V Seminario 

Internacional del Grupo Pensamiento Crítico

Del 1 al 3 de marzo de 2017

Universidad Nacional de Heredia, Costa Rica

“Los derechos humanos frente a la religión neoliberal del mercado”

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FUNDAMENTALISMO, DERECHOS HUMANOS Y LA DIFÍCIL CONSTRUCCIÓN DE LA PAZ EN COLOMBIA

Carlos E. Angarita S.*

El acuerdo de paz firmado recientemente en Colombia entre el gobierno nacional y la insurgencia de las FARC se erige como un referente emblemático mundial. De hecho, contó con el respaldo irrestricto de Naciones Unidas, de la Unión Europea y de la administración norteamericana de Barack Obama, además de múltiples gobiernos de diferentes latitudes. En cuanto tal, en la actualidad es defendido por sus gestores como un modelo de resolución de conflictos armados que podría replicarse para escenarios donde persistan las confrontaciones bélicas. 

Sin negar la importancia de este proceso, cuyos alcances reales habrán de esperarse a medida que se pongan en marcha los acuerdos, no se puede hacer caso omiso del bache que debieron saltar las contrapartes cuando sometieron a plebiscito sus compromisos el 2 de octubre de 2016. Mediante dicho mecanismo los sufragantes debían responder, SÍ o NO, a la pregunta: «¿Apoya el acuerdo final para la terminación del conflicto y construcción de una paz estable y duradera?». En disputa reñida se impuso el NO por mínima diferencia, en contra de las encuestas que daban como seguro ganador al SÍ

. Más allá de las explicaciones políticas que se han efectuado en torno al comportamiento electoral, es imperativo indagar el significado profundo de este hecho pues -así lo sospechamos- podemos estar ante una tendencia que tiene el poder de reconfigurar las dinámicas de la realidad.

A propósito de lo dicho, queremos defender una tesis general: en el plebiscito triunfaron no solamente la ultraderecha o sectores conservadores de la sociedad colombiana; en el plebiscito se expresa una fuerza que desde años atrás viene creciendo en el país, en América Latina y el Caribe y en todo el mundo: el fundamentalismo

. Esta fuerza, impulsada ciertamente por élites ultraderechistas, no obstante también la conforman diversos sectores sociales que se suman y se comportan como una verdadera masa social. Si es así, podemos parafrasear a Marx y a Engels, aunque invirtiendo el sentido de su ironía: un fantasma recorre el mundo (y no solo Europa): el fantasma del fundamentalismo (y ya no del comunismo, en cuanto fuerza social e histórica). Es un fantasma y, por ello, no se le ve, de modo que de manera inocente su poder se tiende a subestimar. Aparece repentinamente dando golpes de gracia, pero no se le reconoce como es, como fantasmagoría, al decir de Walter Benjamin. Se percibe apenas como un fenómeno exótico, salido de situaciones comunes y con capacidad de desconcierto. Sin embargo, a los fantasmas hay que llamarlos por su nombre, en este caso, el fantasma del fundamentalismo.

La base religiosa fundamentalista de la confrontación política en Colombia

Más allá de las nociones que nos ofrecen las teorías políticas, es preciso indicar, en principio, que un plebiscito es un mecanismo por medio del cual se pretende movilizar artificiosamente a las masas. Bajo la idea peregrina de que cada individuo va a decidir respecto a la cuestión formulada, por el contrario ocurre la disolución de la conciencia en una corriente etérea, la de la muchedumbre, que no se mueve por sí misma, sino que es empujada o arrastrada desde iniciativas externas, de suyo minoritarias. Para lograrlo, estas élites apelan mejor a las emociones y a la exacerbación de los deseos, incluso de los instintos, si es necesario. Una vez imbuidas en un estado de exaltación, las masas, fantasmagóricamente, creen estar discutiendo ideas y argumentos. Sin presumir que las campañas a favor del SÍ fueron límpidas y pudorosas, sí podemos afirmar que su falla principal estuvo en que, dentro de una pretendida pedagogía de la paz, insistieron más en la explicación racional de los ejes centrales contenidos en las 297 páginas de los Acuerdos. De modo distinto, los instigadores del NO evitaron plantear cualquier discusión política. Su gerente de campaña, después del triunfo, tuvo un desliz en el que confesó públicamente su estrategia: 

Estábamos buscando que la gente saliera a votar verraca… (sic) Descubrimos el poder viral de las redes sociales. Por ejemplo, en una visita a Apartadó, Antioquia, un concejal me pasó una imagen de Santos y ‘Timochenko’ con un mensaje de por qué se le iba a dar dinero a los guerrilleros si el país estaba en la olla. Yo la publiqué en mi Facebook y al sábado (siguiente) tenía 130.000 compartidos con  un alcance de seis millones de personas… Unos estrategas de Panamá y Brasil nos dijeron que la estrategia  era dejar de explicar los acuerdos para centrar el mensaje en la indignación”.

Enseguida, ante la pregunta de “¿Por qué tergiversaron mensajes para hacer campaña?”, sin recato alguno el mismo personaje respondió: “Fue lo mismo que hicieron los del SÍ”. Es decir: aunque el gerente le imputaba esa actitud a sus contrincantes, aceptaba que su campaña también adoptó un procedimiento engañoso, lo cual no tendría nada de ilícito ni de antiético. 

El embuste político, no obstante, adquirió el estatus de verdad religiosa, es decir, de verdad irrefutable. De esto se encargaron principalmente los propios pastores pentecostales que desde hace 15 años vienen haciendo política de manera cercana al proyecto ultraderechista de Uribe Vélez. No es, pues, una casualidad sino una decisión para la cual han aportado su propia perspectiva religiosa. Sólo que ahora sí la han hecho más explícita y visible a través de la alianza evangélica denominada “Pacto cristiano por la paz”

. Sus proclamas apocalípticas parecen no dejar dudas: “La profecía se está cumpliendo… aquí estamos para librar una guerra espiritual”, aseveró César Castellanos de la Misión Carismática Internacional. “…Por cosas como estas es que estoy convencida de que los pastores deben participar en política. Yo lo he hecho. Hay que cristianizar la política…”, lo secundó la pastora Claudia Castellanos.  “Parecía imposible que el NO le ganara al SÍ, así como parecía imposible que David derrotara a Goliat (…) Pero Dios siempre es vencedor”, celebró el pastor Jhon Milton Rodríguez, de la iglesia cristiana Misión Paz a las Naciones. “Dios les está hablando a estos líderes que nos van a representar, les da el poder (…) Todos sabemos que el acuerdo de La Habana estuvo pactado con brujería, santería. Fuera el comunismo, fuera el enemigo, decretamos juicio del Dios santísimo contra los hijos del comunismo, las FARC, el ELN, Juco, Partido Comunista Colombiano, Polo Democrático y quienes pervirtieron el diseño de justicia del rey”, sentenció Miguel Arrázola, conocido pastor de la iglesia Ríos de Vida de Cartagena. Todo esto, a su vez, sigue fecundando la proliferación del pentecostalismo y del neopentecostalismo y lo posiciona privilegiadamente en la arena política, como especie de reedición de nuevo estilo del antiguo régimen de cristiandad que históricamente protagonizó la Iglesia Católica.

De tal manera que no es una mera confrontación política. Va más allá. Es una lucha contra un enemigo que, según ellos, encarna el Mal. Los que se erigen dignatarios del Bien y de Dios pretenden identificar y desenmascarar a aquel, y por ello lo denuncian como Satán. En su perspectiva asistimos a la confrontación entre Dios y el Diablo, ni más ni menos. Por eso el combate puede alcanzar el carácter de cruzada masiva, de guerra abierta, si es preciso: “soltaremos las biblias y tomaremos las armas”, se escuchó entre los extremistas, esta vez católicos, que defendieron el NO.

Pero lo grave es que esas diatribas no pueden ser tomadas como las simples locuras pasajeras de fanáticos de fe. Quienes amenazan con tomar las armas, a nombre de Cristo, ya lo han hecho en la propia guerra de Colombia. De hecho, en la campaña del plebiscito distribuyeron panfletos contra el SÍ en el Magdalena Medio –un territorio estratégico de largo conflicto social y armado, con fuerte presencia aún del paramilitarismo- y en las principales capitales de Colombia como Bogotá, Medellín y Cali. Se llaman Sociedad Colombiana Tradición y Acción en Defensa de la Civilización Cristiana y se han sumado a iniciativas como la quema de libros heréticos, incluido Cien Años de Soledad, que organizó en los años 70 Alejandro Ordoñez, el anterior Procurador General de la Nación. Esta organización se articula a Tradición Familia y Propiedad, cuyo origen en Brasil se remonta a la década del 60 y sobre la cual hay indicios de sus vínculos con la creación, en 1983, de grupos paramilitares en el municipio de Puerto Boyacá, “capital antisubversiva de Colombia”, como se le ha conocido en el país.

En la guerra que se proponen adelantar, las aludidas corrientes fundamentalistas vienen aplicándose a la tarea de construir la figura del diablo. Es su aporte más nítido en su lucha ideológica. Satán debe ser visto como el monstruo que es, sin dar cabida a duda alguna. En el proceso plebiscitario su rostro incluyó dos características, que supuestamente se habían incorporado en los Acuerdos de La Habana.

De un lado, el rostro gay que pretende incorporar “la ideología de género” a la constitución nacional, porque  “pisotea los principios bíblicos y ataca a la familia”, según el pastor y político Marco Fidel Suárez.

La otra faceta del rostro es el “castrochavismo”, con su proyecto expansionista del marxismo-leninismo latinoamericano: “…tenemos que curarnos la costumbre de dormir para no tener la peste de los 56 años del Castrismo, o los 16 del Chavismo, que se han sentido más extensos que los Cien Años de Soledad”, sentenció el expresidente Uribe Vélez. La tal doble cara obscena y profana, según todos estos líderes, la encarna públicamente Juan Manuel Santos, “el Anticristo en Colombia”, quien decidió hacer alianza con las FARC, de modo   que “…el destino de Colombia no puede quedar en manos de Satanás”, como afirmó Eduardo Cañas Estrada, pastor de la Iglesia Manantial.

Ocurre, así, un replanteamiento coyuntural de quién debe ser declarado chivo expiatorio, al decir de René Girard.

En efecto, durante su período presidencial entre 2002 y 2010, Uribe Vélez había logrado construir una opinión mayoritaria en contra de las FARC. La guerrilla había sido escogida como la necesaria víctima propiciatoria que debía morir en la guerra. Como resultado del proceso de diálogo, si bien este imaginario no desapareció, por lo menos perdió fuerza. Quedaba la pregunta de hacia quién se desplazaría la selección de la nueva víctima. El fundamentalismo empieza a torcer la balanza a su favor, así no sea todavía de forma definitiva: el enemigo de la sociedad lo encarna la guerrilla “narcoterrorista” y todo el que se le acerque. Con esto pretendería tenderle un cerco a las FARC a fin de impedirle que haga parte de la sociedad colombiana. Por ahora la confrontación al mal se mantiene en el ámbito político, pero la reactivación de grupos paramilitares anuncia la posibilidad de que también se combinen otras formas de lucha. 

El plebiscito, además, dio lugar a la creación de un escenario apocalíptico. Su convocatoria y puesta en marcha, aunque estaban previstas de alguna forma como una posibilidad a darse dentro del proceso de diálogos de paz, sin embargo tomó por sorpresa a una sociedad que finalmente se había adaptado a la inercia de esa dinámica y con respecto a la cual se sentía ajena. Entonces el fundamentalismo aprovechó esas circunstancias y advirtió el inminente ensañamiento del caos y la catástrofe que, sin embargo, podrían evitarse si el pueblo atendía la voluntad de Dios. Dios aún no quiere el fin de los tiempos, parecía sugerir la profecía fundamentalista. De ahí que aún era posible evitar ese final, votando NO.

Estos rasgos mencionados son los que conforman el carácter religioso del proyecto político. Con dicha impronta, el fenómeno sobrepasa la dimensión estrictamente ideológica. Lo propio de lo religioso es que, una vez instalado, logra comprometer existencialmente a sus seguidores, a nombre de fundamentos metafísicos sacralizados que se le imponen a la voluntad humana. Como bien lo señala Franz Hinkelammert, estamos ante un proyecto existencial en el cual solo es posible participar mediante la conversión religiosa: 

Se trata de una religión, que no es reducible a una ideología... Pero se trata de la adquisición de una postura existencial, con su correspondiente visión de la realidad, que es una religión. Como tal religión se trata de una especie de inconsciente marco categorial de la percepción del mundo. Y estas posturas existenciales cambian normalmente sólo por procesos de “conversión”, que tienen el carácter de una conversión religiosa.

El mismo Hinkelammert comenta que esta conversión está asociada a la piedad, la mejor manera de llamar a la codicia con la que son dinamizadas las relaciones sociales que se configuran en el ámbito del mercado. La importancia de entenderla como piedad estriba en que así podemos comprender que estamos en la lógica de un sistema religioso. Lo que sucede es que este sistema invierte el sentido tradicional de la piedad, asociado a la compasión, la conmiseración y la misericordia por las personas concretas. Aquí, en cambio, estos sentidos se vuelven abstractos y se postulan a manera de principios generales para preservar otros propósitos que normalmente no se explicitan. Así, en el caso del plebiscito en Colombia, los defensores del NO fueron apareciendo como apóstoles de la piedad que, pese a su actitud y lenguaje violentos, pretendían ser vistos como defensores de verdades divinas que reclaman su entrega y sacrificio, antes que ser reconocidos como lo que son: como guerreristas. Por tanto, se muestran piadosos, humildes, incluso podrían dedicarse a otras tareas, pero se sienten llamados desde el más allá a responder por la causa de Dios; y apelan a las sensibilidades de las muchedumbres para que se sumen a esta noble causa. Podríamos decir que se trata de una piedad parangonable al instinto asesino que profesan los promotores  del mercado.

Sacralización de la familia, satanización de la sociedad alternativa e idolatría del mercado en Colombia

Hemos destacado que el fundamentalismo denuncia que la “ideología de género” atenta contra la institución de la familia, conformada por un hombre, una mujer y sus hijos; y que el fundamentalismo también denuncia al “castrochavismo” porque quiere hacer de Colombia y de toda América Latina otra Venezuela. Aunque, como ya lo dijimos, no eran contenidos del texto acordado, es indispensable examinar por qué los representantes del NO en el plebiscito recurrieron a estas falacias y por qué produjeron el efecto persuasivo que alcanzaron. Hacerlo nos permite comprender la lógica de este fundamentalismo en ascenso.

Aparentemente se trata de dos banderas distintas, sin conexión alguna. Sin embargo, poseen un elemento común: la relativización o el modelo institucional de familia vigente y la expansión de un proyecto social alternativo serían obstáculos para la expansión del mercado. El primero porque debilitaría su reproducción desde el ámbito microsocial, mientras que el segundo lo ataca estructuralmente. En consecuencia, ambos son indispensables para dicho propósito. Lo llamativo es que para su defensa acérrima se recurra a un discurso religioso: sacralizando la familia y satanizando la sociedad alternativa, se produce el efecto de idolatrizar el mercado.

Así, respecto a la familia tradicional hay que decir que es el lugar concreto donde se han reproducido el mercado e indirectamente el capital. En la familia hay por lo menos un miembro vinculado a la producción de bienes y servicios. Esto es lo que garantiza que el resto de sus integrantes se articule a la circulación de las mercancías y participe del consumo masivo, no solo porque satisface necesidades vitales sino porque también en esas relaciones de familia estimulan mutuamente la exacerbación de los deseos, base de las relaciones de mercado. 

Todo lo anterior, además, se preserva mediante compromisos contractuales a los que está atada la institución familiar, a nombre del derecho natural y divino. Por eso, a juicio de Uribe Vélez, el gobierno de Santos confunde “… la tolerancia y el respeto con el adoctrinamiento de la supuesta libertad sexual del niño, negando que la decisión sexual depende de la naturaleza y que la familia, su ejemplo y sus valores, son imprescindibles”. Y por eso el expresidente rechaza “… el ilegítimo Plebiscito que acepta que la política de género, de defensa de la mujer y de las minorías, se negocie con la FARC (sic) que se ha distinguido por la violación a la mujer y la destrucción de la familia”.  En tal sentido, la institución familiar se erige como un lugar privilegiado de reproducción religiosa del mercado, en tanto que allí se moldea y se educa a sus integrantes en la piedad necesaria que lo sostiene, aquella del sacrificio y de la espiritualidad de la competencia.

De otro lado, la imaginación de una sociedad alternativa, como suficientemente lo ha estudiado Franz Hinkelammert, contradice el proyecto neoliberal que se presenta en tanto único modelo de sociedad posible. Los llamados “gobiernos progresistas”, que tuvieron algún grado de desarrollo y de éxito en la última década y media en América Latina, han sido la representación manifiesta de ese otro mundo posible. Y en los últimos años han sido blanco, no sólo de ataques discursivos, sino de estrategias políticas para su derrumbamiento, tanto del imperio como de grandes corporaciones. El principal de todos ha sido el proyecto bolivariano de Venezuela con el cual se desplegó esta ola alternativa del socialismo del siglo XXI.

Por eso los líderes del NO en el plebiscito en Colombia centraron sus ataques sobre Venezuela, asociándola con Cuba y alertando que ese eje del mal extendía sus tentáculos a través de las FARC. “¿Por qué mientras no hay claras garantías para la población civil, se eleva a la FARC (sic) a la categoría de socio del Estado, o grupo paramilitar para combatir paramilitares?”, preguntaba cínicamente el expresidente Uribe, al tiempo que aclaraba:

Todo terrorismo exhibe fachada ideológica. Y el Gobierno le allana el camino. En efecto, nuestras libertades de iniciativa privada han sido puestas en negociación en el preámbulo de los acuerdos, en la carta presidencial de disposición de analizar el chavismo, bastante celebrada por la FARC (sic), en las referencias a la minería, al comercio, a la agricultura. La ley de tierras, cuota inicial a la FARC (sic), ha desatado una lucha a "machete" y muchos  propietarios se niegan a devolver lo adquirido de buena fe… Las zonas de reserva campesina condenan al campesino a ser siempre pobre, a carecer de socios que promuevan agroindustrias. Han sido paraísos de narcotráfico y feudos de fusiles terroristas.

De esa forma, el fundamentalismo logró producir un efecto más perverso en su programa de diabolización. El comunismo no ha muerto, aún respira, es su consigna. De nada valió que el presidente Santos insistiera desde el comienzo de las negociaciones con las FARC que el modelo económico no estaba en discusión y que efectivamente así lo haya cumplido.

El punto real de preocupación pareciera ser que, con la llegada de las FARC al sistema político, el mercado no se podría autorregular por el papel que este grupo pudiera jugar, no tanto por su capacidad de resistencia, sino por su posible alianza con las élites tradicionales que representa el presidente Santos. Entonces se esgrime el falso argumento de que el mercado no tendría desarrollo autónomo, aludiendo que la política agraria negociada obstruye los planes de inversión en las áreas rurales, donde el gran capital se viene aplicando principalmente en la minería y la industria de hidrocarburos. Lo cierto es que lo acordado no representa ni siquiera una reforma agraria liberal burguesa sino, en el mejor de los casos, la participación focalizada en los mercados locales de la producción primaria campesina influenciada por las FARC.

Como hay una tergiversación deliberada en la interpretación de los hechos, se debe recurrir al discurso religioso:

Votar NO al ilegítimo Plebiscito es iluminar el camino del progreso social de la Nación a través de la seguridad, el empuje del emprendimiento privado incluyente e innovativo, todo acompañado de educación universal, de calidad, y de la transparencia en la actividad pública y privada. Es iluminar el camino de la solidaridad que es la pareja inseparable del crecimiento económico.  

Correlaciones entre el fundamentalismo económico y el fundamentalismo político en Colombia

La base fetichista de las ideas las ha sintetizado de manera excelente Franz Hinkelammert. De sus análisis conceptuales nos nutrimos para examinar el contexto colombiano del que venimos hablando.

En primer lugar, quienes están bien posicionados en el mercado global, expresan un gran miedo ante los posibles escollos que encuentren sus actividades abiertas. Lo presentan como si se tratara de su inminente disolución porque habría quienes, en calidad de terroristas o de aliados con el terrorismo, lo atacan. Entonces, el tono excedido que usan surte el impacto de transmitir dicho miedo para que, quienes no temen el derrumbamiento del mercado (porque ni siquieran participan en él), empiecen a sentirlo. Se trata del miedo que produce el Leviatán de Hobbes, ese dios mortal que ideó el filósofo inglés a manera de estado, encargado de proteger el bienestar común y su núcleo vital, el dinero, contra los cuales nadie debía oponerse, so pena de padecer su ira:

Este Leviatán de Hobbes es el dios mortal por debajo del Dios eterno: el Dios mortal es el dios de la religión del mercado; el dinero es, según Hobbes, su sangre. Este dios mortal es una especie de Corpus Christi. El dinero es el principio de vida del dios mortal, y es el dios del mercado.  Pero el mercado es el centro de lo que Hobbes llama el Commonwealth. Se trata del sistema económico-social.

Según Hinkelammert, luego  apareció la idea de que este nuevo dios decide en la tierra sobre la vida y la muerte de la especie humana. Es el argumento de Adam Smith:

Así es, como la escasez de hombres, al modo de las mercaderías, regula necesariamente la producción de la especie humana: la aviva cuando va lenta y la contiene cuando se aviva demasiado. Esta misma demanda de hombres... es la que regula y determina el estado de propagación.... en todos los países del mundo...

Por tanto, la vida y la muerte de los seres humanos queda sometida a la lógica y a las relaciones de la oferta y la demanda. Los fundamentalistas del NO, que se han inscrito en la producción directa de la muerte en Colombia, a través de la guerra, en la medida en que ahora sienten que han perdido un poco de terreno, quieren defender un viejo principio que en manera alguna no están dispuestos a dejar perder: el mercado debe funcionar como un absoluto, de forma tal que no pierda la potestad de autorregularse y de decidir acerca de quiénes deben vivir y quiénes morir. En otras palabras, el mercado como religión debe seguir imperando. Con ello, se respeta este ídolo al tiempo que se hace caso omiso de los millones de vidas producidas en la guerra.

Respecto a esto último (las vidas eliminadas por la guerra), el fundamentalismo del que venimos hablando parece resignarse de momento a que la eliminación de las vidas se siga efectuando al ritmo y por la vía del mercado, como lo postula Friederich Hayeck:

Una sociedad libre requiere de ciertas morales que en última instancia se reducen a la mantención de vidas: no a la mantención de todas las vidas porque podría ser necesario sacrificar vidas individuales para preservar un número mayor de otras vidas. Por lo tanto las únicas reglas morales son las que llevan al 'cálculo de vidas': la propiedad y el contrato.

Las mencionadas normas morales se erigen, pues,  en criterios absolutos para determinar quiénes viven y quiénes no. Sólo que ahora las muertes se edulcoran mediante prácticas de sacrificios humanos. En cuanto tales, se producen bajo ciertos criterios que bien ha identificado René Girard. Los sacrificios no son vistos como exterminios indiscriminados, sino que exigen la escogencia de víctimas cuyo proceso cuenta con el beneplácito de una mayoría social. Esa mayoría, configurada artificiosamente, acepta que las muertes son necesarias o inevitables. Las ideas de que los pobres son perezosos e inútiles o son escoria desechable, se constituyen en justificaciones culturales que han servido para legitimar su situación de mínima sobrevivencia y su muerte. De ahí se deduce que si se les quita de en medio de la realidad se salvaguarda la vida de otros que, en abstracto, siempre son mayoría, pues incluyen el número infinito de quienes no han nacido, las futuras generaciones incontables. 

Con razón, concluye Hinkelammert  que, desde esa racionalidad, en estricto sentido “son sacrificios humanos que promueven la fertilidad”. Es decir, la víctimas propiciatorias que van al altar son el resultado de una elección que no realiza ningún ser humano, sino precisamente el sistema de mercado, en su calidad de dios mortal y bajo el criterio naturalista de selección de las especies. De este modo se pueden borrar los indicios que conduzcan a sospechar de asesinatos, admitiendo apenas la posibilidad del “dejar morir”, del cual nadie se hace responsable, como acertadamente también lo ha precisado Hinkelammert.

Pero los fundamentalistas del plebiscito colombiano escasamente se han resignado a aceptar estas nuevas circunstancias. Su discurso recalcitrante, de ese modo, despeja la alternativa para que, a partir de las dificultades que predicen tendrá la expansión del mercado en Colombia, deba aceptarse la tesis de Milton Friedman, sacerdote del noeliberalismo. En efecto, aunque el economista norteamericano cree que el mercado y sus leyes impiden a los individuos usar la fuerza física sobre los demás, duda que en determinados momentos eviten la aparición de diferencias fundamentales que “sólo pueden decidirse, aunque no resolverse, mediante un conflicto. Las guerras religiosas y civiles de la historia son sangriento testimonio de esta afirmación”. En el contexto colombiano, esta factibilidad de reabrir la guerra la hacen no sólo los fanáticos que convocan a “soltar las biblias y tomar las armas” sino los propios grupos paramilitares que retoman las zonas dejadas por la guerrilla de las FARC y las acciones que están estimulando los asesinatos de cientos de líderes sociales populares.

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