William R. Hughes O. (*)

Profesor de la Facultad de Economía de la Universidad de Panamá

Noviembre 30, 2019

El  dominio del paradigma teórico neoclásico neoliberal

Cuando la forma de funcionamiento social entra en crisis, ella también se expresa en la visión interpretativa dominante sobre dicho funcionamiento social.  En cada momento de las grandes crisis del capitalismo, los paradigmas dominantes de la teoría económica han entrado en crisis, y su superación ha implicado (e implica), la redefinición del paradigma teórico-económico que sostiene el esquema de acumulación entonces vigente.  La crisis de los años treinta[1]  marcó la redefinición de la teoría neoclásica marshalliana en boga, por la teoría keynesiana.  Se trata de reajustes que la clase dominante se ve obligada a hacer como resultado del deterioro del propio proceso de acumulación.  El paradigma de la teoría económica, la teoría económica hegemónica, que expresa, a su vez, sectores hegemónicos de la clase dominante, no cede su hegemonía sin luchar, por lo que la transición de un paradigma teórico a otro constituye un proceso de reajustes de las correlaciones de fuerza dentro la clase dominante, en cuyo seno se lucha por la hegemonía.  Sectores hegemónicos hasta entonces, que se han beneficiado de la forma concreta de acumulación de capital, basados en un paradigma teórico del funcionamiento del capital, pueden asumir conciencia de la necesidad de redefinir el paradigma teórico para garantizar la acumulación a largo plazo, la existencia del sistema social, mientras que otros no, y aquellos que han funcionado sin que sean hegemónicos, podrían promover un cambio de paradigma teórico, esperando sacar mejor provecho de lo que surja.  Las crisis son momentos de redefiniciones y rupturas; de alianzas dentro de la clase dominante, de visiones teóricas de cómo funciona el sistema social (y dentro de ello la economía, como parte de aquél), de los estilos de cómo enfrentar la (s) clase (s) dominada (s), así como redefiniciones y rupturas en las perspectivas de lucha, tácticas y estratégicas, dentro de la clase dominada.

En la segunda parte del siglo XX, de los años sesenta, los síntomas de la crisis fueron cada vez más frecuentes.  La denominada “época dorada” (the Golden Age), fundamentada en el keynesianismo, había llegado a su fin.[2] También aquí, la crisis expresó el decaimiento de la visión teórica paradigmática vigente, el keynesianismo, pero como ocurre en todo proceso contradictorio y dialéctico, también mostró signos de potenciales recambios del paradigma teórico.  En este caso se trataba del decaimiento de la perspectiva keynesiana (y todas sus variantes), del estado benefactor. Para entonces fue muy comentado el libro publicado de Piero Sraffa (1960), Producción de Mercancías por medio de Mercancías.  Se trató de una fuerte crítica a los pilares fundamentales de la teoría económica neoclásica, y al mismo tiempo se presentó como alternativa a la teoría valor-trabajo de Marx, recurriendo a la denominada “mercancía patrón. 

La crisis económica mundial de finales de los años sesenta y continuada en los setentas (con sus alzas y bajas), produjo impactos importantes en el estudio de la teoría económica.  La relectura de los clásicos y la recuperación de la importancia de la teoría del valor, la reproducción, el excedente y la tasa de ganancia, para la comprensión de la dinámica capitalista, se revitalizó, ponderando la crítica de la economía política en la perspectiva de Marx, y en otros casos disminuyéndola.[3] En el proceso, el marxismo sufrió bajas, quienes optaron por refugiarse en Piero Sraffa y otros en Michel Kalecki, como alternativas al enfoque teórico-metodológico de Carlos Marx.  Sraffa (1960) había dado un duro golpe (en el plano teórico) a la teoría neoclásica y a Kalecki, algunos consideraron que desarrollaba la teoría de Marx, adecuándola “al momento histórico”, permitiendo el análisis de corto plazo, dado que Marx se preocupó de las tendencias de largo plazo.(López, s/f)  

Frente a la pérdida de terreno de la teoría keynesiana, nuevos enfoques neoclásicos surgían, soportados por Paul Samuelson, Robert Solow y Milton Friedman, entre otros. En el campo de América Latina, la teoría de la dependencia, con todas sus variantes, se posicionaba como referente crítico al “orden económico internacional”, desde la óptica más keynesiana con Raúl Prebish y Anibal Pinto hasta la visión del marxismo crítico en Ruy Mauro Marini y Franz Hinkelamert, sin que fueran los únicos.

Se llegó incluso a considerar la perspectiva teórica de Sraffa, como opción del capital para redefinir su paradigma teórico, el cual tendría más semejanza a un keynesianismo remozado, con un corte político socialdemócrata.  Lo que Hinkelamert (1984) denominó “el resurgimiento de la economía política burguesa”,[4] refiriéndose al trabajo de Sraffa y discípulos.

 “Creemos, que ya se puede vislumbrar algunas líneas de esta reorientación del propio pensamiento económico.  Ya mencionamos el hecho de que el pensamiento de Keynes produjo una primera confrontación con la teoría neoclásica, sin provocar una ruptura.  Sin embargo, después de la II Guerra Mundial aparecen pensamientos de ruptura, que posiblemente tendrán  importancia clave para la formulación teórica de la nueva economía política burguesa (…) Nos referimos a la importancia actual de las discusiones teóricas de la Escuela de Cambridge y todo el surgimiento de una nueva escuela de economía política, que se autodenomina neoricardiana (Joan Robinson, Sraffa)”. Este neoricardianismo se desempeña en dos frentes: por un lado en la crítica a la teoría neoclásica y por el otro, en la crítica de la economía marxista.” (pp.73)

Coincidimos con Hinkelamert, que este desarrollo de la economía política burguesa fue “una necesidad inevitable de la elaboración de enfoque teóricos (que atendieran) la problemática de la reproducción de los factores de la producción.  Reproducción de la vida humana, empleo, medio ambiente tienen que tener una solución. Desde el punto de vista de la burguesía imperial (…) por lo menos en un grado tal, que el propio imperio se pueda estabilizar”, (pp.71) necesidad que se presenta en cada momento de crisis económica del sistema, la cual arrastra, también, al paradigma teórico dominante hasta entonces.

Terminó imponiéndose la perspectiva teórica neoclásica en su versión renovada – Friedman-Solow-Samuelson.  Poco sirvió el debate Cambridge vs Cambridge (Harcourt, 1969), el cual se desarrolló en el marco del trabajo de Sraffa. Pero, la redefinición del paradigma teórico no se establece en el plano teórico sino entre la clase dominante. El desarrollo del capital financiero durante la posguerra, definió el paradigma “vencedor”. Es una cuestión importante; la redefinición de los paradigmas teóricos expresan la dinámica dominante de la acumulación de capital; la perspectiva de la acumulación de la clase dominante hegemónica, el dominio del capital financiero, que se había fortalecido desde la pos guerra.[5] 

Ciertamente que la forma de acumulación capitalista de pos guerra había producido problemas en la “reproducción de la vida humana, empleo, medio ambiente”, como señala Hinkelamert, pero aun así, ello no había impedido la disminución de la tasa general de ganancia de las economías de los principales países, especialmente de los Estados Unidos. Hubo la necesidad de “elaborar enfoques teóricos” alternativos al keynesiano, dominante en la época, para atender los problemas que el propio paradigma teórico dominante no pudo resolver, pero lo urgente, para el capitalismo era elaborar un nuevo paradigma que diera respuesta, ante todo, a la crisis expresada por la baja de la tasa de ganancia.[6]  Esto fue lo que determinó el dominio del paradigma neoclásico neoliberal frente al enfoque de la nueva economía política burguesa; el neoricardianismo.

Pero, el dominio del neoclasicismo neoliberal, lo que hoy se conoce como el neoliberalismo, no ha podido llamarse exitoso siquiera, para la estabilidad de la acumulación de capital. Tampoco lo podía ser, porque enfrentar la caída de la tasa de ganancia, suponía desmantelar el denominado “estado benefactor”, y con ello, las políticas que reconocían derechos sociales. Lo que ha caracterizado dicho período ha sido el afianzamiento de la represión para poder imponer las medidas de “ajuste” que claman los grupos económicamente dominantes, del mundo, el capital financiero, a través de su cobrador, el Fondo Monetario Internacional (FMI) y su socio, el Banco Mundial (BM).  Más claro no lo pudo expresar el director del FMI, Michel Camdessus (1989:15).

“La necesidad por políticas más fuertes y no por algún gradualismo complaciente en esfuerzos de ajuste … Varios países han elegido este camino – una decisión dolorosa en muchos casos – porque ello les ofrece una perspectiva de alcanzar crecimiento sostenible.  Esta ´revolución silenciosa´ en actitudes en muchos países en desarrollo (…) está ahora mostrándose en un número de países que han solicitado ayuda al Fondo (FMI, wh) en formular sus programas de ajuste orientados al crecimiento”.

La cita anterior introdujo el libro de James M. Boughton, la Revolución Silenciosa, El Fondo Monetario Internacional 1979-1989, publicado por el FMI en 2001.  Pero, vista las cosas desde esta perspectiva, esta “revolución” nada ha tenido de silenciosa.  Más que estabilidad económica y social ha producido constantes expresiones de crisis y en el ámbito social, permanentes manifestaciones de descontento, las cuales han tenido como respuesta la represión policiaca, el asesinato, el encarcelamiento y el terrorismo judicial como instrumento de persecución politica. 

En la actualidad, toda la información sugiere que el paradigma neoclásico-neoliberal ha entrado en crisis, si es que alguna vez fue alternativa al paradigma keynesiano en crisis.  La idea que aquí argumentamos es que el planteamiento teórico neoclásico neoliberal, dominante desde finales de los años setenta (en algunos países antes, como lo fue Chile y Argentina), ha producido mayor desigualdad social, expresándose a su vez, en una acelerada concentración del ingreso y la riqueza, desigualdad que ha alcanzado niveles tan vergonzosos, que la literatura económica ortodoxa no ha podido ignorar.  Ello ha debilitado las estructuras ideológicas—políticas de dominación, al punto de tender a quebrantar su legitimidad.  En este contexto, se ha estado planteando una readecuación de la teoría económica, que podríamos denominar un keynesianismo remozado, cuyo exponente más sobresaliente lo es el premio nobel de Economía Joseph E. Stiglitz.   Desde 2001, cuando le otorgaron el premio, Stiglitz no ha perdido vigencia, algo poco característico de quienes lo ganan, que pasado algunos años, en general, son olvidados. Ha estado permanentemente activo, e incluso, pocos recuerdan que su premio fue compartido con George A. Akerlof y Andrew Michael Spence; lo que se recuerda es que el premio nobel de Economía de 2001 es Joseph Stiglitz; los demás, pareciera, son un corolario.  Otros que han exaltado el tema de la exorbitante concentración del ingreso y la riqueza, lo son Paul Krugman, también premio nobel de economía (2008), quien se autoproclama keynesiano (Krugman, 2009), el ya fallecido Paul Atkinson y más recientemente, Thomas Piketty.[7]  Aunque aquí haremos énfasis en Stiglitz, lo que exponemos también es válido para estos autores, y aquellos que han puesto de relieve la desigual distribución del ingreso y la pobreza, como es el caso de Amartya Sen.(2003)[8]

Si se busca literatura económica que enfatice la concentración del ingreso y la riqueza como expresión de un “mal” funcionamiento del sistema económico, antes de la crisis de 2007/8, se encontrará, pero enterrada por aquella que abogaba por las bondades del sistema económico, y del paradigma teórico que lo sustentaba; es decir, la teoría neoclásica, ahora identificada como neoliberal, el libre mercado como forma omnipotente de coordinación del proceso social.  Es, sobre todo, a partir de la crisis que hace eclosión en los Estados Unidos en 2007/8, que la temática ha estado en primer plano.  El dominio del capital financiero, sector del capital al que se le imputó la responsabilidad de la crisis, se condujo con tal cinismo, que aprovechó la crisis para beneficiarse aún más, cuestión que, en el plano ideológico y político, ha ido en contra del paradigma teórico que profesan.  El uno por ciento más rico, al que se refiere Stiglitz (2013), forma parte de este sector (aunque no exclusivamente), y este uno por ciento ha acaparado el 95% del crecimiento de la economía, desde 2008.

Stiglitz es muy consciente de lo que se propone; está convencido de “la fuerza de las ideas”.  No pocas veces ha recordado el escrito de Keynes donde dijo: “las ideas de los economistas y los filósofos políticos, ya sea cuando están en lo correcto como cuando están equivocados, son más poderosas de lo que es comúnmente comprendido”.[9] (Stiglitz: 1994:ix)  Su planteamiento busca conjugar la crítica a la teoría neoclásica con la crítica a “la economía marxista”, al Socialismo como sistema alternativo al capitalismo. Afirma que “la economía neoclásica con frecuencia se ha auto establecido como contraposición a la economía marxista. Pero la economía neoclásica (….) en realidad no provee una alternativa viable”. Contrariamente argumenta que “mientras que muestra el poder de los mercados, pareció argumentar (la teoría neoclásica, w.h.) que el socialismo podría funcionar (…) (p.x)  Propone el “ nuevo paradigma teórico de la información”, aunque reconoce que “La construcción de un nuevo paradigma es un proceso lento”, pero que “hay un nuevo paradigma que hay que seguir”. (p.x-xi)  Este nuevo paradigma según Stiglitz, debe atacar “las fuerzas subyacentes que le dan soporte a la economía marxista (…), y que, por consiguiente, “hable adecuadamente de las necesidades de aquellos que ven la miseria económica a todo su alrededor”.  Es esto lo que explica las preocupaciones de Stiglitz sobre la desigualdad y la “exagerada” concentración del ingreso y la riqueza; la búsqueda de un antídoto al “peligro” que encierra la economía marxista y el socialismo.

No es casual que estas ideas, originalmente Stiglitz las planteara en abril de 1990, en el marco de las Conferencias de Wicksell, en Estocolmo, cuando se producía, en sus propias palabras, “el colapso del socialismo a una velocidad totalmente imprevista” (p.ix), lo cual, a su juicio, constituía la mayor prueba del fracaso del socialismo frente a las bondades, aunque imperfectas, del capitalismo.

Es algo similar a lo que Hinkelamert (1984) planteó para el caso del neoricardianismo en su momento. Stiglitz (1994) reconoce que su interés sobre el socialismo se remonta a sus tiempos de estudiante de posgrado, cuando viajó “a la Escuela Central de Estadísticas en Warsaw, Polonia, a conversar con Oscar Lange y Michael Kalecki, y sus discípulos. (…) aprendí muchas interioridades de la teoría y práctica del socialismo (…)” (pp.xi) Precisamente, en Warsaw nació Zbigniew Brzezinski, Asesor de Seguridad Nacional del Presidente Jimmy Carter (1977-1981), y fundador de la Comisión Trilateral, junto David Rockefeller, de quien era Asesor, representantes entonces del capital transnacional que se planteó una visión más global de defensa del sistema capitalista, consistente con la visión neoricardiana y de Stiglitz. George Soros (1999), el multimillonario de las finanzas, originario de Hungría, es el equivalente de David Rockefeller en su visión de garantizar la sostenibilidad del capitalismo, ante todo.  Este proyecto lo impulsa desde su Fundación “Sociedad Abierta” (Open Society).  En el 2002, poco tiempo de que se le otorgara el premio nobel de economía, Stiglit (2002) reseñó muy favorablemente el libro de Soros “Sobre la Globalización” (On Globalization).  Han aparecido en distintos eventos juntos, desde la reunión de Davos hasta eventos de la Fundación de Soros, Open Society. (García Pelatti:2015).  Stiglitz recibió el premio “Sociedad Abierta” en junio de 2019, de la Universidad Central Europea, con sede en Budapest, Hungría, fundada por George Soros en 1991.

Argumentamos que el planteamiento de Stiglitz, que se presenta como crítico al paradigma teórico vigente, tiene otros problemas que son tan graves (difícil decir más graves) como la ideología del totalitarismo del mercado que propugna la visión neoclásica neoliberal. (Hinkelamert, 2018)  Esto es extensivo a Krugman, Atkinson, Amartya Sen y Piketti.

Ello está soportado por otra tesis subyacente, y es que la teoría económica que pretende sustentar el capitalismo, está limitada desde su origen, para comprender el proceso económico y social, y de allí que sea incapaz de comprender cómo el mismo proceso que en algún momento se presenta como “exitoso”, termina expresándose en “desastre”, en crisis.

Haremos primero una lectura de los informes del FMI, en los momentos previos a las crisis que se han verificado desde los años ochenta, subrayando que en ninguno de los casos ha atinado en advertirlas.  Luego veremos cuál es la dirección del “nuevo” paradigma teórico-económico propuesto por Stiglitz, y su crítica al paradigma teórico vigente, enfatizando las implicaciones ideológicas y políticas que de él se derivan. Por último se reflexiona sobre la factibilidad del “nuevo paradigma” propuesto.

La teoría económica imposibilitada de comprender las causales de la crisis

A la crisis internacional de la deuda de los años ochenta, le siguió el crash de la bolsa de New York en 1987[10], la convulsión social generalizada vivida en América Latina durante la década del ochenta, como resultado de la aplicación de las exigencias del Banco Mundial y del Fondo Monetario Internacional (FMI), la crisis de México de 1994, el “efecto tequila” que alcanzó a Argentina, la crisis asiática de 1997, la “burbuja tecnológica”, el crash de las empresas tecnológicas de internet (la Dot-com bubble) de 2000 en los Estados Unidos y la de finales de 2007 que estalló en el mismo país, y que se calificó inicialmente como “crisis inmobiliaria” (la burbuja inmobiliaria), y que luego cambiaría a “crisis financiera”. 

Un consenso entre los economistas del capitalismo, al menos sobre la crisis de 2007, ha sido, que nadie la vio venir, o por lo menos, la mayoría no lo hizo. Otro acuerdo, aunque menos generalizado que el anterior, es que todavía no hay claridad en lo que pasó y lo que está pasando. (Jacobs y Mazzucato, 2016:1)[11] Igualmente persiste la idea que la crisis es diferente a las anteriores, con efectos de mayor duración.  Blanchard, Dell’Ariccia y Mauro (2014) confirman que en las Conferencias del FMI de 2011 y 2012 “había una clara percepción de que habíamos entrado a un nuevo mundo y que teníamos más preguntas que respuestas.  Dos años después – decían - los contornos de las políticas monetaria, fiscal y las políticas macroprudenciales, siguen no estando claras.(pp. 1)

Un breve recorrido por los distintos momentos de crisis del capitalismo desde los años ochenta, permite establecer que lo comentado, incluso por quienes aún defienden el paradigma neoliberal, como es el caso de Blanchard, no ha sido exclusivo de la crisis de 2007, sino también para los momentos de crisis previas. La teoría económica en general, y particularmente la versión neoclásico neoliberal, no ha sido capaz de comprender los procesos de acumulación del capital y sus crisis. 

La crisis del capitalismo de finales de los años sesenta, que tomó forma como “la crisis del dólar”, marca el hito del proceso que devino en el dominio de la teoría neoclásica-neoliberal, frente al keynesianismo reinante hasta entonces.  Este dominio puede considerarse que se corporizó cuando la elección de Ronald Reagan en 1980, como presidente de los Estados Unidos.  Incluso, el FMI reconoce este punto de inflexión de la teoría económica domiante.  En el Informe Anual del Directorio Ejecutivo de abril de 1987, el FMI, después de constatar cambios significativos, “tanto en la orientación como en la confianza de las políticas económicas d los países industrializados” (FMI:1987:abril:3), añadió que estos cambios,

“pueden ser vistos como una evolución natural de la estrategia de mediano plazo que ha guiado la política desde los inicios de los años ochenta”. (idem)

Los objetivos de esta estrategia dijo,

“… ha sido reducir la inflación a un nivel aceptable (no menciona criterio alguno de lo que significa “aceptable”, w.h), un objetivo que ha sido substancialmente alcanzado.  Más recientemente, consideraciones sobre la tasa de cambio y la balanza de pagos han recibido un mayor énfasis, junto con la necesidad de mantener la actividad (económica, w.h), al mismo tiempo que se salvaguarda el progreso hecho en contener la inflación”. (Idem)

Alusiones a los componentes de dicha estrategia fueron mencionados en casi todos los Informes anuales de la Institución, lográndose así, tener el panorama completo de dicha estrategia.  En el informe de abril de 1986, luego de ponderar los logros alcanzados en el control de la inflación área en la que afirmó “ha sido más exitosa (pp.2) mencionó otros objetivos de la estrategia:

“… otros objetivos principales, tales como la consolidación fiscal y reformas económicas estructurales…” (FMI:1986:2)

También desarrolló el sentido de los cambios estructurales a los que se refería:

“Las políticas estructurales han continuado siendo una importante faceta de la estrategia económica.  El objetivo de tales políticas es mejorar el funcionamiento de los mercados de trabajo, bienes y servicios financieros, con el fin de fomentar una mejor asignación de recursos y fortalecer la capacidad de respuesta de la oferta” (pp.3)

Pero, además, aquí el FMI también expone, cómo se había ejecutado la estrategia:

 “Los métodos que han sido utilizados para alcanzar estos objetivos incluye la desregulación, la privatización de empresas estatales y medidas específicas para mejorar el funcionamiento de los mercados (sic) de trabajo”. (pp.3)

Las apreciaciones en cuanto a la evaluación de los avances de la estrategia, permite precisar el contenido de los métodos,

“Las políticas estructurales han tenido un grado de éxito en algunas áreas, notablemente la liberalización generalizada de los mercados financieros, la desregulación de importantes segmentos de la industria del transporte y las comunicaciones en los Estados Unidos, y la modificación de la indexación de los salarios en varios países de Europa.  (…) Sin embargo (…) en algunos países los gastos de subsidios del gobierno han disminuido pero bastante menos de lo que se había esperado.” (pp.3)

Obviamente, para el FMI, el desmejoramiento salarial de los trabajadores significaba “mejorar el funcionamiento” del mercado de la fuerza de trabajo.  Este “mejoramiento”, claramente que no era para los trabajadores, sino para el capital, aunque el FMI decía lo contrario.  Igualmente, la venta de empresas estatales y la liberalización de los sectores de transporte y comunicaciones, afectarían los precios de tales servicios para los usuarios (y por tanto, para los trabajadores).  La reducción de los subsidios estaba vinculada a la reducción del déficit fiscal, reducción que solo alcanzaba a los trabajadores, porque el subsidio dado a las empresas le llaman “incentivos”. Su mención de haber controlado la inflación, y ponderarla como “el área de mayor éxito” de la estrategia, no dice mucho si no se compara con el comportamiento de los salarios reales.  Los precios pueden crecer a menor ritmo pero los salarios lo hacen aún menos, y las políticas de la estrategia conducían a este resultado, por lo que el salario real, la capacidad de compra de los trabajadores se deteriora. (Hughes: 2015).[12]

Así que, previo al crash de la bolsa de valores de New York de octubre de 1987, el FMI,  era optimista con respecto al futuro económico, precisamente por el avance en la ejecución de las políticas contenidas en la estrategia.

“En parte como resultado de estos desarrollos (de la estrategia, w.h.), algunas de las mayores incertidumbres que habían amenazado las perspectivas para un crecimiento sostenido, han disminuido.  En particular, la expectativa que los déficits fiscal y de cuenta corriente de los Estados Unidos estarían más controlados, junto con las disminución de los precios del petróleo, indujeron a una nueva reducción en las expectativas inflacionarias”. (pp.3)

Pero, en realidad, poco sabían de cómo estaba la situación de la economía. Pero, en realidad, pareciera que esto no era importante, sino que lo relevante era ejecutar la estrategia pese a que se sabía de sus efectos contractivos sobre la economía, y su impacto negativos hacia los trabajadores y grupos de bajos ingresos.  Su misión, junto al Banco Mundial era salvaguardar los intereses del capital financiero internacional (cobrador de la deuda), pero en el discurso debían expresar la falsa preocupación por el empleo, control de los precios, etc., prometiendo un futuro promisorio, aunque al principio había que hacer “sacrificios”.  Los que harían el “sacrificio” serían los trabajadores y no las élites económicas.

En el Informe de abril de 1987, apenas un año después de mostrar supuestos logros de su estrategia, señaló que la situación económica y financiera internacional había “cambiado sustancialmente”.  El crecimiento de los “países industriales” disminuyó, el precio de los principales productos continuó disminuyendo, los desbalances externos se ampliaron, se intensificaron las medidas proteccionistas (en contra de la liberalización de los mercados), y la situación financiera de muchos países “en vías de desarrollo se deterioró aún más”. (FMI:1987:abril:1)  En el Informe de abril de 1988, el FMI mostró haber recuperado parcialmente la confianza. “La mayor parte de 1987 y la primera de 1988 fueron caracterizadas por la continua expansión de la producción y el comercio mundial.” (FMI:1988:abril:1)  En el momento se estrenaba un nuevo Director del FMI; Michel Camdessus había remplazado a Jaques de Larosiere desde el 16 de enero de 1987. Camdessus matizó su optimismo,

“Sin embargo, pese a estos aspectos positivos de la situación económica mundial, no hay lugar para sentirse satisfecho. Mucho queda por hacer para restaurar la solvencia de los países altamente endeudados del mundo en desarrollo.  Además, los desbalances entre las grandes países industrializados continúan siendo grandes y el impulso de los ajustes necesita ser reforzado a través de la continua ejecución de los compromisos hechos dentro del proceso de coordinación de la política económica”. (idem)

Con esta descripción de la situación, ciertamente poco había para congratularse.  La situación económica mundial, después de iniciada la estrategia a principios de los años ochenta, no parecía haber mejorado mucho. La crisis internacional de la deuda (para los latinoamericanos “la crisis de la deuda”) no expresaba mejorías, las medidas coordinadas de ajuste y estabilización promovidas por el FMI y el BM habían hecho estragos en los niveles de vida de gran parte de la población mundial, y los principales países “desarrollados”, especialmente los Estados Unidos, continuaban con severos déficits fiscales y desbalances en su cuenta corriente.  Ciertamente, no había tiempo para complacencias.

Para octubre de 1993, la situación no era muy distinta a la precedente.  El informe de la fecha decía:

“Este año se cumple el cuarto año consecutivo de un rendimiento por debajo del  promedio del crecimiento de la economía mundial, e indicios de una reanudación de un crecimiento más fuerte en 1994 aún son tentativos”. (FMI:1993:octubre:1)

Como lo confirma el informe de mayo de 1994, “la economía mundial había sufrido una severa caída desde 1990 con el riesgo adicional de la profundización de la recesión en muchos países industriales” (FMI:1994:octubre:1).  No obstante, el FMI persistía en querer transmitir una idea de que no había problemas serios. 

“ Las perspectivas inmediatas para el crecimiento económico de la economía mundial son mucho mejores de las que han sido en cualquier momento de esta década (…)”.(idem) Aunque se salvaguardaba señalando: “Pero serios retos de política se mantienen”. (idem)

El optimismo expresado se fundamentaba en la “Declaración sobre la Cooperación para la Expansión Global Sostenida” que se había adoptado por el “Comité Interino” en abril de 1993 y reafirmado en octubre de 1994. En la visión del FMI, la misma había ayudado a fortalecer las condiciones para revitalizar la actividad económica mundial. Parecía que pocos meses después, lo afirmado en abril de 1994 era historia olvidada.  En octubre del mismo año, el FMI, dijo:

“La recuperación de la actividad (económica, w.h) y del comercio mundial llegó a ser más firmemente establecida durante la primera mitad de 1994”. (…) La ampliación y el fortalecimiento de la recuperación en todo el mundo industrial marca el fin de una prolongada desaceleración que en diversos momentos afectó prácticamente a todos los países. (FMI:1994:octubre:1; negritas y cursivas nuestras)

 Pese a la afirmación tan categórica del “fin de una prolongada desaceleración”, el FMI continuaba señalando que había cosas pendientes que fortalecer, en este caso, “esfuerzos adicionales (…) necesarios para promover la estabilidad financiera y la prosperidad económica en el mediano plazo”. (pp.1-2)

 Había problemas, pero las expectativas eran positivas, según el FMI.  Lo cierto es que, toda la década del ochenta y hasta 1994, fecha de la revisión hasta aquí hecha, fue un período de permanente inestabilidad económica, de rupturas que afectaban la continuidad del proceso económico, tanto de los países denominados “industrializados”, como el de los países subdesarrollados (llamados “en vías de desarrollo”). El FMI, al menos en sus informes, no parece tener claridad de las causas de lo estaba pasando, y menos del grado de severidad del problema, y más pareciera estar enfocado en impulsar su estrategia económica, cuyo basamento guía era un fundamentalismo del mercado, que contenía el nuevo paradigma neoliberal, que se había impuesto al keynesianismo.  En su óptica, se estaba produciendo la “revolución silenciosa”, revolución que dejaba muertos en el campo de batalla, pero que eran valoradas como “daños colaterales”, “sacrificios” necesarios de hacer para tener “un mejor futuro”, alcanzar “la prosperidad”; lo que Camdessus llamó “una decisión dolorosa en muchos casos (pero que, w.h.) ofrece una perspectiva de alcanzar crecimiento sostenible.” (Camdessus, 1989)

Las causas de la crisis de México según el FMI

Pero, la predefinición del fundamentalismo del mercado del paradigma teórico reinante, siempre encuentra responsables de las crisis en otra parte, y la salvación, por supuesto, en las recomendaciones del FMI; es decir, más mercado.

Posterior a la crisis de México de 1994, la soberbia de Camdessus, como máximo exponente de aquel fundamentalismo del mercado dominante en el FMI, fue puesta de manifiesto nuevamente.  Lo “correcto” del paradigma teórico estaba fuera de dudas; las causales del problema eran debidas a factores políticos, por no seguir las recomendaciones del FMI a tiempo, o por errores de los que gestionaban la política económica en los países, pero jamás, en la propia visión del FMI de cómo funcionaba el sistema económico, la cual tenía (y tiene) como pilar fundamental, el libre mercado.  La liberalización del mercado se convierte en la receta universal para cualquier “enfermedad” del funcionamiento económico.

Camdessus (1995),[13] refiriéndose a la crisis mexicana de 1994 dijo, “debemos estar claros acerca de cómo surgió la crisis y cómo fue manejada”. (pp.1)  ¿Cuál era su “claridad sobre la crisis”?

“La crisis (…) paradójicamente, en gran medida es consecuencia del progreso económico.  La Crisis de México ilustra esto: ella solamente puede ser comprendida en el contexto del progreso económico del país de la pasada década.  De 1988 a 1993, con el activo apoyo del FMI, México fortaleció el proceso de estabilización macroeconómica y de transformación estructural que empezó  a raíz de la crisis de la deuda de 1982.  Esta estrategia tenía como objetivo lograr la viabilidad externa y sentar las bases para un crecimiento liderado por el sector privado. Se basó en políticas financieras estrictas; el uso del tipo de cambio (…) reformas estructurales integrales, incluidas la privatización y la liberalización comercial y cambiaria; y una importante reestructuración de la deuda externa. (…)”

De manera que, México, afirmó Camdessus, arribó a 1994 “con una economía fortalecida y una economía más profundamente integrada en los mercados mundiales (…).” Se preguntó, “Qué salió mal” teniendo México este comportamiento “sobresaliente”?

“En el transcurso, la débil posición externa de México fue exacerbada en 1994 por una serie de desarrollos desfavorables al interno y a lo externo, y por deficiencias en la respuesta de México, y en parte por la pausa que siguió a las elecciones de agosto”.

A lo interno, hizo mención al “levantamiento (armado, w.h.) en Chiapas a principio del año (negritas y cursivas nuestras); y a lo externo, dijo,

“(…) desde principios de 1994, México se enfrentó a un aumento sustancial en las tasas de interés mundiales, lo que llevó a los inversores internacionales a reevaluar la participación de sus carteras invertidas en los mercados emergentes. Todos estos desarrollos tendieron a debilitar el peso. Y la respuesta política no fue adecuada, la administración saliente dejó a la nueva administración la responsabilidad de definir la estrategia de ajuste que se solicitó.”

¿Cuál era, entonces, la claridad que Camdessus tenía de la crisis?.  Ella no había sido causada por las políticas de estabilización y ajuste estructural contenidas en la estrategia que había recomendado el FMI; por el contrario.  Todo lo “bueno”, el “sobresaliente” comportamiento de la economía mexicana se debía “la activo apoyo” del FMI en la definición de la estrategia; lo que salió mal, fue debido a “los políticos irresponsables” que no aplicaron a tiempo las recomendaciones de ajuste planteados por FMI, por eventos externos en los que ellos, el FMI, se eximen de responsabilidad, como lo fue el aumento de las tasas de interés en los mercados mundiales, y por supuesto, debido al levantamiento armado de Chiapas, de los Zapatistas, que en la versión típica del discurso neoliberal, “habría mandado malas señales a los mercados”, de forma que afectaron la “exitosa estrategia de la Institución”.  Esta es la corta visión teórica que sostiene el paradigma neoliberal.  Lo “bueno” se debe a que “se escucha correctamente “los mercados”, y lo malo se debe a todo aquello que trastoca el libre mercado, lo cual “el mercado escucha”, y se apresta a “reaccionar” en estampida para “no ser apresado” y “mantener su libertad”.  Es un discurso vacío, como resultado de su razonamiento tautológico.

Pero, la lectura que surge de las apreciaciones del Director del FMI, es que no tenía idea de lo que estaba pasando; el basamento teórico tautológico, y esencialmente ideológico, que sostiene el neoliberalismo, imposibilita comprender el funcionamiento económico, contradictorio, y la crisis como parte de dicho funcionamiento.  El discurso recurrió a buscar la forma de justificar supuestas bondades del paradigma neoliberal, de la supremacía del mercado por encima de cualquier regulación económica, sin importar si ella se correspondía con la realidad.  El objetivo es mostrar una aparente conducta científica, aunque ella sea absolutamente carente de tal contenido.

La omnipotencia del neoliberalismo, expuesta en la figura de Camdessus, esta arrogancia de tener la “verdad”, que, en esencia sería “la verdad del mercado”, la sintetizó en la siguiente afirmación:

“Nosotros, en el FMI podemos crear un ambiente amigable (…) ayudando a prevenir y resolver la crisis financiera del próximo siglo”.

La crisis de 2000 en los Estados Unidos, y más claramente, la crisis de 2007, que atañe directamente al capital financiero, le habría hecho tragar sus palabras, si el cinismo no fuera lo dominante.

El director del FMI sobre la crisis “asiática”; incapacidad de comprenderla.

Previo a la irrupción de la crisis en julio de 1997, los pronósticos del FMI para la región de Asia eran halagadores.  En su informe de Marzo (FMI, 1997), señalaba:

 “Korea y Singapur experimentaron un moderado crecimiento durante 1996 como resultado de una caída en las exportaciones y, en Korea, debido a la política un tanto restrictiva.  Con la transferencia sin sobresaltos de la soberanía de Hong Kong a China, y con excepción de efectos de corto plazo de los disturbios laborales en Korea, las perspectivas para las economías recientemente industrializadas en Asia se mantienen brillantes, aun cuando su futuro crecimiento puede ser algo más lento que el rápido ritmo de recuperación sostenido en el pasado”. (pp. 10-11)  Sobre Tailandia aunque se reconocía que había sufrido “una caída importante en su crecimiento”, se mostraba “preocupación por el gran déficit de la cuenta corriente”, que “explicaba” por “un decepcionante comportamiento de las exportaciones”, así como también preocupación por “las fragilidades del sistema financiero”, para nada el informe sugería que entraría en una crisis.  Sobre Malasia, Indonesia y Filipinas, se consignaba un buen optimismo sobre sus economías. (pp. 12-13)

Michel Camdessus (1997),[14] Director del FMI, refiriéndose a la crisis de Tailandia se preguntó, ¿cómo “los eventos” se desarrollaron “después de tantos años de excelente desempeño” de la economía? La respuesta a esta pregunta pareció darla cuando dijo ¿tenemos un análisis razonablemente claro de lo que pasó en Tailandia”?  A lo cual añadió, que la pregunta más difícil de responder, y para la cual aún no se tenía la imagen clara, era ¿cómo la crisis se expandió hacia las otras economías de la región?  No obstante, en esta ocasión dijo presentar su punto de vista sobre las causas de la crisis y hacia dónde se encaminaba el problema. 

Tras reconocer que la crisis no surgió del “cielo azul”, inmediatamente se remite a los síntomas de la crisis pero no a las causas.  Dijo,

“por el contrario, hubo numerosos signos de una amenaza de tormenta. Indicadores macroeconómicos apuntaban desbalances sustanciales:  sustancial apreciación de la tasa de cambio real, marcada caída (“desaceleración) en el crecimiento de las exportaciones, persistente altos déficits de la cuenta corriente financiados, crecientemente, por   ingresos de portafolio (títulos valores: acciones, bonos, pagarés y similares instrumentos negociables, wh), incluyendo un sustancial monto de capital de corto plazo, y una deuda externa creciente”. 

En la perspectiva de Camdessus, estos “desbalances” expusieron otras debilidades de la economía Tailandesa, como “importantes préstamos del sector privado, no cubiertos en moneda extranjera, un mercado inmobiliario interno inflado, y un débil y sobre evaluado sistema bancario.” Con ello, para nada se estaba refiriendo a las “causas de la crisis”, sino a “indicadores macroeconómicos”, que en su concepto, son manifestaciones de la crisis.  Habría que preguntarse (y contestarse) qué causaba estos desbalances, asumiendo que los mismos fueran formas de manifestarse la crisis.  A esto Camdessus no hizo mención.

Sin embargo, sí hizo mención de otro actor en la crisis, “el mercado”. 

“Los mercados –dijo- emitieron sus propias advertencias en forma de disminución de los precios de las acciones y la creciente presión del tipo de cambio, a medida que crecieron las dudas sobre la sostenibilidad de las políticas.” 

A esto añadió que también el FMI enfatizó en “estos problemas” (los desbalances) y “presionó por medidas urgentes en un diálogo continuo con las autoridades Tailandesas”.

Una y otra vez, Camdessus caía en expresiones, que por lo menos deben ser calificadas de contradictorias, pero que en sentido estricto eran huecas, sin contenido explicativo del problema.  Dice,

“(…) por supuesto, era difícil para las autoridades de Tailandia y de otros sitios de la región, reconocer después de tantos años de desempeño macroeconómico sobresaliente, que  las graves deficiencias subyacentes (a aquél “desempeño sobresaliente”, wh), podría poner en serio peligro este comportamiento histórico.” 

Varias preguntas surgen después de tal afirmación.  Si había existido un comportamiento económico calificado de “sobresaliente”, ¿cómo puede ser calificado así si el mismo empezó a expresar los “desbalances” mencionados?  Podría estarse refiriendo al nivel del “desbalance”, que como resultado de que no se atendiera “oportunamente” devino en “altos desbalances”.  Pero, de haberse atendido “oportunamente” ello habría resultado en afectación del crecimiento económico y, por tanto, también se habría interrumpido aquél “excepcional” comportamiento de la economía.  La razón de éste decir nada diciendo algo, es porque no se hacía referencia a las causas de la crisis.

El denominado ¨comportamiento excepcional” de la economía Tailandesa produjo los desbalances mencionados, pero aun así se le calificaba de ¨comportamiento excepcional”.  Cómo extrañarse, entonces de que las autoridades del país no comprendieran que el propio esquema económico al que el FMI y otros organismos internacionales habían calificado de ¨comportamiento excepcional”, ahora se les dijera, que eso mismo había generado los “desbalances”.  Si ello era así, entonces, el calificativo de “excepcional” no debió existir siquiera. Algo, cuyo comportamiento produce crisis, no puede ser calificado de “excepcional, sobresaliente”.

Camdessus terminó inculpando a las autoridades Tailandesas, al mismo tiempo que eximía al FMI, quien había avalado el esquema económico desarrollado en Tailandia y en los otros países de la región.  La tormenta estalló dijo, debido a “la demora en tomar medidas correctivas necesarias”, pese a que el FMI había “presionado” a que se hicieran los correctivos. Insistió en que la crisis era “evitable”.  No es que el propio esquema económico resultó en los “desbalances” y por tanto, en la crisis, sino que fueron “errores” de política económica, acciones tardías, no “oportunas”, el no haber seguido “las recomendaciones de política económica exigidas” por el FMI, el no haber escuchado “las advertencias de los mercados”, cuestión que ellos (el FMI) si había hecho, y por eso “sabían” las políticas económicas “correctas” a ejecutar.  Los políticos de Tailandia fueron quienes no escucharon el “mercado”, quien también “hablaba” a través del FMI, (Dios habla a través de los jerarcas de la iglesia en la tierra) que había escuchado “el mercado”.  Después de decir toda esta perogrullada, termina afirmando que “al menos sus orígenes (de la crisis, wh) son en general claros.”  Si por “origen” se refiere a lo que originó la crisis, sus causales, nada de ello fue tratado en su exposición.  A lo sumo mencionó “manifestaciones” de la crisis, lo que denominó “indicadores macroeconómicos”, que expresaban los síntomas del problema.  Esta es la lógica de decir nada diciendo algo.

Pero, en verdad, no podía decir más de lo que dijo, porque la idea subyacente de la causal de la crisis no está en la propia dinámica de la economía, cuestión general a toda la teoría económica dominante, sino a “errores” de los “policy makers”, de los actores que gestionan la política económica, que no saben escuchar al “mercado”. Pero, el mercado para que exprese las “advertencias” correctas, debe ser un “mercado libre”, no puede ser un “mercado distorsionado”, definido tautológicamente como aquella condición en la que no existe “libre mercado”. El “libre mercado” solo produce “bienestar”, “felicidad”; el “mercado intervenido”, produce lo contrario, deterioro del “bienestar”, desventura, insatisfacción, caos. Se trata de que el gestor de la política económica escuche correctamente al mercado, lo cual excluye que las advertencias pudieran ser que se intervenga en el mercado.  Esto no lo puede advertir el mercado, a menos que sea una “advertencia” del mercado para que no se intervenga en el mercado, por tanto, la “intervención en el mercado” debe producir más “libertad del mercado”.  Este tipo de intervención si “la acepta” el “mercado”.  El mercado es un ser viviente, con todo sentimiento. 

Lo que es menos evidente, dice Camdessus, es el cómo la crisis se propagó hacía países como Indonesia, Malasia y Filipinas, que tenían déficits de cuenta corriente más pequeños y flujos de inversión extranjera más sustanciales? 

Esta apreciación hace que surjan más preguntas.  ¿Cómo es que síntomas menos graves, los que llama “desbalances menores”, que reconoce que existían en los países vecinos, no fueron también catalogados por el FMI como “preámbulos” de la crisis, como síntomas de una crisis en ciernes”?  Si estos no son reconocidos como “síntomas” de una crisis en gestación, ello sugiere que tal “síntoma” solo se puede identificar como tal cuando llega a un nivel de “gravedad”, y el “síntoma” sería calificado de “grave” cuando es “insostenible” continuar con el “desempeño excepcional”, y si ello es así, no es posible anticiparlo, y menos evitarlo.  Ello negaría la afirmación de Camdessus, en el sentido que la crisis se podía haber evitado.

Pero, la propia pregunta que formula Camdessus sugiere una interpretación implícita de la crisis; dice, ¿cómo la crisis se propagó…?  En esta perspectiva, la crisis es “importada” de Tailandia y no igualmente gestada, como totalidad, por el comportamiento de una forma específica de acumulación de capital, que era común en la región, y además, avalada por el FMI y otros organismos internacionales, por lo que la crisis podía, siempre, aparecer, manifestarse, primero en alguno de los países, y no, simultáneamente.    Las autoridades de los otros países son eximidas de responsabilidad porque, en el caso de “su” crisis, el FMI no había advertido previamente, alguna anomalía en el comportamiento de sus economías, más allá de “déficits menores” de la cuenta corriente de la balanza de pagos.  Aquí, el “Dios mercado” nada les dijo a los directivos del FMI.

Pero, además, Camdessus reconoce que para entonces, para cuando hace su intervención, aún no había una comprensión clara, siquiera, de cómo se había propagado la crisis.  Cómo saberlo si no tenía idea de sus causas, ya que los denominados “indicadores macroeconómicos” solo podrían ser manifestadores de la crisis, aunque Camdessus, pareciera que los confunde con sus causas, las cuales, a su vez, tenían detrás los “errores” de los gestores de la política económica y el que las autoridades del país no tomaran las medidas recomendadas por el FMI, oportunamente.  No se trataba de que el esquema de acumulación y las políticas económicas que lo acompañaban, las que a su vez expresaban una concepción de cómo funcionaba el sistema económico, hubieran causado la crisis.  Por tanto, no era casualidad que tampoco tuviera idea de las causas de la crisis en Tailandia, pese a que se supone, por su propia afirmación, que estas eran claras para Camdessus, y tampoco del cómo la crisis se había propagado.

Consideremos uno de los ejemplos, que según Camdessus era una de las explicaciones que estaban surgiendo.  No obstante, aún insiste en que se trata de “parte de la explicación”, pese a que no aborda la otra parte que se supone faltaría para tener la explicación completa.  Según Camdessus, la cuestión radica en el grado en que los acontecimientos de Tailandia afectaban las condiciones de los países vecinos.  La depreciación, de la moneda, dice, en tanto que sugiere que afectará negativamente la competitividad de los otros países que participan, junto a Tailandia, en el comercio internacional, “sus monedas también se debilitaron”, lo cual aumentó el costo del servicio de la deuda del sector privado.  Pero esto que afirma el director del FMI es resultado del “libre mercado”, de sus reacciones y de las advertencias que genera, que lleva a actuar a los otros “actores” que escuchan “el mercado”.  Esta conducta, a su vez, debido a que se escucha “el mercado”, genera otros comportamientos de los actores, que al no tener claro el nivel en que alcanzará la depreciación (deslizamiento) de sus monedas, y por tanto, en cuánto serían afectado los costos de financiamiento, reaccionaron, según Camdessus, se apresuraron para atender sus compromisos externos, presionando las tasas de cambio y la tasa de interés.

Esta idea del “mercado omnipotente”, por encima del ser humano es reiterativa; la situación de la economía Tailandesa, dice Camdessus, “hizo que los mercados miraran más de cerca los riesgos en otros países”.  El “mercado” adquiere vida, pero no es una “vida terrenal” sino casi divina, al erigirse por encima del ser humano.[15] Lo que “los mercados vieron”, añadió el director del FMI, fue que lo ocurrido en Tailandia estaba pasando en otros lugares, aunque en grados diferentes; y “los mercados comenzaron a analizar de manera más crítica las debilidades que antes consideraban menores”.  Es una visión subliminal del “mercado”, que lo puede todo y se presenta externo a las conductas humanas; con vida propia, como un actor “invisible”, pero presente.  Precisamente, uno de los factores que según Camdessus “aceleraron la estampida”, lo fue “los controles – y la amenaza de los controles – sobre la actividad del mercado”; se refería a “amenaza” de controles en el “mercado” financiero y a la fuga de capitales debido a esta “amenaza”.  Aun cuando se ve obligado a hablar de “los participantes de los mercados financieros”, que son los que concretan aquellas acciones resultado de las “amenazas”, ello se presenta como un corolario del “ser viviente - mercado”.

En cuanto a las lecciones de la crisis, Camdessus señala “la necesidad de tomar acciones tempranas para corregir los desbalances macroeconómicos antes que precipiten la crisis”, lo cual dice, no ocurrió en Tailandia.  Pero, lo interesante es que en este caso culpa a los gestores de la política económica (the policy makers) de “atacar los síntomas” de la crisis, entre los que menciona, “la presión sobre la moneda (el baht), la acumulación de grandes pérdidas de las reservas, y envíos de pasivos cambiarios en el proceso”. 

Todo lo anterior confirma la imprecisión del planteamiento de Camdessus sobre la crisis de Asia, lo cual es expresión del desconocimiento real de las causas del problema.  ¿Es que acaso los “desbalances” no son también, síntomas?  Aquí pareciere que los identifica como las causas, aunque previamente se refiere a ellos como “indicadores macroeconómicos”.  Para hacer correctivos de los “desbalances” se requiere conocer qué causa los mismos.  En algunos casos el FMI ha recomendado, precisamente, la devaluación de la moneda como mecanismo de “corregir” el déficit de cuenta corriente, aumentando las exportaciones (al menos la cantidad), en conjunto con una restricción de las importaciones, basada en la idea que aquél “desbalance” es causada por un exceso de demanda por encima de las capacidades de los ingresos del país.  Esta contracción de la demanda conduce a una caída de la actividad económica pero se genera un excedente externo para atender la deuda externa.  Estas fueron las recetas que dicho organismo impulsó en América Latina durante toda la década del ochenta, período que ha sido calificado como “la década perdida”.

La impresión entre lo que es causa y lo que es síntoma, se reproduce a nivel ampliado en su segunda lección.  Aquí dice que “los países pueden encontrar que su vulnerabilidad a las crisis en otros mercados es mayor de lo que los fundamentos económicos podrían sugerir”, por lo cual se deduce que requerirían “tomar acciones preventivas para fortalecer sus políticas”.   La cuestión es, ¿cómo conocer de su “mayor vulnerabilidad a la crisis” si los fundamentos económicos no lo sugieren?, entendiendo que estos “fundamentos” se refieren a la estructura interpretativa del funcionamiento económico.  En todo caso se tendría que reconocer que dichos “fundamentos económicos” son fallidos y requieren reestructurarse.  Pero para Camdessus no es esta la lección que debiera aprenderse, sino otra, pero que ella es imposible que se asuma como lección sin aceptar la falla en los “fundamentos económicos”. 

Pero, las medidas preventivas que sugiere, son aún más imprecisas, empezando por reconocer que “claramente, no existe una única acción correcta”, lo cual supone que puede haber varias y que, por tanto, sería indiferente elegir entre ellas.  Pero, ante todo, supone establecer un criterio de lo que sería “correcto”, en lo que respecta a la política económica, lo cual no hace.  En cuanto a las “acciones preventivas”, para “fortalecer las políticas”, ellas son aún más imprecisas.  Habla de políticas macroeconómicas “apropiadas”, lo cual implica, dice, “apropiadas tasas de cambio …”, y “apropiada mezcla de políticas”.  ¿Cómo definir qué es apropiado?  En el primer caso, en la argumentación sugiere el criterio para definir lo “apropiado” ya que propone las “tasas de cambio flexibles”, más no así en el segundo.  Aparentemente, si tiene un criterio de cuan “flexibles” deben ser, ya que señala que su ventaja es que “pueden ayudar a proveer signos visibles y tempranos de la necesidad de ajustes en la política…”.  Es decir, “el libre mercado”, nuevamente, es deificado, al mismo tiempo que se le otorga cuerpo y alma, para que “transmita” signos de advertencia de si “la política” requiere ajuste.  Pero, si “el mercado” funciona libremente, ¿qué advertencia de mal funcionamiento del “mercado” podría expresar?, en tanto que la política sería “el libre mercado”.  La política “más apropiada” sería una tasa de cambio absolutamente libre, y en este caso, ya carecería de sentido escuchar “las advertencias” del mercado sobre posibles “ajustes” de la política económica, porque la perspectiva de la política excluiría de posibles “advertencias”.  Es el razonamiento tautológico típico.

Para tener presente el contexto en que se desarrollaban los acontecimientos, es conveniente recordar aquella manifestación de soberbia de Michel Camdessus (1995) cuando  expresaba la interpretación del FMI sobre la crisis de México.  Dijo entonces;

 “Nosotros, en el FMI podemos crear un ambiente amigable (…) ayudando a prevenir y resolver la crisis financiera del próximo siglo”.

La soberbia de Camdessus solo era consecuente con la arrogancia de los economistas más destacados, exponentes del “mercado omnipotente”.  Robert Lucas (2003),[16] el padre de “las expectativas racionales”, y premio nobel de 1995, en su discurso de 2003 como Presidente de la Asociación Americana de Economistas (AEA), se pronunció sobre los éxitos del paradigma teórico neoliberal. Dijo:

“La macroeconomía nace como campo específico en los años cuarenta, como parte de la respuesta intelectual a la Gran Depresión. El término se refirió entonces al cuerpo de conocimientos y experticia que esperábamos prevendría de la recurrencia de ese desastre económico.  Mi tesis en esta exposición es que la macroeconomía en este sentido de origen ha sido exitoso: su problema central de prevención de la depresión ha sido solventado, para todo los propósitos prácticos, y de hecho lo ha solventado por muchas décadas.”

Lo que había pasado en los años ochenta y la crisis financiera (la “crisis de la deuda”), el Crash de la bolsa de New York de 1987, las crisis de Asia y Argentina de 1997/1998, y la crisis de las empresas tecnológicas en los Estados Unidos de 2000 (la denominada “dot-com bubble”), al parecer, eran “episodios” sin importancia para Robert Lucas.

Oliver Blanchard, quien fue Consejero y director del Departamento de Investigación del FMI, desde 2008, pocos meses después de la crisis afirmó que “el estado de la macroeconomía es bueno”; y en la parte conclusiva añadió, “He argumentado que la macroeconomía está pasando por un período de grandes progresos y emoción”.  Ocho años después (Blanchard, 2014) dijo:

“El reciente crisis financiera nos ha enseñado a poner atención a los rincones oscuros, donde la economía puede funcionar mal. (…) Todos sabíamos que había rincones oscuros (…) pero pensamos que podíamos en su mayor parte ignorarlos.” (pp.26)

Es decir, el problema no está en las deficiencias del paradigma teórico neoliberal para comprender el funcionamiento de la economía, y con ello, comprender las causales de la crisis, sino en que, pese a que “lo sabíamos”, dice, no lo consideramos.  Ahora, se deduce, lo importante es no ignorar estos “rincones oscuros”; hay que incorporarlos al paradigma teórico neoliberal, y así funcionará mejor.  Es otra forma de exponer el cinismo, dar la impresión que hace una autocrítica.

Poco antes de retirarse del FMI, en una entrevista Blanchard (2015) declaró:

“Hubiera sido intelectualmente irresponsable, y políticamente imprudente, pretender que la crisis no cambió nuestras opiniones sobre el funcionamiento de la economía. La credibilidad se habría perdido. Entonces, repensar (…) no fue una elección, sino una necesidad. (…) El problema que me ha llamado la atención es cómo indicar un cambio de opinión sin generar titulares de "errores", "incompetencia del fondo", etc.” (cursivas y negritas nuestras)

Aquí no hablaba el académico sino el funcionario del FMI, que le preocupaba salvaguardar la supuesta reputación de la institución. Jamás aceptar que su estrategia y las políticas que la sustentaban, tenían alguna responsabilidad de la crisis, pero sobre todo, le interesaba mantener incólume el paradigma teórico neoliberal que sustentaba la estrategia del FMI. 

Joseph Stiglitz y el “nuevo” paradigma teórico

Stiglitz, ha criticado fuertemente el accionar del FMI y del Banco Mundial (Palast: 2001 y Kosimar:2011)([17]) así como también fue crítico de la propuesta del ALCA (Lucas:2001). Krugman se ha pronunciado en igual dirección (Krugman: 2000 y 2001). Estas Instituciones han sido la cara visible del paradigma teórico neoclásico neoliberal, que hemos expuesto y comentado previamente. Es de interés examinar en qué medida, la posición de Stiglitz (y por derivación, la de quienes suscriben posiciones equivalentes) se distancia del paradigma teórico dominante, actualmente bastante deteriorado, y sus implicaciones para potenciales redefiniciones hacia un “nuevo paradigma” teórico-económico, que se pudiera estar perfilando, en el marco de la crisis del esquema económico que ha sido guiado por dicho paradigma, y que hoy día muestra claros signos de debilitamiento de su dominio.

Argumentamos que si Stiglitz, fuera riguroso en su reflexión teórica, e hiciera las deducciones lógicas que se derivan de sus planteamientos, tendría que concluir que las crisis económicas son sistémicas, inherentes al funcionamiento del capitalismo, así como la desigualdad y la concentración del ingreso y la riqueza en pocas manos, pero que su opción ideológica pro sistema, apriorística, se lo impide, y condiciona la capacidad de su desarrollo teórico-económico.  

Una “definición (o afirmación) a priori”, es una idea que se asume como verdad y por tanto ella no está sujeta a reflexión de su veracidad o no. Termina siendo un dogma.  Sobre esta base se construye una supuesta explicación de cómo funciona un fenómeno, y si en el proceso de explicación surgen posibles deducciones lógicas que son contrarias al dogma, entonces, tales deducciones lógicas no se continúan hasta extraer todas sus implicaciones posibles. Surge aquí un giro en el razonamiento que produce el regreso a la afirmación hecha a priori.

En el caso de Stiglitz (y similares), las “definiciones a priori” son del siguiente tenor: el sistema capitalista es el mejor sistema social posible. Este sistema que se basa en la libertad individual es el que puede producir una sociedad democrática, y esta libertad toma cuerpo en la libertad del mercado.  Dice:

“Las economías de mercado son descentralizadas: las decisiones de producción ocurren en millones de firmas y las decisiones de consumo ocurren en millones de hogares. Nadie tiene que conocer las preferencias de todos los consumidores. Nadie tiene que conocer las capacidades de producción de todas las firmas. Esta es una de las grandes ventajas de las economías de mercado”. (Stiglitz, 1994: pp.153) A esto añade: “El aspecto notable acerca de las economías descentralizadas,[18] es que nadie está a cargo, y aun así ellas funcionan maravillosamente bien.” (pp.166)

Es “la mano invisible” del mercado lo que produce el “funcionamiento maravilloso.” Por consiguiente, toda sociedad que se planteé la planificación centralizada, por la vía del razonamiento inverso, es por definición antidemocrática.   “Por definición”, el estado no representa intereses de clases sociales y, por tanto, los gobiernos que administran el estado pueden (y deben) hacerlo en beneficio de todos y no en beneficio de unos pocos. El estado es un “ente” neutral que vela por el bienestar de la mayoría. Pero, esto es solo una posibilidad y, en consecuencia, puede haber “malos gobiernos”, controlados por “malos políticos”, que administren para beneficiar a unos pocos. Hay separación entre la política y la economía, y por tanto, los “malos políticos” son responsables de muchos de los problemas del capitalismo, así como aquellos capitalistas que forman parte del 1 por ciento más rico y que compran políticos, medios de comunicación y tuercen las cosas para su beneficio particular.  En sentido estricto, estos no serían capitalistas porque trasgreden las leyes del mercado y utilizan su poder económico para su beneficio, transformado la democracia, no en una persona un voto, sino en “un dólar un voto”. Estos capitalistas, que por definición no lo son, porque, en esta versión, el capitalista respeta “el contrato social” y “la ley del mercado”, producen “distorsiones” en el funcionamiento del capitalismo, que, por “definición a priori”, es intrínsecamente bueno.  Estos “malos gobiernos”, estos “capitalistas” que distorsionan el mercado, y los “malos políticos” que les corresponden, son los que se debe combatir.  

En esta “definición a priori”, las crisis del capitalismo son resultado de “errores” de política económica, de una mala gestión gubernamental, que dirige la política económica para beneficiar a unos pocos produciendo desigualdad, de “errores de los modelos” económicos que guían la política económica, pero jamás son resultados del propio funcionamiento del sistema económico.  Por ello, todos estos “errores” se pueden corregir, introduciendo, entre otras cosas, “supuestos más realistas” en los “modelos”; incorporando las asimetrías, la imperfección de la información, que producen los mercados imperfectos, lo cual puede implicar regular algunos aspectos, como es el caso del sector financiero (pero nunca tanta regulación como para remplazar la supremacía del mercado), eligiendo a “buenos políticos” que no puedan ser comprados por los más adinerados, y correctivos parecidos  Por qué esto es así? Porque a priori se ha definido que el capitalismo es el mejor sistema social posible (no tiene sentido, por tanto, pensar siquiera en algo que pudiera ser distinto al capitalismo), que el estado no representa intereses de clase, y que la libertad individual, que se concreta en la libertad del mercado, es la base de la democracia.  Esto no es una deducción surgida del análisis reflexivo sino un punto de partida, para el cual se hace una elaboración teórica que se corresponda, presentándola como si fuera deducida de la elaboración teórica.  Es la falsa actitud científica.

Existe, además, otro elemento que condiciona el desarrollo teórico de Stiglitz, y que también está vinculado a las “definiciones a priori” previamente comentadas.  El hecho que en su planteamiento teórico mantenga lo esencial de la teoría que dice criticar (la teoría neoclásica neoliberal), es decir, la concepción subjetiva del valor (y que los precios de mercado expresan dicho valor subjetivo) y el criterio de coordinación de “los mercados” a través de maximizar ganancias (beneficio).  En lo que sigue mostraremos como las definiciones a priori aquí comentadas, se expresan en el “nuevo” paradigma propuesto por Stiglitz, conformando así, un cuerpo ideológico y político, que termina siendo un “termidor”.[19]

La democracia como democracia capitalista

Para Stiglitz (2015)[20], la democracia se reduce a una cuestión de elección vía la votación.  Nos dice:

“Las teorías políticas y económicas modernas presuponen unos actores racionales que actúan en su propio interés.  Sobre esa base, resulta un misterio por qué alguien se toma la molestia de votar. La respuesta -dice Stiglitz- es que hemos sido adoctrinados con conceptos de ´virtud ciudadana´. Votar es nuestra responsabilidad. A todo individuo que contempla la posibilidad de no ir a votar le preocupa lo que ocurriría si todo el mundo hiciera lo mismo: ´Si yo y otros que piensan como yo no votáramos, estaríamos dejando que el resultado lo decidieran otras personas con las que no estoy de acuerdo’". (pp. 175) 

Solo menciona que “hemos sido adoctrinados” en un concepto de democracia, que se reduce, esencialmente a ir a votar por cargos de elección cada cierto tiempo, pero nada dice sobre ¿cómo se realiza el “adoctrinamiento”?, que en su valoración, es un “adoctrinamiento virtuoso”. No será que la propia forma social construye su estructura ideológica y política para presentarse como “la mejor sociedad”? No es él mismo, Stiglitz, resultado de este “adoctrinamiento” social?  Nada de esto se pregunta porque su visión metodológica, de forma apriorística, ha establecido la separación entre economía y estado, entre economía y política, pero esto, además, hace que la pregunta sea innecesaria porque se trata de un “adoctrinamiento virtuoso”.

Esta "virtud ciudadana", afirma Stigliz, hay que salvaguardarla, porque lo contrario implicaría "derogar el contrato social", la "confianza entre un gobierno y sus ciudadanos", y cuando eso ocurre, "viene a continuación la desilusión, la falta de compromiso o cosas peores".  Las “cosas peores” que advierte, las anota posteriormente; cuando dice: “siempre existe la preocupación de que los votantes se sientan atraídos por políticos populistas y extremistas que atacan al establishment que ha creado este sistema tan injusto y que prometen unos cambios pocos realistas". (pp. 183) Aquí, nuevamente pone en claro su posición ideológica; es decir, “lo peor” es cualquier cosa que no sea el capitalismo.

Él se pregunta,

 “¿Por qué la parte media del electorado no ha tenido la influencia política que la teoría estándar predice que debería tener, y por qué nuestro sistema actual parece funcionar sobre el principio de ´un dólar un voto´ en vez de sobre el principio de ´una persona un voto´? 

El razonamiento de Stiglitz es que "la política configura los mercados; la política determina las reglas del juego económico, y el terreno de juego está inclinado a favor del 1 por ciento."  Pero es importante lo que añade a esta afirmación: "Por lo menos en parte, eso se debe a que el 1 por ciento también determina las reglas del juego político". (pp. 174)

La rigurosidad analítica debía llevarlo a imbricar la relación economía-estado, a la economía y la política, pero prefiere abandonarla y decir, apenas, "en parte" lo económico determina la política.  Si hubiera continuado con la rigurosidad analítica, no habría quedado satisfecho con afirmar que "en parte" lo económico determina lo político, sino que habría tenido que preguntarse si éste "en parte" era determinante en los aspectos fundamentales de lo político, en el que lo político se alinee según los intereses de los grupos económicos hegemónicos. Ello no niega la existencia de contradicciones que se generan entre la clase dominante (por lo que éste alineamiento no sería absoluto) dentro del proceso.  La "parte" que es determinada puede ser decisiva en el comportamiento del conjunto del fenómeno, por lo que no es suficiente decir que "en parte" lo es, porque esa "parte" puede ser una pieza clave en el comportamiento de la totalidad, en tanto que determina los aspectos fundamentales de la dinámica de la acumulación de capitales.  Su definición ideológica-política pro capital le impide aceptar esta imbricación sistémica economía-estado, y por tanto, le impide aceptar que el estado no es neutral, y en consecuencia, que el estado representa los intereses de la clase dominante del sistema social.  Hay hechos que se lo muestran, pero se niega a considerarlos. 

Stiglitz se apoya en Krugman (2011),

"la concentración extrema de ingresos es incompatible con la verdadera democracia.  Acaso alguien puede negar sensatamente que nuestro sistema político se está deformando por culpa de la influencia de las grandes fortunas, y que la deformación va empeorando a medida que la riqueza de unos pocos se va haciendo cada vez mayor?" (pp. 193 )

También recurrió al discurso de Abraham Lincoln en Gettysburg, y sus palabras del “gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo, así como al discurso de Obama (2011) en Osawatomie.  Stiglitz nos recuerda lo que entonces dijo:

“En 1910, Teddy Roosevelt vino aquí, a Osawatomie (…) Nuestro país (…) no significa nada a menos que signifique el triunfo de una verdadera democracia (…) de un sistema económico donde cada uno tiene garantizada la oportunidad de mostrar lo mejor que lleva dentro (…) La desigualdad también distorsiona nuestra democracia. Da una voz desmesurada a los pocos que pueden permitirse el lujo de pagar a unos carísimos lobistas y recibir contribuciones ilimitadas para sus campañas, y con eso corremos el riesgo de vender nuestra democracia al mejor postor. Deja a todos los demás con la legítima sospecha de que el sistema de Washington está amañado en contra de ellos, de que nuestros representantes elegidos no atienden a los intereses de la mayoría de los estadounidenses.” (Stiglitz, 2011, p. 426, nota 46)

Obama, por supuesto, no se cuenta entre los que reciben “contribuciones ilimitadas en sus campañas” y tampoco entre los que “venden la democracia al mejor postor.  Él está exento de esto, o al menos quiere que la gente “tenga confianza”, “perciba”, que él, su gobierno, el gobierno del Partido Demócrata, es diferente.

Stiglitz pudo escoger otras partes del discurso de Obama, que encajan muy bien en la estructura ideológica del paradigma teórico-económico que propone.  En el mismo discurso Obama dijo.

“Roosevelt también sabía que el libre mercado nunca ha sido una libre licencia para tomar lo que usted pueda de quien usted pueda. El comprendió que el libre mercado solamente funciona cuando hay reglas del juego que aseguren que la competencia es justa, abierta y honesta”.

Theodore Roosevelt, a quien Stiglitz como Obama presentan como su ídolo, y como el gran “demócrata”, fue el mismo que dijo “Yo tomé Panamá” (I took Panama), refiriéndose al enclave que los Estados Unidos hizo de Panamá posterior a la separación de Colombia en 1903, ejecutando “la licencia” de “tomar lo que se pueda de quien se pueda”. También, este “ilustre demócrata”, fue el mismo que desarrollo la conocida “política del gran garrote” para América Latina.

Obama, claramente se equivoca porque de lo que estaba consciente Roosevelt era de lo contrario, que “el libre mercado es una libre licencia para tomar lo que se puede de quien se pueda”; “I took Panama”, y “América para los Americanos”, América para los Estados Unidos.

Concentración del ingreso, desigualdad y democracia

Krugman (2007a) y Stiglitz (2015), resaltan los datos de la concentración del ingreso, que ubican desde inicios de los años ochenta y, parecen sorprendidos porque “los más ricos”, aquellos del segmento del “uno por ciento”, sean los que tengan el control político, y que hagan uso del él para hacer que las políticas económicas que se ejecuten, esencialmente, beneficien a éste 1 por ciento.  Pero, esto no debiera sorprender; que la administración del estado esté en manos de la clase dominante, y ésta sea quien controle los medios de producción, y que administre el estado en beneficio de su clase, no tiene nada de extraño.   Esto no es una cuestión exclusiva del capitalismo, en tanto de lo que se trata es del control de los medios de producción; quien los controla también controla el poder político, y para tener aquél control, ello supone un proceso que resulte en el control del poder político, desde el cual, se potenciará el dominio de la clase dominante, aunque, dentro de ella, existirá la lucha por la hegemonía en el control del poder político, el poder del estado.

En todo caso, podríamos entender la sorpresa de Stiglitz y Krugman, sobre el nivel de concentración del ingreso y la riqueza, la cual catalogan de “exagerada”.  No es que propugnen por “la igualdad”, o por la abolición de la desigualdad, sino que les preocupa que la desigualdad sea tan grande que ponga en riesgo el sistema. En ningún momento se les escucha siquiera de una rebelión de “los de abajo”, los que están en el fondo de la pirámide, como potencial explicación del peligro en que se encuentra el capitalismo, sino que señalan que la “democracia” (léase capitalismo, porque solo el capitalismo es democrático), es lo que está en peligro.  Tampoco hablan de la violación a los derechos humanos que el proceso de acumulación de capital lleva consigo, y que con la visión dominante del “mercado totalitario”, sus niveles de violación conducen al exterminio humano.  No dicen que en un sistema donde se violenta los derechos humanos no puede existir democracia, y si lo mencionan no es para referirse a las sociedades capitalistas, porque por definición apriorística, estas son democráticas. La desigualdad pone en peligro la democracia, afirman, pero no vinculan la desigualdad a la violación de los derechos humanos. En ningún momento hablan del derecho que rige todos los derechos humanos, el derecho a la vida humana, sino que hablan de “la exagerada concentración del ingreso”. Con este criterio, a lo sumo podrían pronunciarse en contra de “la exagerada violación a los derechos humanos”, porque así como aceptan niveles de desigualdad (“no tan exagerados), también podrían aceptar “cierto nivel” de violación de los derechos humanos (que la violación “no sea tan exagerada).  Por ello, para que la crítica a la concentración del ingreso y la riqueza, adquiera un contenido esencial, y que ella se vincule a la democracia, hay que anteponerle los derechos humanos, y con ello, el carácter de la propiedad de los medios de producción, cuestión que Stiglitz y Krugman no están dispuesto a hacer. Una sociedad que violenta los derechos humanos, que anteponga la ganancia y el mercado a la vida humana, no puede denominarse democrática, y el capitalismo, su construcción y desarrollo se ha fundamentado, precisamente, en la violación de estos derechos. 

Stiglitz argumenta que la concentración del ingreso amenaza la democracia, pero sin vincularla a los derechos humanos.  Se refiere a la democracia capitalista, la cual relaciona a ´una persona un voto´, donde "cuenta el 100% de la gente".  Se refiere a lo que denomina "la teoría económica y política moderna", que, dice, "predecía que los resultados electorales (...) reflejarían los puntos de vista del ciudadano medio y no el de las élites", y constata que, contrariamente, que los resultados de las urnas reflejan el interés del 1% y no el de las mayorías, contradiciendo, dice, "la teoría estándar, que se basa en unos individuos con unas preferencias bien definidas y que votan en su propio interés".  En sus palabras:

"La política es el campo de batalla para las disputas sobre cómo se reparte la tarta económica del país.  Es una batalla que ha venido ganando el 1%. Se supone que en una democracia las cosas no tendrían que ser así.  En un sistema de ´una persona un voto´, se supone que cuenta el 100% de la gente.  La teoría política y económica moderna predecía que los resultados d los procesos electorales donde cada persona tiene un voto reflejarían los puntos de vista del ciudadano medio, no el de la élites.  Más concretamente, la teoría estándar, que se basa en unos individuos con unas preferencias bien definidas y que votan en su propio interés, predice que el resultado de las elecciones democráticas reflejaría el punto de vista del votante ´mediano´-de la persona que ocupa el punto medio-. ... Pero las urnas revelan constantemente que existen grandes discrepancias entre lo que quiere la mayoría de los votantes y lo que depara el sistema político" (p.173)

Stiglitz no se pregunta cómo se forma la opinión del ciudadano "promedio", ya que de hacerlo tendría que, considerar, al menos como posibilidad, que tal opinión es un resultado social, y como tal, correspondiente con la ideología y la política del momento histórico del capitalismo, lo cual, expresará los procesos contradictorios que se gestan en el mismo contexto social. El que el ciudadano "promedio" considere que, la "democracia" es votar para elegir quienes ejerzan el gobierno, que interioricen que al hacerlo, "delegan" a quienes eligen, la toma de decisiones, y que, a su vez, esperan sea en beneficio de la colectividad, todo ello, es una construcción ideológica y política promovida socialmente, por la clase dominante del sistema social.  Es el “adoctrinamiento virtuoso” al que se ha referido.

Pero la posible interpretación de la configuración de "la opinión" del ciudadano "promedio", que hemos expuesto, supone una teoría social que considera como totalidad la relación economía-estado, por lo que el estado no representa los intereses de la colectividad y tampoco quienes lo administran lo hacen para la colectividad, sino que se anteponen los intereses de la clase dominante, y dentro de ella, el sector hegemónico de la clase, es decir, el 1 por ciento a que se refiere Stiglitz.  Por tanto, la configuración del 1 por ciento, también es un resultado del funcionamiento social y no de actos de los políticos, de la corrupción o de los equívocos de la política económica, aunque estos aspectos podrían agravar la tendencia contenida en la propia dinámica de la acumulación de capitales.  No es esta la teoría social que abraza Stiglitz, sino la opuesta; la separación economía-estado, siendo el estado un ente neutral, cuyos administradores (gestores), "elegidos" por el voto popular (la máxima expresión de "la democracia capitalista), actuaran en el beneficio de la colectividad.  En todo caso, Stiglitz, estaría advirtiendo que esta misma lógica de funcionamiento social está atentando contra ella misma, contra el capitalismo, lo cual, no necesariamente sería atentar contra "la democracia", sino reivindicando el contenido real de la democracia, que es su vinculación con los derechos humanos.

Pese a que Stiglitz acepta que "La política es el campo de batalla para las disputas sobre cómo se reparte el pastel económico del país", hace una separación entre la economía y la política, y en consecuencia, entre economía y estado.  Stiglitz entiende la concentración del ingreso y la riqueza como causada por los políticos, a equivocadas políticas económicas ejecutadas por malos gestores de la política económica, y no como resultado de la propia acumulación de capitales. Recordemos que Stiglitz afirma que:   

"la política configura los mercados; la política determina las reglas del juego económico, y el terreno de juego está inclinado a favor del 1 por ciento." (Stiglitz: 2015:174)

Esto es consistente con su afirmación que “la política es el campo de batalla de disputas sobre cómo se reparte el pastel económico del país”.  La distribución del ingreso no se determina en lo económico sino en lo político. Pero su afirmación es, objetivamente insostenible.  La distribución del pastel ya viene definida, en su esencia, en su contenido desigual, desde el proceso económico, en la realización del ciclo del capital.  Como el proceso se guía por maximizar ganancias, cuestión que acepta Stiglitz (y Krugman y demás autores preocupados por “la exagerada concentración del ingreso”), para hacerlo debe minimizar costos, y los costos en que puede incidir en mayor grado, son los costos salariales, el precio de la fuerza de trabajo, ya que aunque pudiera discutir precios con los proveedores de insumos materiales y bienes de capital fijo, ello tiene un límite porque esta confrontación la debe hacer con otro capitalista que también busca maximizar su ganancia.  Así que donde mayor “libertad” tiene de presionar para bajar los costos es en los salarios, haciendo que sean los más bajos posibles, por lo que la desigualdad de la distribución de lo que se produce, entre salarios y ganancias, ya viene, en su esencia desigual, determinada antes de que “los políticos” consideren siquiera, cómo se distribuye el pastel.  En el plano de la política, el poder económico podrá impulsar leyes para facilitar la baja de los salarios o hacer más difícil el alza de los mismos, pero el contenido desigual de la distribución del ingreso proviene de la propia dinámica de la acumulación de capital. El criterio que define el margen de accionar de la política en el campo de la distribución, lo es la tasa general de ganancia.

Stiglitz, así como Krugman, Atkinson, Amatya  Sen, y aquellos que dicen estar preocupados por la concentración del ingreso, la desigualdad y la pobreza, todos aceptan el fundamento de la microeconomía neoclásica basada en la maximización de ganancias (beneficio) y la creación de empleo hasta el punto en que el costo marginal sea igual al precio del producto, y por tanto, que corresponda al salario, dado que el “factor de producción” variable es la fuerza de trabajo.  En este punto se maximiza la producción, y el producto medio máximo, corresponde al producto marginal, momento en que se maximizan las ganancias. Es decir, aceptan el criterio de coordinación del proceso económico basado en la maximización de la ganancia empresarial.  Por tanto, el nivel de empleo, de la contratación de la fuerza de trabajo se hará hasta el momento en que se maximice las ganancias, y el “salario de equilibrio”, será el que se defina en este punto de maximización de ganancias.  La desigual distribución del ingreso viene en este paquete; el campo de la política capitalista y del accionar de los “policy makers”, podrá agravar o aliviar la desigualdad, pero no explicarla.  No es en la política que se determina la desigual distribución del ingreso; ella es intrínseca a la dinámica del capital.  En “la política” se puede ampliar o reducir el margen de la desigualdad, pero siempre está de referencia la tasa general de ganancias.[21] 

Siendo, esencialmente keynesiano, Stiglitz contiene los mismos equívocos de Keynes, en que el Estado es neutral y que los administradores del gobierno buscan el bienestar común, tradición que viene desde Smith y Ricardo, con Max Weber y el funcionario público eficiente, o de la teoría de la administración de Frederick W. Taylor, extensiva al sector público. Acepta que la "batalla" del reparto del pastel la ha estado "ganando el 1%", pero no puede aceptar que ello es coherente con el propio sistema capitalista, que tiene como fundamento de coordinación económica, la ganancia, y más precisamente, la maximización de las ganancias. 

Krugman (2007a) razona en el mismo sentido pero deja expuestas, más claramente, algunas inconsistencias del razonamiento, que también son aplicables a Stiglitz.  Dice,

“(…) una sociedad altamente desigual es inherentemente antidemocrática en cuestiones que realmente importan[22] (…) una sociedad altamente desigual tiene políticas desagradables. Usted pregunta: "¿Por qué las cosas son tan amargas, tan duras aquí?" No es porque misteriosamente tuvimos una afluencia de personas con malos comportamientos en el Congreso de los Estados Unidos. Ello es así por el hecho de que en realidad tenemos que la política está dominada por una clase. (…) Y la razón de que tengamos una política dominada por una clase es debido a que en una sociedad altamente desigual los intereses de clase son muy diferentes.  (…). (p.1-2)

La pregunta que surge es, ¿cómo se llega a esta desigualdad? ¿Cómo es que esta “clase” llega a dominar la política? ¿Cómo esta “clase” que actúa para beneficiar el 1 por ciento más rico de la sociedad, llega a dominar la política? Si se argumenta, como hace Stiglitz (2015), y es esta, exactamente, la dirección del planteamiento de Krugman, que,

“(…) el 1 por ciento domina la situación.  Tiene los recursos para comprar y controlar los medios (de comunicación, w.h.) críticos y algunos de ellos están dispuesto a hacerlo, aun perdiendo dinero: es una inversión con vistas a mantener su posición económica”. (pp. 422, Capítulo 5, nota 26)

Entonces, queda pendiente la respuesta a la pregunta; ¿cómo llegaron a tener esa “posición económica” que desean mantener, si antes no la tenían como para poder “comprar y controlar” la política a que se refiere Krugman?  ¿Cómo es que esta “clase” llega a dominar la política si para hacerlo debe haberse producido, ya, la concentración del ingreso (la desigualdad), y haber creado su poder económico? Si tanto Krugman como Stiglitz siguieran las consecuencias lógicas de su razonamiento, tendrían que concluir que el propio funcionamiento del sistema económico, en tanto que se guía por maximizar las ganancias, resulta en la desigual distribución de los ingresos y la riqueza, y  a la configuración del 1 por ciento más rico, y al dominio de la política por este sector de la “clase”. La consecuencia política sería devastadora; si una sociedad desigual es “inherentemente anti democrática”, como asegura Krugman (y Stiglitz), y el funcionamiento del sistema capitalista basado en la maximización de las ganancias, genera la desigualdad, habría que concluir que el sistema capitalista es, también, “inherentemente anti democrático”. La sociedad democrática habría que construirla de otra forma, basada en otros principios que no son los que guían la dinámica capitalista. 

Pero, evitan arribar a esta conclusión, aun cuando Krugman (2007a) reconoce la relación histórica entre la concentración de los ingresos (que genera desigualdad) y la política. Dice,

“Pero (la evidencia de, w.h.) la relación entre la desigualdad de ingresos y la polarización de la política es simplemente abrumadora en el recorrido histórico. La pregunta, sin embargo, es ¿podemos hacer algo al respecto?” (pp.1-2) 

La respuesta de Krugman a esta interrogante es que “el proceso político puede hacer algo por la desigualdad”.  Inscribe la solución en el campo de la política, que quienes administran el gobierno pueden impulsar políticas económicas que ataquen la desigualdad. Dice,

 “un sistema de impuestos y de seguridad social hacen una diferencia enorme. (…) el nivel de desigualdad en los Estados Unidos es sustancialmente menor que lo que podría ser si el sistema impositivo no tuviera aun, algo de progresivo, y (si no hubiera, w.h.) el aun extenso aunque no lo suficientemente extenso, sistema de seguridad social”. (pp.2)

Con esto ya empieza a aclarar las cosas.  No se trata de erradicar la desigualdad, de lo que se trata es de que ella no sea tan “exagerada”, o en palabras de ambos autores, evitar “que la concentración de los ingresos sea tan exagerada”.  Con ello aceptan la desigualdad y se pronuncian porque no sean tan “exagerada”.  Stiglitz, por ejemplo, narra los resultados de una investigación que hicieron tres economistas alemanes[23] para abordar el tema de la equidad-desigualdad.  El juego tiene dos versiones; el “juego del dictador” ( nombre muy sugerente), en el que se le da 100 dólares a una persona que debe entregarle algo del dinero a otra, quien está obligada a aceptar lo que le den; la otra versión es el “juego del ultimátum”, donde, el que recibe puede vetar la cantidad que le van a dar.  La conclusión del experimento, dice Stigliz, es que,

“habitualmente las ofertas son como media de entre 30 y 40 balboas (o entre el 30 y el 40 por ciento de la suma total), y el segundo jugador tiende a vetar si le ofrecen menos de 20 dólares. Esta dispuesto a aceptar cierta falta de equidad (desigualdad, w.h) –se da cuenta que está en una situación de menos poder – pero existe un límite a la falta de equidad (a la desigualdad, w.h.) que está dispuesto a soportar.  Preferiría no recibir nada antes que, pongamos, 20 dólares: un reparto de 4 a 1 es demasiado injusto”. (p. 182)[24]

El que Stiglitz (2015) recurra a este ejemplo nos dice cuál es su preocupación real; el nivel de la desigualdad, el que sea tan exagerada, el que “el 1 por ciento de la población tiene lo que el 99% necesita”, tal como tal como subtituló la edición en español de su libro.  

 Capitalismo “con alma” y Capitalismo “sin alma”

¿Es que Stiglitz no se da cuenta de sus inconsistencias lógicas? Cree realmente en la separación de la economía y el estado, tal como expone en su razonamiento?  Puede que la raíz sea un problema teórico metodológico, pero no lo argumenta, dado que tal separación es predefinida, lo cual impide identificar si esto explica su razonamiento.  Este hecho está implícito, como lo está en los clásicos, marginalistas-neoclásicos y Keynes.  Es un presupuesto muy conveniente para las derivaciones lógicas que hace, tanto en lo económico como en lo político, pero sin hacer explícito el presupuesto, como tampoco argumentando por qué la política no tiene una relación lógicamente obligada con la forma específica de la reproducción del sistema social.   Hacer esto sería honestidad científica. Pero Stiglitz no lo hace, por el contrario, ha expuesto con claridad el propósito del paradigma teórico-económico que propone:  debe, atacar “las fuerzas subyacentes que le dan soporte a la economía marxista (…)”, y que, por consiguiente, “hable adecuadamente de las necesidades de aquellos que ven la miseria económica a todo su alrededor”.  La crítica a la teoría neoclásica es en razón a que ella formula relaciones económicas que afianzan los aspectos que dan soporte a la economía marxista, como lo son, la excesiva concentración del ingreso y de la riqueza, la desigualdad social, y por derivación ideológica-política, se atenta contra la democracia.  Pero no desmonta los modelos neoclásicos, sino que son incompletos, porque no se construyen con supuestos reales, por lo que es necesario corregir sus “errores”, equívocos, y hacer que la gestión de la política económica no esté definida por el poder económico.

El propósito explícito del “nuevo” paradigma teórico-económico que propone, muestra que Stiglitz es consciente de la esencia ideológica-política del mismo; está convencido de la “fuerza de las ideas”, y por ello su rigurosidad lógico-teórica llega hasta un punto en no se contradiga con su opción económica y política apriorística, pro capitalista, a la que identifica como "economía de mercado". Dice,

“Entre los economistas, nadie duda de la importancia de un mercado competitivo para los bienes y servicios”. (Stiglitz: 2015:183)

Se refiere, claro está, a los economistas pro sistema, y no hace distinción en el paradigma teórico-económico que profesan. Al igual que Keynes, Stiglitz se preocupa de la defensa del Sistema Capitalista, y advierte que la enorme concentración del ingreso y la riqueza en el mundo, amenaza "la democracia", la cual identifica, ideológicamente, con el Capitalismo. 

Es decir, el planteamiento de Stiglitz es profundamente ideológico, generando esperanzas de que el problema, en tanto no lo entiende como sistémico, puede ser resuelto dentro del propio sistema capitalista, y de lo que se trata es de "voluntad", de "honradez", de "actitud científica" para construir los modelos económicos acordes a la realidad, de "gestores honestos" de la administración pública, y cosas similares.  El capitalismo aún puede solucionar el problema y es necesario enrumbar la política económica, sería la consigna de Stiglitz.  Este es el mismo razonamiento de la Open Society de George Soros.

El último discurso de Barack Obama (2016), el antecesor de Donald Trump en la presidencia de los Estados Unidos, ante la 71ª Asamblea de las Naciones Unidas, ilustra muy bien, el riesgo ideológico-político del planteamiento de Stiglitz.   Pareciera que Stiglitz (o Krugman) le hubiera hecho el discurso a Obama.

“Un mundo en el que el 1 por ciento de la humanidad controla tanta riqueza como el otro 99 por ciento nunca será estable.  Comprendo que la brecha entre ricos y pobres no es nueva, y (…) las expectativas aumentan, más rápido de lo que los gobiernos pueden cumplir, y un sentimiento generalizado de injusticia socava la fe de las personas en el sistema.

“Entonces, ¿cómo solucionamos este desequilibrio? No podemos deshacer la integración (…) Tampoco podemos mirar modelos fallidos del pasado. (…)”

Haciendo alusión directa al socialismo soviético.  Obama añade,

“(…) creo que hay otro camino, uno que impulsa el crecimiento y la innovación, y ofrece la ruta más clara hacia la oportunidad individual y el éxito nacional.  Ello no requiere sucumbir a un capitalismo sin alma que beneficia solo a unos pocos, sino reconocer que las economías son más exitosas cuando reducimos la brecha entre ricos y pobres (…) y ello significa respetar los derechos de los trabajadores de manera que puedan organizarse en sindicatos independientes y ganar un salario digno”. (negritas y cursivas nuestras)

Hay un capitalismo “con alma” y otro “sin alma”.  El que no tiene alma es aquel en el que el 1 por ciento sale beneficiado, pero que ello no es resultado del sistema capitalista, porque éste es, intrínsecamente, “bueno”, produce bienestar para todos, y un mundo “democrático”. Hay que impulsar acciones para desarrollar el capitalismo “con alma”. ¿Cuál es su propuesta para hacerlo?; Continuar profundizando la globalización económica, y “tomar acciones” para reducir la brecha entre ricos y pobres, porque ello atenta contra la estabilidad del sistema capitalista. 

(…) debemos trabajar juntos para asegurarnos que los beneficios de tal integración sean compartidos ampliamente (…), dice Obama.

Se trata es de hacer “correctivos”, “ajustes”, algunos “controles” en el desarrollo de la globalización, para que ello resulte en beneficio de todos y no solo de unos cuantos, de los de arriba, los del 1 por ciento que tienen la riqueza que el 99% de la población del mundo necesita. ¿Cómo hacer esto?, se pregunta Obama;

“Ello empieza con hacer que la economía global funcione mejor para toda la gente y no solo para los de arriba. A medida que se abren los mercados, el capitalismo ha elevado los niveles de vida en todo el mundo, la globalización combinada con el rápido progreso y tecnología, también ha debilitado la posición de los trabajadores y sus habilidades para asegurar un salario decente. En economías avanzadas como la mía (los Estados Unidos, w.h.), los sindicatos han sido debilitados y muchos empleos de la industria manufacturera han desaparecido.  A menudo, aquellos que más se han beneficiado de la globalización han utilizado su poder político para debilitar aún más la posición de los trabajadores”.

Es el 1 por ciento, que más se ha beneficiado de la globalización, que, utilizando el poder político (que el poder económico le posibilita, debió añadir) ha agravado la concentración del ingreso y la riqueza, ha agudizado la desigualdad social, y está haciendo que la gente pierda fe en el sistema, y por tanto, que se atente contra la democracia, es decir, contra el capitalismo. Este sector promueve, el capitalismo “sin alma”.

 Pareciera que Stiglitz o Krugman hubieran dado el discurso.

 “Creo –dice Obama- que, por imperfectos que sean, los principios de los mercados abiertos y la gobernanza responsable, la democracia y los derechos humanos y el derecho internacional que hemos forjado siguen siendo la base más firme para el progreso humano en este siglo. Hago este argumento no basado en teoría o ideología, sino en hechos, hechos que con demasiada frecuencia olvidamos en la inmediatez de los acontecimientos actuales.”

El capitalismo, y la globalización (“mercados abiertos”) como la forma dominante de desarrollo actual del capitalismo, no es un sistema perfecto, pero es el mejor posible, dice Obama; es “la base más firma para el progreso humano”. Parafraseando a Popper, no se debe pretender crear el cielo (el sistema perfecto) en la tierra porque ello producirá el infierno. (Hinkelamet: 2004)[25]  Es mejor que aceptemos algo menos que el cielo, porque con ello estamos evitando el infierno.  Todo aquello que promueva un sistema social contrario al capitalismo, promueve sistemas anti democráticos, y por tanto, el infierno en la tierra; sería la versión de Obama, y por derivación, de Stiglitz y Krugman.  Hinkelamert (2004), documentado sobre el impacto del neoliberalismo en el ser humano y la naturaleza, ha replanteado, correctamente, la frase de Popper, y ha dicho: “quien no quiere el cielo en la tierra, produce el infierno”, afirmando que es esto lo que ha generado el neoliberalismo.

Stiglitz se mueve como péndulo, en afirmaciones contradictorias, aunque termina refugiándose en el capitalismo, como es de esperarse.  Su rigurosidad analítica lo lleva hasta un punto del análisis, cuando debe abandonarla ya que de continuar la rigurosidad lógica-teórica tendría que concluir que el problema es sistémico, y ello, por definición apriorista, no lo puede hacer. Dice,

"Que en nuestro sistema económico hay graves fallos es evidente: pero es igualmente evidente que el sistema político estadounidense ni siquiera ha empezado a solucionarlos".  La mayoría de los estadounidenses[26] no cree que la nueva normativa financiera (Dodd-Frank)[27] haya sido suficiente, y tiene razón.  Incluso antes de la crisis había conciencia de la práctica generalizada del crédito usurario.  Ponerle coto a estas prácticas, así como a los abusos con las tarjetas de crédito, iba en beneficio de la mayoría de los estadounidenses.  Pero no se hizo nada.  El gobierno federal ha hecho muy poco para procesar a los bancos que quebrantaron las leyes... (174)

El “capitalismo con alma” que profesa la ideología del paradigma teórico económico propuesto por Stiglitz, es solo factible por la separación entre economía y estado, entre economía y política, que contiene el mismo paradigma propuesto.  La política debe solucionar los "graves fallos" del sistema económico. No puede deducir que el 1% domina Wall Street y el estado, y que quienes gestionan el estado, lo hacen para el 1%, porque ello es lógicamente sistémico, y que por ello NO ES, necesariamente lógico, que la dinámica económica beneficie a la mayoría.  Los que gestionan priorizan lo primero y no lo segundo. La dinámica económica capitalista, es, intrínsecamente, “un capitalismo sin alma”; puede ser “menos inhumano”, pero inhumano al final de cuentas; puede ser “menos violador de los derechos humanos”, pero violador de los derechos humanos, al final de cuentas; “menos desigual”, pero desigual.

La renovación ideológica en el “nuevo” paradigma teórico económico propuesto por Stiglitz.

Barack Obama nos dice, “un sentimiento generalizado de injusticia socava la fe de las personas en el sistema”, y Stigliz nos habla de la “disminución de la confianza” debido a la exagerada desigualdad. Son discursos en el mismo sentido. Por ello es que aunque se reconoce que el sistema tiene “graves fallas”, se plantea como solución los “correctivos”, “ajustes al modelo”, incorporando “supuestos más realistas” de imperfección en la información y de asimetrías de los mercados, etc.  De manera consciente propone un paradigma teórico que contiene una nueva estructura ideológica-política que sea alternativa a la que se encuentra en crisis, y que ha generado "desilusión del votante", así como "disminución de la confianza". Esta visión busca generar una estructura de pensamiento que salvaguarde al sistema capitalista, en tanto que lo exime de responsabilidad de la desigualdad, y la hace recaer en los individuos, en los “malos” políticos y algunos "malos" empresarios, que han hecho que la batalla la esté ganando el 1 por ciento. 

El discurso de Obama es la encarnación de esta ideología, que promete algo menos que el cielo (“el mejor sistema posible”, el capitalismo) y que evita tener el infierno en la tierra (que en ellos sería el socialismo, el comunismo).  Se trata, en esencia, de las readecuaciones de un discurso ideológico-político para renovar las formas de dominación, recomponiendo aquellas deslegitimadas por el propio funcionamiento de la acumulación de capitales, fundamentadas en el totalitarismo del mercado.  Pero no se trata de romper con el totalitarismo del mercado, anteponiéndolo a la vida humana, sino de presentar el “nuevo paradigma” como capaz de recomponerlo y darle una “cara menos inhumana”.  La búsqueda del “capitalismo con alma”; un “termidor remozado”.   

Para Stiglitz es impensable considerar que el propio sistema de acumulación de capital lleva, inevitablemente a la conformación del 1 por ciento, que produce la desigualdad social, y que termina creando las condiciones de las crisis económicas.  Pero Stiglitz está consiente, como también lo estuvo Keynes, de la posibilidad de la ruptura del sistema. Su propia argumentación sobre ¿qué hace que la "confianza" se pierda, que la gente se "desilusione"?, muestra su convencimiento que es necesario revertir todos esos "sentimientos" para garantizar la existencia del sistema capitalista. Hay que mantener el “adoctrinamiento virtuoso”. El problema radica en el resquebrajamiento ideológico que se ha estado produciendo con la ejecución del capitalismo neoliberalismo, y en la necesidad de recomponer la ideología del capitalismo. Y lo hace, presentándose como, genuinamente, preocupado porque la desigualdad se corrija, que el sistema económico funcione como debe funcionar, para beneficio de las mayorías, porque, insiste, ello es posible dentro del capitalismo.  Pese a que toda su argumentación y sustentación basada en datos históricos sugeriría lo contrario.

No pareciera que el interés fuera resolver la desigualdad, la exagerada concentración de la riqueza, sino que le preocupa que la gente tome conciencia de ello; lo importante es que “haya confianza” en que “todo el mundo va a ser justamente tratado; no importa si se resuelven los problemas o no, o si el tratamiento es justo o no; lo importante es que haya confianza en que será o está siendo así.  Si se pierde la confianza está lo posibilidad de “cosas peores”. 

"(…) las percepciones de injusticia afectan al comportamiento. Si los individuos creen que su empleador los está tratando injustamente, es más probable que disimuladamente eviten el trabajo (…) el sistema económico estadounidense ha dejado de ser equitativo en un sentido básico.  La igualdad de oportunidades es solo un mito; y poco a poco, los estadounidenses se están dando cuenta de ello..." (Stiglitz:2015:182, negritas y cursivas nuestras)

El problema no es que haya injusticia, o desigualdad; la cuestión es que la gente la perciba como tal, que se den cuenta de ello. Pero, en el mismo sentido podríamos referirnos a la exagerada concentración del ingreso y la riqueza en el 1 por ciento más rico; que el problema es que la gente tome conciencia de esta exagerada concentración de la riqueza y vincule sus necesidades insatisfechas a aquella concentración del ingreso.  Igualmente, en esta misma lógica, lo preocupante no es que el gobierno realmente funcione para beneficiar al 1 por ciento más rico, sino que la gente tome conciencia que ello es así.  La recomposición ideológica y política es lograr que la gente tenga confianza en que ello no es así, que crea que el gobierno funciona para resolver los problemas de las grandes mayorías, pese a que no sea de esta manera.  Por tanto, se trata de recomponer los mecanismos de dominación ideológica y política, para que sean efectivos.

Para referirse a esto, Stiglitz habla del “capital social”, como “el pegamento que mantiene unida a la sociedad.  Si los individuos creen que el sistema económico y político es injusto, el pegamento no actúa y las sociedades no funcionan bien" (idem)  De lo que se trata es que la gente “crea”, tenga “la confianza”, en que el sistema es justo, aunque ello no sea verdadero.

Basado en el concepto de “capital social”, Stiglitz desarrolla todo un planteamiento en contra del Socialismo, el cual señala que intrínsecamente deteriora el “capital social”, porque se basa en una economía centralmente planificada y en ausencia del mercado, el cual identifica con el capitalismo.  Es un razonamiento tautológico que nada tiene que envidiarle al neoliberalismo actual; el mercado capitalista es el que puede generar “capital social”, “cohesión social”, y por tanto, “democracia”.  No hay garantía de que sea así, pero el capitalismo tiene la posibilidad de generarlo, por el libre mercado.  En la antigua Unión Soviética existía una planificación centralizada, lo cual es contrario a libre mercado, por tanto, no podía generar “capital social” y tampoco democracia.  Sus valoraciones ideológicas sobre el socialismo soviético son directas.

"(…) los setenta y cuatro años de gobierno del Partido Comunista, junto con la eliminación de las instituciones de la sociedad civil, habían erosionado el capital social. Lo único que había mantenido al país unido era un sistema de planificación centralizada y una dictadura opresora.  Cuando esas instituciones se desmoronaron, el capital social necesario para cohesionar el país y la economía sencillamente había desaparecido.  Rusia se convirtió en el ´salvaje Este´, más anárquico que el salvaje Oeste americano antes de que lo domesticaran.[28]  Rusia se vio ´atrapada en un vacío sistémico donde no había ni planificación ni mercado´". (pp. 178)

Pero lo anterior no era suficiente para Stiglitz; debía generalizar las supuestas conclusiones científicas, y dice:

“Más en general, tras las repercusiones de la desintegración de la Unión Soviética, Rusia experimentó un acusado declive de su producción.  Aquello era un enigma para la mayoría de los economistas.  Al fin y al cabo, seguía existiendo el mismo capital físico, humano y natural después de la desintegración que antes de la crisis".  Añadió; "Eliminar el antiguo y distorsionador sistema de planificación centralizada y sustituirlo por una economía de mercado habría tenido que implicar que, por fin, aquellos recursos iban a emplearse de una forma más eficiente." (178)

El dios mercado había "llegado" a Rusia; el "dios" asignador eficiente de los recursos, en la versión de Stiglitz.  En verdad se refería al "libre mercado", al "mercado capitalista", porque no es verdadero que en la URSS no existiera mercado; un mercado regulado, pero mercado en fin. Por qué es el "libre mercado" es el que puede asignar más eficientemente los recursos?  Porque así se ha sido definido a priori, ello no necesita ser demostrado; ergo, si no hay "libre mercado" (en esta interpretación es inimaginable un "libre mercado" no capitalista), sino una "planificación centralizada", los recursos no están asignados eficientemente.  Solo el libre mercado es posible que lo haga.  La "planificación centralizada" es, igualmente predefinido como "distorsionadora", porque solo el libre mercado no es "distorsionador", y como la "planificación centralizada" es lo contrario del "libre mercado", ergo, es distorsionadora".  Esto tampoco se necesita demostrar; solo se requiere constatar que no hay "libre mercado". El presupuesto es la "prueba".  En este razonamiento tampoco puede envidiarle algo a la teoría neoclásica, que dice criticar.

La factibilidad y condiciones del “nuevo paradigma”

A finales de los años sesenta e inicios de los setenta, cuando se expresaban los síntomas de la crisis del estilo de acumulación de capital ejecutado después de la segunda guerra mundial, también se puso de manifiesto el deterioro del paradigma teórico keynesiano que lo soportaba.  La crítica al paradigma dominante arreció.  Se confrontaron entonces, dos visiones, esencialmente: el neoricardianismo y la teoría neoclásica, a la cual se le habían introducido desarrollos, que consideraban el cambio tecnológico (Soloy y Meade) y  los aspectos monetarios (Friedman). Se trató del conocido debate Cambridge vs Cambridge.  Esto, a su vez, activó la reflexión sobre la teoría marxista, dado que Piero Sraffa, máximo exponente del neoricardianismo, entendía su propuesta teórica-económica, como la crítica a la teoría neoclásica y al mismo tiempo, una alternativa a la teoría valor trabajo de Marx. La perspectiva neoricardiana se correspondía más con la “profundización” del keynesianismo, pero era éste, precisamente, el paradigma teórico en cuestionamiento.  Optar por él habría significado profundizar las reformas sociales, favorecer más la distribución del ingreso a favor de los trabajadores,  y con ello, deteriorar más la tasa de ganancia, que era la máxima expresión de la crisis del estilo de acumulación capitalista de entonces, el llamado estado benefactor.  Contrariamente, el paradigma teórico alternativo, debía dar respuestas a la caída de la tasa de ganancia, por lo que era obligante que implicara un aumento del grado de explotación de la fuerza de trabajo, para cambiar la distribución del ingreso a favor de las ganancias y en detrimento de los salarios de los trabajadores, cuestión primaria, aunque no suficiente (depende del aumento del capital invertido), para aumentar la tasa de ganancia. La propuesta neoclásica, que hoy conocemos como neoliberalismo, se correspondía con los requerimientos de revitalización de la acumulación de capital.

Las mismas condiciones que resultaron en la disminución de la tasa de ganancia desde la pos guerra, que implicó el aumento de la participación de los salarios de los trabajadores en el producto interno bruto, crearon una especie de colchón amortiguador para que la clase trabajadora resistiera “los ajustes” económicos y sociales que significó el desmantelamiento del “estado benefactor”. Estas condiciones objetivas hacían factible la ejecución del paradigma neoliberal. Ello, pese a que, en el plano del debate teórico, el neoricardianismo y el desarrollo de la teoría marxista que se produjo en el contexto del debate, habían mostrado las serias debilidades de la teoría neoclásica, incluyendo sus adornos añadidos. La cuestión no era académica-teórica, sin desmeritar su importancia, pero no es aquí donde se define el “nuevo” paradigma dominante-hegemónico.  Ello está marcado por las exigencias históricas de la acumulación de capital.

Si se quiere visualizar hacia dónde se dirige la renovación-ruptura del paradigma teórico económico, es imprescindible reflexionar sobre las exigencias actuales de la acumulación de capital (frente a las circunstancias de crisis), y de la factibilidad de concretar dichas exigencias. Ello supone darle respuesta a las causales de la crisis del estilo de acumulación ejecutado hasta ahora, cuyo sustento teórico lo ha sido el paradigma neoliberal.  Esta tarea supera el propósito que nos hemos planteado en este trabajo, y solo presentaremos unas ideas sobre el tema.

El neoliberalismo ha dado respuesta a la crisis de la tasa de ganancia aunque no de forma sostenida, o al menos, la “sostenibilidad” ha implicado permanentes sobresaltos que se expresan en episodios de crisis (crash de la bolsa de valores de 1987, crisis de México (1994), crisis asiática (1997), crisis de las empresas “dot.com” en los Estados Unidos (2000) y la crisis financiera más reciente (2008) y la cual se señala, aún no ha sido superada. Por otro lado, la solución de la crisis de la tasa de ganancia ha producido condiciones de crisis en otros aspectos: crisis de la reproducción de la vida de grandes sectores de la población, y crisis ambiental.  Estas dos últimas caras de la crisis son esenciales para el aseguramiento de la existencia de la vida en el planeta, por lo que sería irrelevante el que se haya resuelto la crisis de la tasa de ganancia, si esta solución de corto plazo hace desaparecer soluciones futuras.  Sería “cortar la rama donde se está sentado”, en palabras de Hinkelamert.

Pero, además, como la reproducción social trasciende lo estrictamente económico, la solución de la crisis de la tasa de ganancia promovida por el neoliberalismo, también ha deteriorado, profundamente, el sustento ideológico y político de la acumulación de capital, lo que se expresa en cada vez mayor pérdida de “confianza”, pérdida de la “fe”, en el sistema, deterioro del “capital social” y ruptura del “contrato social”, del que habla con preocupación Stiglitz, pero, porque ello puede, dice, producir “cosas peores”.  En la actual coyuntura no existe aquél “colchón de amortiguamiento” que había al momento de redefinir el paradigma keynesiano. Ahora, la concentración del ingreso y la riqueza en unos pocos, ha alcanzado proporciones inimaginables, al punto que ella no es posible que sea ignorada. El “nuevo” paradigma también debe dar respuesta a esta diferencia de circunstancias. 

En este sentido, la propuesta de “nuevo” paradigma de Stiglitz, que ataque las desigualdades (sociales y de ingreso), en el marco de un nuevo discurso ideológico y político que afiance “la confianza” y “la fe” en el sistema, es consistente con los requerimientos actuales del paradigma teórico-económico alternativo al neoliberalismo.  Ello supone, mayor regulación económica (sin atentar contra el libre mercado dice Stiglitz), mayor inversión pública y poner mayores impuestos a las grandes fortunas, al uno por ciento más rico. Estos serían los requerimientos del “nuevo” paradigma, los cuales reúne la propuesta de Stiglitz.

Pero, es la respuesta que requiere la crisis de la caída de la tasa de ganancia? Stiglitz implícitamente plantea que sí, porque no se atrevería a decirlo explícitamente; a lo sumo diría que es bueno para todos los capitalistas (los “buenos”), que son los que producen el “capitalismo con alma”. Mayores impuestos al uno por ciento más rico, no afecta significativamente el multiplicador de la economía, dice Stiglitz, en lo que se puede estar de acuerdo.  La cuestión es la fuerza política del uno por ciento y la factibilidad de aumentarle los impuestos.  Supondría el control del estado por parte de un sector burgués que también forma parte del 1 por ciento, pero que está preocupado por la existencia del sistema capitalista a largo plazo, como sería George Soros. Igualmente, habría que aceptar que este sector jamás ha tenido influencia decisiva en la gestión del estado durante la ejecución del neoliberalismo, o si la tuvo, ahora no la tiene, cuando ha cambiado su visión de la reproducción del capitalismo.

De cualquier forma, implicaría que el capitalista acepte una tasa (y cantidad) de ganancia inferior a la máxima, cuestión que la propuesta de Stiglitz excluye, en tanto que abraza la lógica “microeconómica” neoclásica de la maximización de las ganancias y de los determinantes del empleo bajo este criterio. En el plano teórico, la propuesta de Stiglitz parece más “sensata” para la acumulación de capital de largo plazo (lo que obligaría a la renuncia de la maximización de las ganancias como criterio de organización económica), como también planteaba (y plantea) el neoricardianismo, pero no pareciera que es lo que requiere la forma específica de acumulación neoliberal.  Llevar a la práctica un nuevo paradigma como el que propone Stiglitz, supondría mejorar las condiciones sociales de la gente, disminuir la tasa de explotación, lo cual no ayuda al aumento de la tasa de ganancia.  Esto no parece materialmente factible, y tampoco se hace materialmente difícil, continuar aumentando la tasa de explotación de la fuerza de trabajo y deteriorar aún más las condiciones materiales de vida de la mayoría de la población.

Este es el problema.  El neoliberalismo no es respuesta a la acumulación de capital en crisis (el que la haya generado no es argumento, porque eso también se le puede atribuir al keynesianismo), pero un “keynesianismo remozado” o un “neoricardianismo” tampoco es respuesta a la crisis de la caída de la tasa de ganancia.  Qué queda entonces?  Lo “sensato” para la sobrevivencia del capitalismo a largo plazo es renunciar  a la maximización de las ganancias, pero esta renuncia implica renunciar a su condición de “ser” capitalista.  La propuesta de Stiglitz se acerca más a proponer, continuar ejerciendo el principio de maximizar las ganancias, pero acompañar la dinámica con algunas reformas para que se fortalezca el “capital social”, “la confianza”, “la fe”, de que las cosas se están, o se van, o de que es posible que, se hagan, de que un mundo mejor es posible.[29]  La cuestión sería entonces, ideológica y no de atender realmente la crisis de la reproducción de la vida humana y la crisis ambiental. Pero, incluso, el que la burguesía hegemónica acepte esta opción, supondría aumentar los impuestos a los que más tienen, para poder hacer acciones que hagan creíble que las cosas se están haciendo para beneficiar a la mayoría y no al sector más rico. La factibilidad de que la burguesía hegemónica acepte esta opción, no parece viable actualmente, por lo que ello llevaría a profundizar el totalitarismo del mercado, lo que sería una solución sin solución. Pero, QUÉ de los movimientos sociales, de las fuerzas contestarías?  Cómo se introduce su rol en la redefinición–ruptura del nuevo paradigma teórico-económico? Esta es la tarea pendiente que toca hacer.

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[1] Podríamos considerar, igualmente, la crisis de 1848 y su influencia en el desarrollo del pensamiento de Marx, de su teoría social y económica alternativa

[2] Al respecto  puede verse, Mandel, Ernest, (1974). Zarifian Philippe, (1978)  CEPAL (1967, 1968 y1969). 

[3] Ver Dobb, Maurice (1975); Benetti, Carlo (1978), Jean Cartellier (1981), Colletti, Lucio (1985), Con ellos, por supuesto, no termina la lista de quienes contribuyeron al debate. Entre los que optaron por Sraffa encontramos a Maurice Dobb, Lucio Colletti, Pierangelo Garegnani, Carlo Benetti, Luigi Pasinetti, y con ellos tampoco termina la lista.

[4] Conferencia presentada en la Universidad Nacional Autónoma de Honduras (UNAH) en febrero-marzo de 1980, meses antes de que Ronald Reagan fuera electo presidente de los Estados Unidos, el 4 de noviembre de 1980.

[5] Sobre el desarrollo del sector financiero durante la posguerra, puede verse; Gorastiaga X. (1978); Jimenes, E. (1979) Sunkel, O. (1984), Marini, R.(1979), Mariniseñala: “El dinero así multiplicado quedó, en su mayor parte, bajo el control de la banca privada, la cual acompañó la expansión de la circulación monetaria con la ampliación de su radio de acción: los bancos norteamericanos que tenían filiales en el exterior eran 11 en 1964 y 125 diez años después, mientras sus activos pasaban de poco menos de 7 a 155,000 millones de dólares. Ese fenómeno (…) alcanzó también a la banca europea y japonesa, y que se vio incrementado con la producción de excedentes monetarios en países dependientes, particularmente los petroleros…”

[6] Como referencia a este tema se puede ver: Glyn, Andrew y Sutcliffe, Bob (1972);  Yaffe, David (1972),  Moseley, F. (1991), Sshaikh, Answar (1992), Brenner, Robert (2006.

[7] Stiglitz, Krugman y Atkinson, se inscriben en la versión teórica neo keynesiana y Piketty, aunque no se define como tal, su posición es equivalente.

[8] Amartya Sen fue discípulo de Maurice Doob y Piero Sraffa. Con este último reconoce haber tenido frecuentes charlas durante 1958 y 1963.

[9] Keynes introduce esta frase en el capítulo 24 de La Teoría General del empleo, el interés y el dinero.

[10] Interesante es que este “episodio” apenas es mencionado en los informes del FMI.  Se trató como de una llovizna pasajera.

[11] Aunque el segundo acuerdo no lo afirman los autores, es deducible del texto (p.1-27) en tanto abunda en diversidad de información sobre las acciones de política económica ejecutadas para la fecha, como ensayos de cómo atender la crisis.

[12] Esto fue verificado para el caso de Panamá.  Aunque la inflación fue mayor en los años setenta y ochenta, que la de los años noventa, cuando se acelera la ejecución de la estrategia del FMI y el Banco Mundial en Panamá, en el último período el deterioro del salario real fue mayor.

[13] En diciembre de 1994 se habían reunido en Miami, 34 mandatarios latinoamericanos (con excepción de Cuba) invitados por los Estados Unidos, y acordaron impulsar el Área de Libre Comercio de las Américas, el ALCA.

[14] Todas las expresiones de Camdessus en este apartado, a menos que se precise otra cosa, provienen de este documento.

[15] La expresión textual de Camdessus fue: “Another factor is that problems in the Thai economy prompted markets to take a closer look at the risks in other countries. And what they saw—to different degrees in different places—were many of the same problems affecting Thailand: among them, overvalued real estate markets, weak and over-extended banking sectors, poor prudential supervision, and substantial private short-term borrowing in foreign currency.

[16] Coincidencia; el mismo año, 1995, en que Camdessus daba el discurso sobre la crisis de México, Lucas recibía el premio nobel de economía.

[17] Stiglitz “renunció” del Banco Mundial del cargo de Economista Jefe,  a finales de1999, por diferencias en el enfoque económico del Banco.

[18] Stiglitz identifica las “economías de mercado”, que son descentralizadas, con el capitalismo, y ha dicho que prefiere utilizar el primero y no el segundo.

[19] Usamos aquí el concepto en el mismo sentido que Hinkelamert (2018) interpreta la expresión de Marx, como el uso de intereses legítimos de la mayoría del pueblo, para transformarlos en beneficio de un sector minoritario, construyendo la idea de que lo hace en beneficio de las mayorías.

[20] A menos que se diga lo contrario, las citas de Stiglitz aquí incluidas se refieren a este documento.

[21] El “estado benefactor” de pos guerra, inspirado en el paradigma keynesiano, resultó en un aumento de la participación de los salarios en el ingreso total general, al mismo tiempo que la acumulación de capital crecía más rápido, resultando en la caída de la tasa general de ganancia, creando las condiciones para la redefinición del paradigma teórico-económico entonces vigente, por el dominio del paradigma neoliberal.

[22] Krugman precisa que “lo que realmente importa” son los resultados, cuestionando a los políticos conservadores que dicen que “lo que realmente importa es la igualdad de oportunidades”.

[23] Werher Güth, Rolf Schmittberger y Bernd Schwarze.

[24] El trabajo que cita Stiglitz es el de Camerer, Colin y Thaler, Richard, (1995) “Anomaliers: Ultimatums, Dictators and Manners”, American Economic Association, Journal of Economic Perspectives, 9, No.2, pp.209-219.

[25] Poper añade una cita a pie de página, precisando un poco más lo que es el mejor sistema posible: “Una vez que nos damos cuenta, sin embargo, de que no podemos traer el cielo a la tierra, sino sólo mejorar las cosas un poco, también vemos que solo podemos mejorarlas poco a poco.”  Hay que tener paciencia, se interpretaría de Popper; se puede atender problemas sociales que la gestión  de los individuos genera, pero ello toma tiempo, así que se le debe dar oportunidad a los gobiernos para que poco a poco vayan atendiendo las necesidades sociales. Tengan “fe”, “confianza”, en el sistema, según la lógica de Stiglitz y de Obama.

[26] No hace referencia de la fuente de esta afirmación.

[27] Se refiere a la ley federal aprobada en julio de 2010, propuesta por el congresista Barney Frank y por el Secretario del Senado, Christ Dodd, que contiene medidas regulatorias al sistema financiero, en razón de la crisis financiera de 2007-2008.

[28] Sobre el salvaje oeste americano", dice, "antes que lo domesticaran".  Stiglitz tiene bien interiorizada la versión oficial de la historia estadounidense, que habla de "la conquista del oeste", en la que los grupos indígenas eran "grupos salvajes" que necesitaban ser "domesticados", al estilo del General George Custer, el aniquilador de tribus, el encargado de "domesticar a los indios" por medio de su aniquilamiento. 

[29] El capítulo 10 del libro de Stiglitz (2015), precisamente se titula “El camino a seguir: otro mundo es posible”.

 

 

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