción colectiva. Destruir al otro -vía combate o por cualquier otro medio- es autodestruirse, porque el marco de acción política se abre, entrando al espacio de la imposibilidad empírica. La guerra como acción está enmarcada en la realpolitik. Hinkelammert y Mora (2005: 382) escriben:

 

“Incluso, una organización mafiosa o una banda de ladrones que intente maximizar los ingresos provenientes de sus actividades de fraude o robo, no pueden ignorar los marcos de variación que determinan la “capacidad de robo”. Si se llega al extremo de robar y matar indiscriminadamente, tarde o temprano no habrá nada más que robar, ni nadie más a quien extorsionar, sino es, entre ellos mismos”.

 

Los amigos y los enemigos deben hacer solamente aquellas acciones que sean compatibles con su propia existencia, a menos que decidan autodestruirse. Por más que exista el enemigo como enemigo real es latente su eliminación en situaciones de combate; siendo latente, es posible.[14] Schmitt -además- crea una nueva imagen de enemigo absoluto. Se trata de aquellos que no aceptan su relación amigo-enemigo real. Sus enemigos absolutos son aquellos que antes creaban imágenes de enemigos absolutos (Hinkelammert, 1990: 120). Schmitt no logró escapar de los peligros que denunciaba:

·         Acusa a los enemigos absolutos de anular lo político, pero su propuesta sobre lo político crea enemigos absolutos.

·         Critica la existencia de una sola unidad política (universo) porque cancela lo político, pero su medio político (la guerra como acción: combates) lleva a un universo, incluso, conduce a la destrucción del universo.

 

Lo anterior no invalida totalmente al concepto de lo político de Schmitt, pero obliga a modificarlo. El marco de acción política hace imposible la confrontación bélica entre unidades políticas. El marco está cerrado por los hechos fundantes, no por inventos especulativos. Lo político es entonces la relación amigo-enemigo de tal manera que pueda evitarse la autodestrucción colectiva. Lo político está en reconocer y enfrentar al conflicto institucional sin salirse empíricamente del marco de acción política.

 

Negar los combates como medio político implica sustituirla por medios que re-orienten las instituciones hacia los diversos puntos que están dentro del marco. La posibilidad de conjuntar las decisiones autónomas de los grupos sociales depende de la práctica discursiva. Los grupos sociales, como entes comunicativos-lingüísticos, de modo recíproco, pueden reclamar su posición en el presente concreto, criticar la validez de las pretensiones de los otros, poner en orden las discrepancias y llegar a consensos. Lo mismo está implícito en la actuación de las unidades políticas para el desarrollo institucional. La enemistad debe disciplinarse a la práctica discursiva. La práctica discursiva como medio político en la relación amigo-enemigo sustituye a los combates, también está presente en la relación temporal amigo-amigo.

La práctica discursiva sólo puede tomarse como medio político en tanto permita el movimiento de las unidades políticas dentro del marco de acción política. Las unidades políticas, en el realismo político, se entienden desde la regeneración de la vida humana. La vida es el criterio de verdad. De manera que entender un acto de habla de una unidad política significa para la unidad política oyente saber qué argumentos hacen válido a ese acto de habla. La superación de la institución fetichizada viene dada por una práctica-discursiva sostenida en el criterio de verdad.

Conversión del enemigo y enemigo testimonial

La expresión “un mundo donde quepan todos los mundos” se diferencia de la expresión “un mundo donde quepan muchos mundos”. Esta última expresión caracteriza a los comunicados del EZLN, incluso, se manifiesta en la cuarta Declaración de la Selva Lacandona (EZLN, 2001: 34). El Subcomandante Marcos (1999: 78-80) refuerza la expresión en su historia del ratoncito y el gatito:

“El ratoncito dijo ¡Ya basta! Agarró una ametralladora y mató al gatito”.

Caben muchos, pero no todos: el gatito no tiene cabida. También en uno de los poemas con que se abre la Declaración de Principios del EZLN, Marcos (2006: s/p) escribe:

“Es necesaria cierta dosis de ternura

para comenzar a andar con tanto en contra,

para despertar con tanta noche encima.

Es necesaria cierta dosis de ternura

para adivinar en esta oscuridad,

un pedacito de luz,

para hacer del deber y la vergüenza una orden.

Es necesaria cierta dosis de ternura

para quitar de en medio a tanto hijo de puta

que anda por ahí.

Pero a veces no basta la cierta dosis de ternura

y es necesario agregar

una cierta dosis de plomo”.

El hijo de puta tampoco tiene cabida. Hinkelammert y Mora (2013: 7) se van inicialmente por la expresión “un mundo donde quepan muchos mundos”:

“Indudablemente, otro mundo es posible, aunque cuando decimos “otro mundo” nos referimos en realidad en muchos otros mundos en este mundo: un mundo que contenga muchos mundos”.

En el realismo político sólo cabe la expresión “un mundo donde quepan todos los mundos” o, en términos de este trabajo “una sociedad donde quepan todas las unidades políticas”. Esta última expresión necesita de dos supuestos para igualarse a la primera expresión: 1) que el conjunto de unidades políticas conglomere a todos los grupos sociales, y 2) que los grupos sociales representen a todos los seres humanos. “Una sociedad donde quepan todas las unidades políticas” sólo puede referirse a una sociedad utópica, es una idea regulativa para la alcanzar la sociedad lo mejor posible. Hinkelammert y Mora (2013: 7) modifican su comentario inicial:

“Otro mundo es posible, es el mundo en el cual quepan todos los mundos”.

Optar exclusivamente por las unidades políticas que vencen a través de la práctica discursiva (o por cualquier otra práctica) es una opción destructiva y además es una opción auto-destructiva. La posición de la unidad política vencedora es significativa para el desarrollo político en tanto decida no negar ni eliminar a las unidades políticas vencidas. Adquiere sentido preponderante -en el realismo político- el enemigo real de Schmitt bajo la práctica discursiva.

“La sociedad donde quepan todas las unidades políticas” no significa que todas quepan, pues precisamente para que quepan todas, hay varias que no tienen cabida. Se hablaría entonces de buscar la conversión del gatito y del hijo de puta al que se refiere Marcos para que tengan cabida. La conversión del gatito y del hijo de puta está en el cambio de postura. Se trata de que adquieran una postura que permita los movimientos políticos dentro del marco de acción política. Si el gatito y el hijo de puta siguen en la realpolitik después de exhaustivas prácticas discursivas, la eliminación sería una alternativa. La eliminación jamás podrá tomarse como acción sistemática y permanente pues atentaría contra el marco de acción política. La expresión “un mundo donde quepan muchos mundos” del EZLN considera la eliminación testimonial.

Podría afirmarse que se está creando una nueva imagen de enemigo absoluto: eliminar a todos aquellos que no aceptan moverse dentro del marco de acción política. La afirmación es falsa. Se formaría, más bien, un enemigo testimonial. La operación de un enemigo -fuera del marco- amenaza la existencia física de todas las demás unidades políticas, incluyendo, la suya propia. El enemigo debe enfrentarse usando la práctica discursiva -como medio político- en busca de convertir su posición. La conversión invalida la imagen de enemigo absoluto, pues no se recurre a la eliminación de forma sistemática.

Tres aspectos deshacen entonces la noción de enemigo absoluto y permiten la entrada del enemigo testimonial en la relación amigo-enemigo en el enfoque del realismo político:

1.      La conversión de postura del enemigo mediante la práctica discursiva.

2.      La anulación de la eliminación sistemática del enemigo.

3.      La opción de eliminar al enemigo en situaciones terminales que pongan en peligro la permanencia de las todas las unidades políticas, opción que sólo es factible agotándose todas las opciones posibles para la conversión.

La conversión del enemigo hace que todas las unidades políticas mantengan su existencia por un periodo. La liberación efectiva de la mujer necesita del cambio de postura del hombre (se convierta), aunque en el cálculo de poder pierda el hombre. Cuando el esclavo se libere, tiene que cambiar el amo, aun cuando éste pierda poder. Cuando el obrero se libere, también el patrón debe cambiar, aunque disminuya su poder en términos cuantitativos calculables (Hinkelammert, 2007: 411). La conversión del hombre, del amo y del patrón implica que mantengan -al menos- su vida.

La segunda parte del concepto de lo político de Schmitt sale del realismo político y entra a la realpolitik. La guerra como acción, desde la recuperación de la política como arte de lo posible (realismo político), no es el medio político que en términos de regeneración de la vida pueda alentar sociedades posibles desde sociedades imposibles. El medio político para disolver la enemistad institucional está tentativamente en la práctica discursiva.

3. Lectura del concepto de humanidad de Schmitt en el realismo político

Otra reformulación del planteamiento de lo político de Schmitt está en su concepto de humanidad. La humanidad, según el jurista alemán, representa un mundo bueno. Él señala que un mundo bueno es un mundo donde sólo domina la paz, la seguridad y la armonía de todos con todos. Resulta entonces que donde hay humanidad, también hay paz eterna. La humanidad como hecho prescindiría de cualquier ejercicio político, no se necesitaría más de la relación amigo-enemigo. Schmitt, ante esto, anula cualquier posición política al concepto de humanidad.

 

La peor confusión de todas, según el jurista alemán, se da cuando conceptos como humanidad o paz se utilizan con la finalidad de impedir el desarrollo político de la sociedad. Schmitt proyecta una destrucción social en tanto se busque superar la relación amigo-enemigo. Tratar de sustituir la relación amigo-enemigo por una permanente relación amigo-amigo resulta la peor amenaza para la convivencia social. Schmitt infiere que el origen de la destrucción precisamente se halla en la búsqueda de una sociedad sin relaciones amigo-enemigo (Hinkelammert, 1990: 116-117).

 

La relación amigo-enemigo transformada en relación humanidad-inhumanidad no deriva en conflicto político, porque el enemigo real desaparece. El enemigo sería una institución inhumana defendida por un monstruo feroz (unidad política). La inhumanidad sería un enemigo absoluto. Schmitt (2009: 83) saca esta conclusión:

 

“La humanidad como tal no puede hacer una guerra, pues carece de enemigo, al menos sobre este planeta. El concepto de humanidad excluye el de enemigo, pues ni siquiera el enemigo no deja de ser hombre, de modo que no hay aquí ninguna distinción específica”.

 

La humanidad -para Schmitt- no es un concepto político porque no representa un enemigo real. Schmitt afirma la imposibilidad de concreción de la humanidad en la realidad, incluso, sostiene que su formulación conceptual es inútil. Le quita cualquier tipo de relevancia teórica y práctica. En el realismo político también la humanidad no es un enemigo, sino una utopía. A partir de las utopías se desprenden las instituciones, las cuales sí pueden ser amigos o enemigos. La humanidad no invalida entonces la primera parte de lo político. El problema de Schmitt está en la posición que otorga a la humanidad. Cae en el mismo problema al ubicar el concepto de paz plena. Schmitt se adentra a la idea de utopía sin conocerla.

 

La formulación del concepto de humanidad no es inútil aunque represente una imposibilidad empírica. La utopía teóricamente modela lo que debiera ser la sociedad. En los trazos de tal modelaje es necesario superar la posibilidad empírica. La humanidad como utopía señala “la sociedad lo mejor concebible”. Esta sociedad es teóricamente posible, pero empíricamente imposible. Schmitt no reconoce la relevancia teórica del concepto de humanidad. Ciertamente no es posible en la realidad; no obstante, su concepto es útil e indispensable.

 

Schmitt, por un lado, manifiesta un materialismo burdo, pensando sólo en sociedades posibles, pero por el otro lado y, sin darse cuenta, proyecta la utopía de la guerra eterna (lo contrario a la utopía de la paz eterna). Plantea su utopía como posible. Al ser las utopías imposibles, Schmitt transforma su utopía en anti-utopía y cae en la realpolitik.

 

Nunca el ser humano alcanzará la infinitud, sigue siendo mortal y, como tal, finito. Lo que no es abre horizontes para lo que es y lo hace comprensible. Pero lo que no es no es la nada, tampoco es la idea absoluta, es la utopía. Tiene muchos nombres que reflejan “sociedades lo mejor concebibles”. Constantemente son bien interpretadas y no se invierten (realismo político), pero también son mal interpretadas y se invierten (realpolitik).

 

A manera de conclusiones

 

La recepción del concepto de lo político de Schmitt en el realismo político de Hinkelammert es limitada (se comprueba -hasta cierto punto- la hipótesis formulada en la introducción). La primera parte del concepto es aceptada parcialmente:

·           Schmitt identifica que la institución es el enemigo y enfoca -de forma apropiada- la imagen de enemigo absoluto. Schmitt sitúa la relación amigo-enemigo en el centro de su análisis, determina que lo político depende de esta relación. Lo político está en la discusión institucional. La relación amigo-enemigo, en el realismo político, es un hecho que no puede evadirse porque el ser humano tiende a fetichizar las instituciones.

·           La transformación institucional, para Schmitt, se concreta sólo cuando la unidad política se hace Estado. En el realismo político, los movimientos sociales de resistencia pueden operar como unidades políticas de presión que obliguen al Estado a realizar modificaciones totales o parciales al cuadro institucional.

 

La segunda parte del concepto de lo político de Schmitt entra a la realpolitik, sale del realismo político. El combate bélico rebasa los límites del marco de acción política. Al considerar la interdependencia de las unidades políticas, los combates se colocan como herramientas de autodestrucción colectiva. Destruir al otro es autodestruirse, porque el marco de acción política se rompe. El medio político para disolver la enemistad institucional está en la práctica discursiva.

 

Schmitt no logró escapar de los peligros que denunciaba, planteó que la formación de enemigos absolutos anulaba lo político, pero su propuesta completa sobre lo político (guerra como postura y guerra como acción) crea enemigos absolutos. El jurista alemán critica la existencia de una sola unidad política (universo), pues se necesitan varias unidades (pluriverso) para mantener lo político, pero su medio (combate) de enfrentar al enemigo (unidad política) conduce a la existencia de una sola unidad política.

 

Schmitt también presenta errores en la ubicación teórica y práctica del concepto de humanidad. Se esfuerza en justificar por qué la humanidad no puede ser considerada como enemigo y le quita cualquier categoría política. La humanidad, en efecto, no puede ser enemigo porque refleja a una sociedad utópica. Schmitt no logra identificarla así. Las instituciones que se construyen para alcanzar la sociedad utópica sí son enemigos. La humanidad tiene -por consiguiente- preponderancia en lo político.

 

Los puntos anteriores no invalidan totalmente al concepto de lo político de Schmitt, pero obligan a modificarlo: reenfocar la relación amigo-enemigo, sin caer en el pacifismo obsoleto de crear una relación amigo-amigo de carácter permanente. Esta última relación no puede superar a la relación amigo-enemigo. Lo político es entonces la relación amigo-enemigo de tal manera que pueda disolverse -en la medida de lo posible- con la práctica discursiva. Lo político está en reconocer y enfrentar el conflicto institucional sin salirse empíricamente del marco de acción política.

 

Bibliografía

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[1] Doctor en Ciencia Política por el Gobierno de la República de Cuba (Universidad de La Habana), profesor e investigador en la Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo, adscrito a la Facultad de Economía.

[2] Nicolás Maquiavelo, Otto von Bismarck, Henry Kissinger, Raymond Aron, Hans Morgenthau manejan también la noción de realismo político, sus versiones -atendiendo la propuesta de Hinkelammert- entran en la realpolitik.

[3] Muchos alemanes se adhirieron al nacional-socialismo, ya sea por oportunismo, por temor o por entusiasmo. La tendencia creciente de esta situación provocó que intelectuales como Martín Heidegger se sumaran, quien escribió a Schmitt para invitarlo a colaborar de manera directa y formal (Bendersky, 1983: 242). La colaboración de Schmitt con el nazismo ha sido atribuida, algunas veces, a la naturaleza de su teoría política, otras veces, a su debilidad de carácter, a su oportunismo político, incluso, a su instinto de supervivencia (Bohórquez, 2006: 527).

   La relación de Schmitt con el nacional-socialismo no es objeto de estudio de este artículo, se analiza en específico la congruencia lógica de su concepto de lo político.

[4] En el desarrollo del proceso electoral del 2006 en México para ocupar la Presidencia de la República, el candidato de las “izquierdas”, Andrés Manuel López Obrador, dijo en uno de sus discursos “al diablo con las instituciones”. Este comentario fue potenciado por Felipe Calderón Hinojosa (candidato del partido de derecha), calificó a López Obrador de antidemocrático. Se hizo una campaña completa de mercadotecnia en relación con el comentario del candidato de las “izquierdas”. La campaña lo presentó como “un peligro para México”. López Obrador perdió las elecciones aun cuando llevaba una ventaja sumamente considerable sobre los demás candidatos. Ganó Calderón Hinojosa.

[5] Siguiendo con el caso López Obrador. En las elecciones del 2012 volvió a ser el candidato de las “izquierdas” para la Presidencia de la República, pero se presentó ahora como defensor de la democracia formal, su discurso fue respetuoso de las instituciones vigentes. Las aceptaba y promovía. Perdió nuevamente en el proceso electoral, venía arrastrando su posición de “un peligro para México”. Ganó el candidato del Partido Revolucionario Institucional (PRI), Enrique Peña Nieto, quien mostró un discurso apegado -en exceso- al formalismo institucional existente.

[6] López Obrador tomó con seriedad el asunto de no enjuiciar bajo ningún motivo a las instituciones, su rebeldía la expresa ya como opositor, no como enemigo. Su crítica a los actos del gobierno es constante, pero sin salirse de la formalidad. En enero del 2014 pidió al Instituto Federal Electoral (IFE) que su dinámica amigo-amigo, denominada Movimiento de Regeneración Nacional (MORENA), fuera registrada como partido político. En el 2006 declaró que el IFE estaba totalmente corrompido, en el 2012 señaló -muy nítidamente- que podía mejorarse su funcionamiento, en el 2014 acepta sin cuestionamientos las reglas electorales.

[7] Todas las sociedades formadas a lo largo de la historia se han regido por instituciones, aunque unas han tenido mayor grado de formalismo que otras.

[8] Una unidad política es un agrupamiento decisivo y soberano de grupos sociales en relación con el tratamiento institucional dado a los hechos sociales. La institución define el grado de decisión de los grupos. Las regulaciones que atentan contra los intereses sustanciales de los grupos originan la decisión de que sean amigos o enemigos (Schmitt, 2009: 69). Si los grupos sociales tienen la fuerza suficiente para tomar por sí mismos la decisión de cambiar la institucionalidad de un fenómeno social determinante para ellos, sin condiciones de terceros, hace que los agrupamientos que se formen sean soberanos. De grupos sociales pasan a ser una unidad política enemiga de otra unidad política. Si los grupos sociales no tienen la decisión ni la soberanía suficiente para constituirse como unidad política, los grupos sociales quedan como amigos de la unidad política imperante (Schmitt, 2009: 81). Se crean relaciones amigo-amigo.

[9] El caso del municipio de Cherán en Michoacán, México, evidencia la relación amigo-enemigo. En abril del 2011, varias de sus comunidades se rebelaron contra la delincuencia organizada y contra el Estado. Denunciaron complicidad entre delincuentes y gobernantes. Todo el territorio municipal fue tomado por algunas comunidades, desconociendo cualquier institucionalidad. La gente instaló nuevas instituciones para regular sus actividades colectivas.

[10] La resistencia no es “aguantar”, es praxis, implica propuestas alternativas y acción.

[11] En más de veinte municipios de Michoacán, México, se formaron relaciones amigo-enemigo con los Consejos Ciudadanos de Autodefensas, cuyas funciones no se reducían a la seguridad del municipio, entraban ampliamente en la regulación de gran parte de la actividad económica y social. Estos consejos obligaron al gobierno a realizar cambios institucionales.

[12] Las Declaraciones de la Selva Lacandona están conformadas por seis declaraciones.

[13] Extractos de la historia.

[14] El combate tampoco reconoce derechos humanos, todo puede pasar y no hay donde reclamar por lo que pase. El combate ocurre fuera del ámbito institucional en el planteamiento de Schmitt.

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