MANIFIESTO

Franz J. Hinkelammert, Alfredo Stein Heinemann y Augusto Serrano López             

5 de mayo de 2020

Somos parte de los siete mil seiscientos cincuenta millones de personas de la humanidad. La humanidad, así con artículo determinado, que comienza a aparecer como una gran familia, aunque no muy bien avenida. Nos ha identificado como iguales nada menos que un virus al caer sobre todos nosotros sin respetar las distinciones y las fronteras nacionales que hemos venido construyendo durante milenios. Virus que nos ha sumido a la humanidad entera, porque a todos nos ha afectado en la más llamativa de las perplejidades e incertidumbres, cuando creíamos haber alcanzado cotas de la más alta ciencia y nos está poniendo en el sitio que de verdad nos corresponde: como una especie humana que había olvidado algo tan elemental como exige el principio de conservación: prepararse para el futuro.

         Si bien es el miedo el que nos está obligando a mirar al otro, no sabemos si nos está permitiendo entender al otro más allá del miedo. Entender al otro como de la misma familia, como quienes dependen unos de otros para vivir y para supervivir. ¿Nos afectará el coronavirus hasta hacernos comprender que el otro no es simplemente mi vecino, sino mi hermano, al punto de poder hacer nuestro el lema UBUNTU, “yo soy, si tú eres”?

“Con la tempestad, se cayó el maquillaje de esos estereotipos con los que disfrazábamos nuestros egos siempre pretenciosos de querer aparentar; y dejó al descubierto, una vez más, esa (bendita) pertenencia común de la que no podemos ni queremos evadirnos; esa pertenencia de hermanos”  (véase homilía del Papa Francisco I refiriéndose al corona virus https://www.vaticannews.va/es/papa/news/2020-03/homilia-completa-oracionextraordinaria-papafrancisco-coronavirus.html)        

Sin embargo, dudamos de que el coronavirus nos lleve a tanto que seamos capaces de tomar noticia de lo serio del momento. Ya se percibe la alegría con que se recibe el desconfinamiento, la desescalada de las medidas de estado de alarma al anunciar que los niños podrán volver a las escuelas (con mascarillas y manteniendo las distancias), que los trabajadores podrán volver a construir automóviles (con mascarillas), que los bares, los restaurantes, los parques, los estadios, las iglesias, los teatros, los cines podrán abrir al público (con mascarillas),  todo bajo la presión del miedo al virus y a la incertidumbre y con la enorme mascarilla político-social que nos va a impedir entender lo que se trata de ocultar con “la vuelta a la nueva normalidad” (sic), mascarilla densa que oculta lo que veníamos haciendo, pero, sobre todo, oculta lo que no veníamos haciendo: lo que deberíamos haber hecho y no hicimos a tiempo. Aunque dicen que la vuelta ya no será a la normalidad anterior (que de normal nada tenía), sino a una nueva normalidad, está claro que esta nueva normalidad no significará que hayamos comprendido y hayamos decidido cambiar nuestras formas de vida anteriores al 2020 (¡se ve que las estamos añorando!), porque solo estamos viendo cómo hacemos para que el capitalismo más viral conocido de los últimos tiempos conviva con el coronavirus, se adapte a él, se apropie de él, y hasta le saque provecho, lo mercantilice bien sea en forma de vacuna o en formas de mayor desregulación del empleo y en forma de adaptación de todas las demás dimensiones de la vida a la “necesidad” de aceptar lo que hay como lo imprescindible, sin lugar a alternativa.

         Si ya hoy se percibe lo mal avenida que está la familia humana que se cierra en sus nacionalismos y mira al vecino como amenaza (Alemania prohibiendo la venta de material sanitario a Italia, Trump amenazando a la OMS y a China o deportando a miles de migrantes contaminados del virus a sus países de origen, especialmente Centroamérica, o a Holanda negándose a la solidaridad europea), hasta el punto de andar ya buscando culpables por doquier, qué será del momento en que, superada esta primera etapa de susto, la perplejidad y el confinamiento, volvamos a lo de siempre (pero con mascarilla) y salgan los partidos políticos a ver lo que sacan de provecho poniendo a los gobiernos que tuvieron la mala suerte de tener que enfrentarse como novatos (todos) al virus en el banquillo de los acusados, en lugar de convocar a un momento de reflexión como familia humana universal sobre las causas de la pandemia y lo que, como humanidad dejamos de hacer y debemos hacer en adelante.

         Porque apenas vamos a tener tiempo para reflexionar acerca de lo que no hicimos a tiempo o lo que hicimos mal. Este virus no tiene por qué haberse escapado de un laboratorio chino (como estúpidamente sugieren las derechas aún enviradas contra un comunismo que ya no existe), para que sea obra nuestra en tanto es uno de los tantos frutos de la tan celebrada globalización del capital y los destrozos que su actual financiarización está causándonos.

         Hemos estado produciendo armas inteligentes contra enemigos que ha habido que ir inventando e inventándoles las guerras oportunas. Pero no hemos estado investigando al mismo ritmo para producir medios contra virus que, como éste, ya conocíamos y que sabemos que volverán sobre nosotros.

No ha faltado quien en estos dos últimos meses de marzo y abril haya dicho que no hay mal que por bien no venga, porque las grandes ciudades han despejado sus cielos y se respira aire casi puro. Pero, esos mismos, ya se alegran de volver mañana a producir cuanto sea posible “como antes”; ese “antes” que se añora como se añoran los años de juventud.

¿Es que no hay forma de aprender? Porque si de esta salimos como entramos, ¿quizás es que no tenemos remedio? ¿Qué algo más duro podría afectarnos para cambiar de rumbo? Porque de las pasadas enormes contiendas bélicas, ni de las agudas crisis financieras, ni de los grandes impactos que tiene el cambio climático sobre nuestras vidas parece que hemos aprendido poco.

“Es probable que la pandemia de coronavirus sea seguida por brotes de enfermedades aún más mortales y destructivas a menos que la raíz de su causa, la destrucción desenfrenada del mundo natural, se detenga rápidamente”, acaban de advertirnos los principales expertos en biodiversidad del mundo…

Y continúan “…Las pandemias recientes son una consecuencia directa de la actividad humana, particularmente nuestros sistemas financieros y económicos globales que premian el crecimiento económico a cualquier costo. Tenemos una pequeña oportunidad para superar los desafíos de la crisis actual y evitar sembrar las semillas de las futuras”(Vease: https://www.theguardian.com/world/2020/apr/27/halt-destruction-nature-worse-pandemics-top-scientists).

         Así es, en nombre de la eficiencia del mercado y del crecimiento económico acelerado, no solo hemos destruido la biosfera, hemos estado ninguneando lo público, recortando duramente en salud pública, en investigación científica para la salud, en hospitales, en médicos, en enfermeros, en camas, en todo aquello que nos era común a todos. Porque también se recortó en educación pública y en seguridad pública y en todo aquello que iba para el bien común: el espacio público multidimensional incluyente que vela por la salud de todos, por la salud del presente y por la salud del futuro y que vela para que el sistema de salud reponga dinámicamente con tiempo a quienes deben jubilarse, restauren lo que se deteriora por el uso y se provea de todo lo necesario, además de invertir en investigación para la salud de manera prioritaria.

         “Somos como pasajeros de un gran avión que cruza el Atlántico y que de repente se dan cuenta del mucho dióxido de carbono que ese avión está expulsando a un aire ya demasiado contaminado. Desde luego, la solución no pasa por pedirle al capitán que apague los motores...del mismo modo no podemos simplemente apagar nuestra civilización basada en los combustibles fósiles y en el alto consumo de energía sin estrellarnos: necesitamos el aterrizaje suave que nos proporcionará un descenso con los motores en marcha” (J. Lovelock: la venganza de la Tierra. Planeta, Barcelona 2007, págs. 32-33).

         No estamos pidiendo que salgamos de la fase de alarma habiendo superado las formas de vida anteriores, pero, al menos, podemos pedirle a Naciones Unidas que convoque cuanto antes una conferencia mundial donde se discuta lo que nos está sucediendo, se analicen sus causas y sus efectos y se saquen conclusiones. Es lo menos que cabe hacer, sin caer en la irresponsabilidad, como familia humana.

         Was ist gesehen? ¿Qué ha sucedido?, rima la canción de Marlene Dietrich frente a los desastres de la guerra. Y termina preguntando: Wann wird man je verstehen? ¿Cuándo vamos a entender?